Cuando la tecnología es la ley

Somos capaces de percibir cómo las leyes -a través de constituciones, estatutos, códigos y demás instrumentos jurídicos- regulan el mundo real. En el ciberespacio, por el contrario, debemos comprender cómo un “código” diferente, regula el software y el hardware; software y hardware que hacen del ciberespacio lo que es; software y hardware que, por eso mismo, regulan absolutamente el ciberespacio y son su verdadera ley. (Lawrence Lessig Code 2.0)

El hombre impone sus leyes donde la naturaleza no impone las suyas, por eso, al igual que resulta ridículo legislar contra la ley de la gravedad en el mundo real, resulta imposible legislar en el ciberespacio contra la tecnología y los programas que permiten y definen la naturaleza de dicho espacio. De ahí la genial percepción de Lawrence Lessig al afirmar que, en el ciberespacio, “el código es la ley”.

Obsérvese que cuando Lessig usa la palabra “código” lo hace en un sentido informático (como cuando hablamos de lineas de programa) y no en un sentido legal (como cuando hablamos de Código Civil).

Los hombres en el siglo XXI viven e interactuan no sólo en el mundo real sino, también, en un mundo virtual al que llamamos ciberespacio; sin embargo, a diferencia del mundo real que no ha sido creado por el hombre y cuenta con sus propias leyes naturales, el ciberespacio ha sido enteramente creado por el hombre y lo que se puede y no se puede hacer en él viene determinado por la tecnología empleada en su construcción.

Es por eso que la tecnología, el hardware y el software que han creado el ciberespacio son su primera y más importante ley y, a través de ella, se ejerce el más eficaz control de lo que los humanos pueden o no pueden hacer en éste nuevo mundo virtual.

Las intersecciones entre el mundo virtual y el real provocan numerosas paradojas que no pueden ser solucionadas si se pierden de vista estas leyes fundacionales del ciberespacio.

Pongamos un ejemplo.

En el mundo real, si yo compro un libro y, tras leerlo, decido dárselo a un amigo para que lo lea, nada me lo impedirá y, lo que es más, no estaré obligado a pagar cantidad alguna en concepto de derechos de autor. Es más, si por ejemplo ese libro es, por ejemplo, El Quijote, podré hacer de él tantas copias como quiera y distribuirlas a mi antojo pues ése libro ya está en el dominio público y no es preciso pagar derechos de autor.

En el ciberespacio la cosa cambia porque, allí, el libro es, en todo caso, “electrónico” y así lo han comprobado recientemente los usuarios del Kindle de Amazon o del Sony Reader, dos de los más populares libros electrónicos del mercado.

El Sony Reader y el Kindle de Amazon son dispositivos portátiles multimedia diseñados para almacenar y mostrar libros y otros documentos electrónicos. Kindle tiene una función de banda ancha móvil que permite a los usuarios buscar contenidos en línea y descargar libros electrónicos, mientras que, el Sony Reader requiere que los usuarios descarguen y administren su biblioteca de libros electrónicos a través de un ordenador.

El carácter polémico de ambos productos es que los dos prohíben a sus usuarios compartir sus libros electrónicos con otros usuarios y, si lo hacen deben observar determinadas limitaciones plasmadas en una peculiar licencia que el comprador asume teóricamente en el momento de comprarlos.

Con anterioridad a ambos lectores Adobe había utilizado en su propio lector de libros electrónicos una técnica más drástica y más en consonancia con las leyes del ciberespacio; simplemente el lector de libros de Adobe no permitía copiar libros más allá de cierto número de copias. Poco importaba si el libro a copiar era “El Quijote” o la última novela de Eduardo Mendoza, el lector de Adobe, por construcción, no permitía tal posibilidad.

Inútil resultaba esgrimir que “El Quijote” estaba en el dominio público y era perfectamente legal hacer de él tantas cuantas copias quisiera el usuario; simplemente el sistema (el hardware y el código que lo programaba) no permitían tal posibilidad.

La situación descrita se deriva de la diferencia intrínseca que existe entre la transmisión de un e-libro y la transmisión de una copia impresa del libro. La transmisión de una copia impresa del libro es precisamente eso, la transferencia física de una copia. La transmisión de un e-libro, sin embargo, requiere la recreación o la copia digital del propio e-libro. Debido a que resulta imposible transmitir un libro electrónico sin hacer primero una copia del mismo la transferencia digital de un libro electrónico es probablemente inadmisible desde el punto de vista jurídico, al menos sin pagar los derechos correspondientes. Así, los usuarios de Kindle y el Sony Reader sólo puede transmitir legalmente obras mediante la venta de los soportes físicos en los que se almacena el libro.

El ejemplo puede resultar incluso más chusco si lo que yo quiero es regalar un libro a un amigo: Si yo compro en una librería un libro para regalarlo a un amigo no tendré problema alguno para entregárselo pero, si me lo descargo en mi Kindle y luego se lo transfiero, estaré quebrantando probablemente las normas que regulan la propiedad intelectual.

Si me permiten un ejemplo aún más chusco todavía de cómo la tecnología se convierte en ley les contaré que, no hace mucho, hube de repartir como albacea una herencia en la que estaba llamada a heredar una niña de tres años. Nada prohíbe que una niña de tres años herede, así como nada obliga a que una niña de tres años tenga un número de identificación fiscal; sin embargo, para poder tramitar la herencia es preciso que la misma pase por la hacienda autonómica para pagar el impuesto correspondiente y ahí vino el problema, el programa informático no permite tramitar el impuesto si la niña de tres años no cuenta con un número de identificación fiscal, lo que implica que la niña obtenga un DNI. Así, aunque la niña no está obligada a tener DNI, el programa informático obliga a que hagamos algo que la ley nos dispensa de hacer hasta mayor edad y si no, no heredará. ¿Quien es el legislador en éste caso? ¿la asamblea legislativa o quizá el programador?

Lawrence Lessig Code 2.0
Lawrence Lessig "Code 2.0"

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2 comentarios en “Cuando la tecnología es la ley

  1. Las copias de los libros fisicos estan sujetas a un impuesto por copia,el cual se abona en el momento de adquirir la maquina que los copia.Esto fue muy polemico hace unos años y fue la mejor solucion que encontraron para obtener benficios por la copia de libros de texto que los hacian los estudiantes, ante diferencia de precio entre el original y la copia.Luego siguieron lo soportes digitales, memorias, tlefonos etc..

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  2. Sí, en España es así, pero lo más curioso es que, yo puedo regalarte un libro viejo (o nuevo) que ya haya leído sin que esto esté sujeto gravamen alguno; sin embargo no puedo regalarte un libro electrónico porque ello implica necesariamente hacer una copia… lo que sí está sujeto. Hablando del tema es interesante una iniciativa llamada “Libros libres” que ha tenido cierta repercusión en Madrid y que consiste en que la gente no tira los libros leídos sino que los regala a otros pero con la condición de que estos libros no pueden tirarse sino que, al terminar de leerlos, han de ser regalados nuevamente y con la misma condición. Otro fenómeno viral.

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