Abogados hasta la muerte

Si es usted abogado o abogada ejerciente permítame que le haga una pregunta: ¿se va usted a jubilar?

Piense un ratito, no es necesario que responda en público, sólo respóndase a usted mismo y trate de no engañarse. Si finalmente usted se responde que, con lo que le va a quedar de jubilación, va a tener usted que seguir trabajando mientras dios le dé salud, bienvenido al club de los que vamos a ser abogados hasta la muerte.

Es esta una profesión que envenena y que nubla los sentidos, sostenemos que seguiremos trabajando mientras tengamos salud porque esta profesión nos gusta -y es verdad- pero sabemos que habremos de seguir trabajando porque con lo que nos va a quedar de la Mutua tampoco tendremos otra opción. “Paga más a la Mutua” (te dirá alguno) y tú, mientras asientes con la cabeza, dices “sí, sí, voy a ver si lo hago”, y sabes que no lo harás, porque la economía está jodida, porque la gente no paga y porque bastante tienes con sobrevivir mes a mes y poder pagarle a la Mutua lo que ahora le estás pagando.

Así pues vas a ser abogado o abogada hasta la muerte y lo sabes, quizá ya lo intuías cuando te colegiaste hace 20 ó 25 años, ahora, unos lustros después, probablemente tampoco te molesta mucho pensarlo porque, en el fondo, siempre lo has sabido.

He visto enfermar y morir muchos abogados -cuando eres decano cada abogado que se te muere te arranca un trozo de corazón- les he visto llevar esos últimos meses de vida consumiéndose por dentro, pero, aún así, desviviéndose (sí, des-viviéndose, dejándose la poca vida que les queda) para cumplir los plazos pendientes. Les he visto acercarse enfermos a su despacho y cuando me he cruzado con ellos -ya la muerte pintada en la cara- y les he preguntado, con toda naturalidad me han dicho: es que tengo unos plazos que tengo que sacar… Y así apuraban ellos su plazo inapelable, arreglando los asuntos de los demás hasta que terminaban literalmente de des-vivirse y se iban de aquí a donde ya los plazos y los vencimientos nunca volverán a preocuparles.

Se me encoge el corazón cuando veo esta conducta una y mil veces repetida, se me vienen a la memoria las caras de los compañeros muertos y maldigo este oficio y juro que a mí no me pasará eso. Finalmente paso de la frustración a la ira y acabo pensando en lo poco que deja la Mutualidad, en lo mal que está la profesión, en que no recuerdo una sola ley del gobierno que favorezca a los abogados… Y en que igual hay personas que, tras una vida entera dedicados a esta profesión que envenena, ya no quieren ser otra cosa que lo que son y están destinadas a ser abogados -sin remedio- hasta la muerte.

Turno de oficio a la romana


Hoy me ha dado por ver cómo llevaban el turno de oficio los romanos y si cobraban igual de tarde y mal que nosotros; así que, como el Colegio de Augustales me pilla al lado de casa, me he ido para allá a ver qué me encontraba.

No he visto a nadie conocido para preguntarle pero hay que reconocer que el colegio tenía que ser imponente, y digo “tenía” porque se nota que en los últimos dos mil años le ha faltado mantenimiento. Se ve que tenía fuentes la mar de apañadas en unos ninfeos que flanqueaban la sala principal, archivos y patio. La sala principal, presidida por la estatua de Augusto, se ve que fue bastante impresionante y que daba mucho tono a los colegiales. Eso sí, la cuota de entrada costaba un pastizal y sólo si eras muy rico podías formar parte de este colegio.

El edificio está hecho con materiales traídos de la otra punta del imperio (Egipto, Asia Menor), lo que demuestra que no andaban flojos de sestercios estos colegas y que el cumquibus se les debía salir por las orejas.

Al parecer tenían el juzgado (basilica) puerta con puerta, lo que siempre es muy cómodo, aunque en su caso no tenían que pasar por el colegio a recoger la toga: la traían puesta de casa.

En fin, no he podido averiguar mucho más porque hoy es domingo y allí no había nadie, lo que sí puedo confirmar es que, con toda seguridad, debían ser más felices que nosotros: por lo que he visto no existe el más mínimo indicio de que los romanos usasen LexNet.

