Los diez auténticos revolucionarios de la Sociedad de la Información.

Richard Stallman

La reciente muerte de Steve Jobs y la opinión que Richard Stallman emitió inmediatamente después de la misma sobre su figura han generado una agria polémica en las redes sociales. La disputa, extremadamente agria en muchos casos, me ha dejado con la incógnita de determinar cual ha sido el papel verdaderamente desempeñado por Steve Jobs en esta revolución de la información, cuales han sido sus aportaciones a la misma y cual es el lugar que ocupa, si es que ocupa alguno, entre los visionarios, soñadores, teóricos y hombres de negocios que han hecho posible la revolución en curso.

Para tratar de aclarar mis ideas trataré de confeccionar una lista con los nombres de las 10 personas más importantes en la historia de esta revolución. La realizaré tal y como los historiadores hacen con otras revoluciones, por ejemplo la francesa o la americana, estudiando quienes fueron sus precursores, quienes redactaron sus documentos fundacionales y cuales son estos. Trataré así de averiguar quien es el Voltaire, el Rousseau, el Jefferson o incluso el Robespierre de esta revolución contemporánea y trataré asimismo de identificar los documentos inaugurales de la misma.

El trabajo promete ser largo y los resultados no creo que convenzan a casi ninguno de los pocos lectores que me siguen, pero, si algo bueno tiene esto de las listas, es que cada uno tendrá sus candidatos y sus argumentos y, si hay el necesario “feedback”, acabaré aprendiendo mucho.

El orden en que los citaré no necesariamente se corresponde con el orden de importancia, quizá más bien con una difusa cronología que trataré de explicar al final de la lista, pero, porque él comenzó la polémica con sus agrias declaraciones, en el número #10 de la lista de los auténticos revolucionarios de las nuevas tecnologías de la información coloco a:

Richard Stallman

En 1971, un peculiar estudiante neoyorquino, Richard Stallman, ingresó en el laboratorio de Inteligencia Artificial (AI) del Instituto Tecnológico de Massachussets, el famoso MIT. Richard Stallman provenía de la Universidad de Harvard a la que había accedido a pesar de haber sido un estudiante problemático.

Stallman contaba entonces apenas 18 años y parece que el ambiente de trabajo que encontró en el MIT le cautivó y no sólo porque entonces trabajasen allí personalidades científicas de la talla de Minsky y Papert, sino por el particular código ético que regía las conductas de los programadores que allí trabajaban. A diferencia de los profesores y estudiantes graduados que también trabajaban allí, estos “hackers” no se atenían a los convencionalismos imperantes y, careciendo de relevancia oficial, para mantener su posición en el MIT no tenían más argumento que el de la calidad del software que programaban.

Estas personas se respetaban porque todos sabían que eran buenos en lo que hacían y, dentro de su peculiar código ético, resultaba repugnante guardar para uno mismo y no compartir el código que escribían. La medida de su éxito no se medía en dólares sino, muy al contrario, se medía en términos de creatividad y excelencia. No compartir el código provocaba esfuerzos repetidos, estériles reinvenciones de soluciones ya inventadas y un injustificada barrera contra el progreso. En este lugar y en este ambiente se gestaron una buena porción de los trabajos que permitieron la revolución tecnológica que vivimos.

Sin embargo, hacia mediados de los 70, la proliferación de ordenadores ya había creado un mercado con un tamaño suficiente para permitir que los desarrolladores de software pudiesen colocar sus programas. Muchos de ellos pensaron que, si no podían exigir dinero a los usuarios por el uso de sus programas, no podrían aprovecharse de este mercado y es en este contexto en el que vio la luz la famosa carta abierta de Bill Gates a los aficionados a los ordenadores.

Esta “Open letter to Hobbyist” fue redactada en 1975 por Bill Gates con motivo de lo que el consideraba el “robo” del intérprete BASIC que él había escrito para el Altair. En esta carta ya se adjetiva de “robo” la copia no autorizada de código y es un documento que puede servir de hito para señalar el comienzo de todo el debate posterior software propietario-software libre que ha llegado hasta nuestros días.