La calle de la muerte

La existencia de lugares sugestivos, sagrados o numinosos, está indisolublemente unida a todas las culturas y religiones. La existencia de esos lugares se experimenta por los indivíduos más que se prueba, es verdad, pero, aún cuando no existan pruebas, pregúntese usted mismo si no ha experimentado al llegar a ciertos lugares sensaciones relacionadas con lo sobrenatural. Puede ser que la existencia de esos lugares pertenezca al mundo de lo imaginario pero le aseguro que la sensación que usted experimenta existe y pertenece al mundo de lo real.

Todas las civilizaciones han tenido su peculiar geografía sagrada y así pasa también en mi ciudad, Cartagena, con la particularidad añadida de que han sido muchas las civilizaciones que han pasado por esta vieja adolescente de tres mil años y, por inquietantes motivos, la geografía numinosa de la ciudad ha sufrido muy pocos cambios y permanece fiel a los designios y experiencias de sus primeros pobladores. Me explicaré.

Hoy he salido a pasear decidido a recorrer en toda su rectitud la calle en donde vivo, La Serreta, pues cada vez que la paseo tengo la extraña sensación de que podría entender el mundo sin salir de ella, me parece que la vida, la religión, el amor, las pasiones, tienen sus espacios numinosos avecindados en ella. Hoy, sin embargo, quería acercarme al solar más ominoso, el lugar donde la muerte deja sentir su presencia.

Permítanme que les aclare algo: cuando hablo de «La Serreta» no hago distingos entre sus tramos: que se llame en unos tramos Serreta, en otros Caridad y en otros Gisbert es cosa que me importa poco, no me andaré con finezas, para mí la Serreta numinosa discurre desde el viejo Parque de Artillería hasta el agujero de la Muralla del Mar, déjenme que al menos para mis post me tome esta licencia.

Hoy, como les digo, he decidido visitar el predio donde gobierna la muerte; si son de Cartagena lo conocerán, está en ese tramo al que los cartageneros llamamos calle de Gisbert.

Allí, sobre el cantil izquierdo del cortado según se mira al mar, se encuentran las ruinas del viejo anfiteatro romano, un edificio singular. Las luchas de gladiadores que en él se celebraban no sólo están relacionadas con la muerte por su propia naturaleza violenta, sino porque los espectáculos de gladiadores (los munera gladiatoria) son en origen un rito funerario romano.

Casi con total seguridad, los romanos adoptaron la práctica de incluir combates rituales en sus funerales a partir de sus contactos con los etruscos y las poblaciones itálicas del sur de Campania. Esta costumbre tendría sus raíces en ceremonias religiosas en las que se honraría a los difuntos con sacrificios humanos destinados al apaciguamiento de sus manes mediante el derramamiento de sangre de las víctimas. La primera noticia escrita sobre la celebración en Roma de unos munera gladiatoria se sitúa en el año 264 a. C. con motivo de los funerales de Junio Bruto Pera.

También en Cartagena las primeras luchas de gladiadores de que tenemos noticia tienen carácter de rito funerario: los juegos organizados por Publio Cornelio Escipión en Carthago Nova en el 206 a. C. constituyen uno de los testimonios más antiguos de la celebración de estos rituales y fueron también los primeros que se llevaron a cabo fuera de Italia.

Las luchas con armas como rito funerario tampoco parece que sea costumbre exclusiva de los romanos —según nos cuenta Tito Livio, que dedica mucha atención a estos «Primeros Juegos Cartaginenses»— pues la participación en ellos de la población autóctona fue abundante y no debería de extrañarnos: sabemos que, tras el funeral de Viriato, tuvieron lugar combates junto al lugar donde reposaban sus cenizas, hecho este que nos ilustra bastante bien sobre la presencia de estos ritos en la península.

Así pues me he dirigido al anfiteatro, lugar de indudable carácter funerario, pero no sólo animado por él mismo sino porque, sobre él, se edificó nuestra vieja plaza de toros, lugar también consagrado al culto a la muerte y a una actividad, la tauromaquia, cuyo origen está también vinculado a los ritos funerarios. No me extenderé en esto, sólo les contaré que en un sarcófago micénico del siglo XIII A.C. hallado en Tanagra (Grecia central), podemos contemplar representado un funeral en el que se oficia un combate con armas y también salto del toro.

Este coupage de anfiteatro y plaza de toros, con ser único en el mediterráneo, no es lo más insólito porque, cuando muchos años después se decidió contruir una morgue en la ciudad, también fue este fundo de la muerte el elegido para construirlo y, todo ello, adornado con la circunstancia de que el propio ruedo del anfiteatro ejerció como fosa común para los cadáveres de una epidemia de peste que asoló la ciudad. Si hay lugares relacionados con la muerte este, sin duda, tiene que ser uno.

Para tomar la foto que figura al principio de este post he tenido que desplazarme al cantil opuesto del cortado de la calle de Gisbert y —tate— mientras hacía las fotos he caído en la cuenta de que ese es el lugar usado tradicionalmente por los cartageneros para suicidarse (algo así como el viaducto en Madrid) y las coincidencias han empezado a intrigarme tanto como para pensar en dedicarles este post que ya va siendo demasiado largo. Debo decirles que la presencia numinosa, habitualmente señalada por los romanos con una serpiente, también está presente en esta historia, pero eso se lo contaré otro día.

Por hoy déjenme concluir diciéndoles que todo este conjunto de anfiteatro romano y plaza de toros se encuentra en un estado lamentable. Cálculos objetivos demuestran que «ponerlo en valor» (disculpa José Francisco) costaría unos seis millones de euros, cantidad ridícula si se la compara con los más de 60 millones que el ayuntamiento gastó en el Auditorio de El Batel. Y pienso en el retorno económico que para la ciudad supondría recuperar este espacio numinoso y único. Porque auditorios como El Batel -y aún mejores- los puede tener cualquier ciudad, pero un conjunto como este otro del que les he hablado en este post no lo van a encontrar en ninguna parte, salvo aquí, y eso sí justifica un viaje.

Como dijo Spinoza «cada cosa se esfuerza cuanto puede en perseverar en su ser» y nuestra ciudad se esfuerza como ninguna en perseverar en el suyo a pesar de quienes la han dirigido. Conviene que la ayudemos en ese trabajo de perseverar en su esencia porque ella nos devolverá con creces lo que le destinemos; ir en sentido contrario cuesta demasiados millones y, en verdad, reporta poco.

Conocimiento o nitrato

Al comenzar el siglo XX Chile era un país ciertamente rico: su renta per capita superaba a la de países europeos como España, Suecia o Finlandia. La causa de tal riqueza se encontraba oculta bajo el suelo del desierto de Atacama: el nitrato. Indispensable para la fabricación de pólvora y magnífico como abono, Chile vendía su nitrato a todo el mundo, muchos de ustedes recordarán todavía el mosaico de azulejos que ilustra este post y que aún puede verse en muchos lugares de España.

Sin embargo, para desgracia de los chilenos, en 1909 los químicos alemanes Fritz Haber y Carl Bosch descubrieron una forma barata de producir este nitrato a partir de otros componentes y las exportaciones de nitrato de Chile comenzaron a caer, para 1958 toda la industria chilena del nitrato había desaparecido prácticamente.

La misma ciencia que hizo caer el negocio del nitrato en Chile hizo nacer en el mismo lugar otro negocio: el del cobre. Chile, un país riquísimo en cobre, vio como a principios del siglo XX los avances en la tecnología eléctrica hacían crecer la demanda de ese metal que ha seguido siendo indispensable para nuestra sociedad hasta el día de hoy.

La riqueza, la pobreza y el resurgir de Chile nacieron del conocimiento aunque, para su desgracia, ese conocimiento siempre fue ajeno.

Cuento esta historia porque ayer me detuve a repasar la situación de la economía española, sus exportaciones e importaciones y sobre todo, su crónica incapacidad para generar conocimiento. A nadie se le oculta que nuestros jóvenes mejor formados emigran a otros países de Europa y a nadie le extrañará que la propia Unión Europea certifique que España es un erial en materia de investigación.

Quizá sea el momento de plantearnos uno de esos típicos dilemas de economistas del tipo “cañones o mantequilla”; pero esta vez de una forma algo distinta: ¿Conocimiento o ignorancia?. La providencia ha dotado a España con unos recursos naturales aceptables y algunos de ellos los hemos explotado hasta la saciedad incluidos el sol y las playas; a estas alturas va siendo hora de que nos preguntemos si vamos a seguir dependiendo de ellos hasta que llenemos la costa definitivamente de hormigón o cambien los gustos de los turistas.

La respuesta de nuestros gobernantes al dilema ya se la imaginan ustedes (pongan ante ustedes la imagen del político que prefieran): “La investigación es parte fundamental de nuestro programa electoral” (firme convicción en la voz y gestos decididos) “haremos todo lo preciso para potenciarla” (nuevo gesto de visionario idealista con mirada perdida en algún lugar del cielo raso y el mentón levantado y apuntando a Sabiñánigo) “no tengan duda de ello” (silencio para dar profundidad y eco a la afirmación).