Durante la década de los 70, en general, el software venía incorporado al ordenador que uno compraba y estaba hecho específicamente para ese dispositivo pero, ya a principios de los 80 el software empezó a ser vendido separadamente de los dispositivos en grandes cantidades, de forma que muchos programadores fundaron exitosas compañías que pronto obtuvieron fabulosos ingresos. Las grandes corporaciones vieron la oportunidad de negocio y abrazaron con entusiasmo la idea de Bill Gates.

Frente a todo este conglomerado de empresas e intereses comerciales Richard Stallman se constituyó en defensor de la causa de la libertad y la cooperación y en 1985 escribió “El Manifiesto GNU”, producto de una genial intuición, y que es uno de los textos imprescindibles para entender quizá el más importante debate que debe resolver la revolución tecnológica que vivimos. Sus implicaciones jurídicas y políticas son enormes y quizá el conjunto de la sociedad aún no se ha percatado de la enorme trascendencia futura de dicho debate.

Como muy a menudo repiten los defensores del software libre las ideas no son una mercancía común. A diferencia de otras mercancías las ideas no se transfieren, sino que se propagan. Si usted le compra a su vecino un abrigo, una vez efectuada la transacción, usted tendrá el abrigo pero él ya no. Con las ideas no ocurre eso, si usted transmite una idea usted adquirirá la idea pero su vecino no la habrá perdido. Es más, es dudoso que usted pueda usar el abrigo de su vecino debido a razones de talla o peso, pero la idea que le transmite su vecino usted podrá adaptarla rápidamente a sus necesidades. Las ideas se propagan, no hay escasez en ellas y por ello estos bienes informaciones no conocen las escasez y es muy difícil comercial con ellos. Sólo una legislación que restrinja su intrínseca vocación de replicación permite establecer un mercado que, incluso desde los más estrictos postulados económico-capitalistas, tiene una malsana tendencia a fomentar el mercado negro.

Stallman, en 1985, publicó la “GNU General Public License” (Licencia Pública General de GNU) orientada principalmente a proteger la libre distribución, modificación y uso de software. Su propósito es declarar que el software cubierto por esta licencia es software libre y protegerlo de intentos de apropiación que restrinjan esas libertades a los usuarios.

Resulta sorprendente que sea precisamente un documento de neto carácter jurídico el que recoja las intuiciones de un programador y que sea precisamente un programador ajeno al mundo del derecho el autor de una de las más sorprendentes y capitales innovaciones jurídicas  contemporáneas.

Todo el pensamiento de Stallman resulta paradójico en un primer momento (¿Cómo puede ser viable un negocio que no cobre por sus productos?, ¿Por qué alguien escribiría programas que no podrá vender?) y, sin embargo, conforme avanza el tiempo sus planteamientos se ven cada vez más confirmados por la realidad. La abrumadora mayoría de los servidorers de páginas web, por ejemplo, son servidores “Apache” (un ejemplo de software libre), su teléfono “Android” en gran parte también lo es, los sistemas Linux cada vez son más frecuentes y, en general, las soluciones de software libre son ya la primera opción de la mayor parte de las estrategias comerciales, de hecho usted, amigo lector, ya no podría vivir un día sin software libre.

La información es el cimiento de la revolución presente y a Stallman le cabe el mérito de haber detectado que a los novedosos fenómenos a que estamos asistiendo no se les pueden aplicar conceptos jurídicos antiguos, que las ideas no pueden ser poseídas de la misma forma que el Digesto regulaba la propiedad de las cosas muebles o el Estatuto de Ana establecía para regular las relaciones de impresores y escritores.

Por eso, porque en la base de las implicaciones jurídicas y políticas de la revolución que vivimos está Richard Stallman es por lo que le doy el número #10 en mi lista de los auténticos padres fundadores de la revolución tecnológica y al “Manifiesto GNU” el número #10 en mi lista de documentos fundacionales.

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