Y hasta ahí todo lo que harán nuestros líderes por la investigación porque, una vez en el gobierno ya conocen ustedes la historia también: donde dije digo ahora digo Diego y verdes las han segado y es que andamos flojos de numerario y no se puede atender a todo y, además, hay que pagar a muchos diputados provinciales y asesores de los diputados que esos sí que son necesarios al procomún y no esa plaga de científicos y catedráticos quejicas que, en el fondo, tampoco hacen tanta falta y que si no trabajan nadie lo nota.

Y un día, más cercano que lejano, nos daremos cuenta de que vivimos en un país de camareros, cocineros y hosteleros (con todos mis respetos a estas honestas profesiones) y que la principal riqueza del país se nos habrá marchado fuera y que esta riqueza sólo vendrá a que les sirvamos la mesa en verano y a ver a la familia. Igual a ustedes les parece bien este futuro, a mí no.

Pienso que es tiempo de decidir qué futuro deseamos para nuestros hijos y para nuestro país y que esa decisión no admite demora. Pienso que si en algún campo este país debe de hacer un esfuerzo es en el de la investigación.

Pero mientras tanto y mientras me llega el sueño esta noche de calor asfixiante, no me queda otra que entretenerme escribiendo este post y recordando aquellos larguísimos viajes veraniegos de toda la familia en coches sin aire acondicionado, viajes en que se circulaba por carreteras nacionales que pasaban por innumerables pueblos en los que, en alguna esquina, aparecía de vez en cuando este azulejo que hoy miro y que decía a los agricultores: “Abonad con Nitrato de Chile”.

La obscenidad institucionalizada


La etimología de la palabra “obscena” es dudosa (salvo mejor criterio de joludi) y se han ofrecido respecto de ella múltiples versiones. De entre todas, la que más me gusta (nótese que digo “la que más me gusta” y no “la más acertada”) es la que se atribuye en unos lugares a D.H. Lawrence y en otros a Philip Matyszak

Según esta versión que les refiero, la palabra “obscena” derívaría de una especie de compuesto de las palabras “ob” y “skena” y se referiría a aquello que sucede en las representaciones teatrales, no en la escena, sino fuera de ella por razones de moralidad.

Se non è vero, è ben trovato: todos conservamos en la memoria muchos de esos trucos escénicos y cinematográficos que permiten que el espectador sepa que algo ha ocurrido en la obra (un asesinato cruel, un adulterio…) pero sin mostrarlo explícitamente a sus ojos. Como nos dice Cervantes en el Quijote (II, 59) “de las cosas obscenas y torpes, los pensamientos se han de apartar, cuanto más los ojos” y es por eso que en el teatro del mundo las cosas que repugnan suelen ocultarse.

Y dicho esto, cada vez que recuerdo esta definición, no puedo evitar que me vengan a la memoria la balumba de instituciones, corporaciones, organizaciones y congregaciones de todo tipo que rigen nuestras vidas. Y al tiempo que me vienen a la memoria pienso tambien que la forma en que somos gobernados, formalmente democrática, es real y literalmente obscena.

Vemos que, en lugares como los parlamentos, las decisiones no se toman durante los debates ni escuchando las razones del adversario, sino que esas decisiones ya han sido tomadas de antemano en lugares bien distintos del propio parlamento. En los parlamentos la grey parlamentaria no vota según le dicta su razón sino según le dictan las señas de sus jefes de filas que, levantando uno, dos o tres dedos, indican a sus pastueños seguidores lo que han de votar. Los parlamentos, gracias a esto, se han convertido en carísimos teatros donde se representan abyectas funciones que no son sino un esperpéntico reflejo de lo que ya ha sido acordado previamente y en otro lugar apartado de la vista de los ciudadanos. 

No es diferente en otras corporaciones: nuestros honestos representantes, conscientes de la fetidez de muchos de sus inicuos tejemanejes, prefieren que estos se produzcan de forma “obscena”, es decir, fuera del alcance de las miradas de los administrados; y uno piensa también que, si esto ocurre así, es porque los protagonistas de esas acciones ocultas son plenamente conscientes de la inmoralidad de las mismas y de lo inconveniente que resultaría exhibirlas a los ojos de todos. No creo descubrirles nada nuevo.

Sí, tenía razón Cervantes, “de las cosas obscenas y torpes, los pensamientos se han de apartar, cuanto más los ojos” pero sucede que estos virtuosos de la obscenidad ni apartan sus pensamientos ni sus ojos, sólo apartan sus acciones de la vista -y creen que de los pensamientos- de los administrados.

Vivimos en un mundo donde la obscenidad se ha convertido en la forma habitual de ejercer el poder, donde los acuerdos que han de afectar a toda la humanidad se concluyen a espaldas de ella, donde hasta la más insignificante corporación es degradada en corrala donde la democracia es, a su vez, convertida en comedia.

Quizá sea tiempo ya de llamar a las cosas por su nombre, quizá sea tiempo ya de acabar con esta farsa.

De oficio abogado

Hace una semana los abogados celebramos el día de la justicia gratuita y lo hicimos bajo un eslógan, supongo que seleccionado por alguna agencia de publicidad de entre los muchos hashtag usados en tuíter, que rezaba: “De oficio abogado”.

Ustedes me perdonarán que haya dicho que el eslógan “rezaba”, pero es que ese “oficio” al que hace referencia, aunque sus redactores quizá no lo sepan, anda más cerca de los oficios religiosos que de los oficios manuales y, para el propósito de este post, el rezo me viene al pelo.

Porque con la palabra oficio (officium) no se designaba en latín ningún tipo de trabajo sino que con ella se hacía referencia a un deber moral para con el resto de los ciudadanos, un deber que se ejercía con liberalidad (gratuitamente) y de buena fe. Similar en su naturaleza a los servicios religiosos (que todavía se llaman oficios) los servicios jurídicos se prestaban ex officio a impulsos de ese deber cívico y sin salario alguno a cambio. Cobrar salario (merces) era para los juristas algo tan reprobable (mercennaria vox) como vender los sacramentos para los sacerdotes (delito de simonía).

Ocurre, sin embargo, que los juristas tenían y tienen la deplorable costumbre de comer y que malamente se pueden cumplir los deberes cívicos cuando las piernas no te sostienen, de ahí que, ese difícil equilibrio entre las obligaciones morales y las necesidades vitales de los abogados, no haya estado nunca solucionado del todo en nuestra profesión.

La vieja virtud romana llevó al tribuno de la plebe Cincio Alimento (el nombrecito del tribuno tiene su guasa) a someter a plebiscito en el 204 a.C. una ley que prohibía a los abogados cobrar por sus oficios y así promulgó una lex muneralis que convirtió a la abogacía en la profesión liberal que ahora es. Porque “liberal” viene tanto de libre como de liberalidad; es decir, que los ingresos del abogado provenían en exclusiva de las “liberalidades” (las donaciones) que el cliente satisfecho le hacía en “honor” a sus servicios. Por eso los abogados llamamos a nuestros ingresos “honorarios” y por eso nos decimos profesionales liberales. Y así quedó la profesión en aquel año 204 a.C., llena de gloria y virtud pero famélica y ayuna de numerario. El pago de estos abogados, como constató Cicerón, consistía apenas en tres cosas, todas ellas muy virtuosas pero poco nutritivas: La admiración de los oyentes, la esperanza de los necesitados y el agradecimiento de los favorecidos.

No todos los gobernantes romanos estuvieron tan exclusivamente atentos a la virtud pues Alejandro Severo, hombre sin duda piadoso y práctico a la vez, acordó asignar víveres a los abogados, fijándolos siglo y medio más tarde Ulpino Marisciano en 15 modii de harina por todo asunto in urgenti que finendo sit.

Hoy todavía a los letrados que se ocupan de la justicia gratuita se les llama abogados “de oficio” y —si han tenido la paciencia de llegar leyendo hasta aquí— entenderán que el nombre les cuadra a la perfección.

Profesionales liberales que reciben del estado (cuando lo reciben) un ingreso tan pequeño que más que “honorario” es “vejatorio”; abogados de los que nadie podrá decir que prestan su servicio por dinero sino por el impulso aún vivo de aquella virtud romana que los jurisprudentes dieron en llamar “oficio”; juristas cuya hambre mantiene la libertad de sus conciudadanos.

Yo he visto embargar sus mínimos ingresos, les he visto preguntar casi con vergüenza si el estado había ingresado su miserable retribución, les he visto murmurar entre dientes que un día lo dejarán…

Pero les he visto también cobijar en su casa a clientes sin dinero, trabajar durante años a cambio de unos euros miserables y les he visto ir de derrota en derrota por todas las instancias hasta pasear por Estrasburgo su victoria, su hambre y el derecho de su defendido desahuciado. Porque son de oficio abogados, como rezaba el eslógan.

Por eso, cuando oigo hablar a los “grandes” despachos de marketing, de planes de negocio, de beneficios, de seniors y de juniors, pienso en esos abogados, mis abogados, a los que de verdad quiero y admiro, esos que nunca podrán exhibir sus cuentas de resultados pero sobre cuya hambre descansa —como dijo Cicerón— la esperanza de los necesitados.

Quieren acabar con ellos, lo sé; sé que prefieren un asalariado (una mercennaria vox) a un profesional libre, pero sé también que la vieja virtud sigue aquí entre nosotros y que mientras queden abogados de oficio la esperanza tiene quien la defienda. Va por vosotros.

Vale.

(Éste artículo se publicó por primera vez en otro blog en julio de 2013)

Aquellos duros antiguos

Aprovechando que mi amigo Andrés anda a la caza de uno de esos famosos duros de plata cantonales que se acuñaron en 1873 cuando los cartageneros andábamos a cañonazos con el resto de España y unos cuantos países de Europa de añadidura; aprovechando eso, como digo, esta noche me he puesto a consultar publicaciones de numismática y, saltando de link en link, en lugar de a los duros cantonales he acabado llegando hasta aquellos otros duros antiguos que tanto en Cádiz dieron que hablar allá por 1904. Si no conocen la historia léanla, o mejor aún, escúchenla; porque si los europeos tuvieron a Ludwig Van Beethoven los gaditanos tuvieron a Don Antonio Rodríguez, y la historia de esos duros la cuenta y la canta Don Antonio en un archifamoso tango de carnaval, con tanta gracia y arte, que deja a la “Cuarta Sinfonía” a la altura de la música de verbena.

Sobre el origen de estos “duros antiguos” gaditanos se ha escrito mucho y hasta el cartagenero Arturo Pérez Reverte ha echado su cuarto a espadas contando la historia de “El defensor de Pedro“, un barco pirata comandado por un gallego que, tras asaltar, matar y desvalijar a cuanto bicho viviente navegaba por el Atlántico, embarrancó en la playa al confundir el faro de Trafalgar con ese otro faro que todas las noches le guiña a Cádiz desde el Castillo de San Sebastián (-pápate esa-).

Nadie se acordaría de esos duros antiguos si Don Antonio Rodríguez (El Tío de la Tiza) no hubiese compuesto su celebérrimo tango y pienso que en Cartagena nos han faltado poetas y literatos de esos que llaman populares; porque de los duros cantonales no se ha escrito ni una taranta y, para enterarse de lo que pasó en el Cantón, hay que echar mano de la obra de Don Benito Pérez Galdós que lo cantó con gracia y salero pero sin música. A mí me parece que la historia de estos “duros cantonales” pide a gritos un “Tío de la Tiza” pues ya tiene en Don Benito a su Herodoto, déjenme que les cuente.

Proclamado el Cantón en Cartagena (julio de 1873) las autoridades federales dispusieron que se acuñase moneda, pero no una moneda cualquiera ni esos vales de papel con que suelen financiarse las revoluciones de chichinabo, sino una moneda que, por su valor intrínseco, superase a la moneda que se usaba oficialmente en España. Por eso se acuñaron duros de plata y, si la ley de los duros españoles era de 900 milésimas, la de los duros cantonales se elevaba hasta las 925 milésimas y, si los duros españoles pesaban 25 gramos, los cantonales pesarían hasta 28. 

Las herramientas para acuñar estos duros estaban en el arsenal, la plata en las minas de Mazarrón y los operarios que llevasen a cabo tan delicada tarea se encontraron en el lugar más inesperado: el presidio, pues no faltaban allí magníficos expertos en el arte de acuñar monedas… falsas.

Ciento cincuenta mil duros cantonales de plata se acuñaron junto con monedas de dos pesetas y diez reales que proveyeron de numerario a los habitantes de esta arcadia federal y uno de esos ciento cincuenta mil es el que busca mi amigo Andrés pero, han sido tantas las imitaciones y falsificaciones que se han hecho de aquellos duros, que a día de hoy aún no se ha decidido a comprar ninguno, temiendo -con fundamento- que le den centralista por federal, quiero decir gato por liebre.

En fin que, saltando de los duros cantonales a los antiguos de Cádiz, he encontrado un libreto con las diversas letras que Don Antonio escribió para el tango de los anticuarios, así que, con su permiso, les dejo: voy a disfrutar con las letras de Don Antonio y si ustedes, entretanto, se enteran de alguien que tenga un duro cantonal legítimo y en buen estado, háganmelo saber, quizá a mi amigo Andrés le interese, aunque no les garantizo nada.