Yo siempre quise ser granadero.

Agrupación juvenil de granaderos californios de Cartagena
Agrupación juvenil de granaderos californios de Cartagena

Sé que en Cartagena la Semana Santa empieza, para casi todo el mundo, la madrugada del Viernes de Dolores o este último domingo antes de la primera luna llena de la primavera en que La Burrica se asoma por la puerta de Santa María; pero para mí no. Para mí, la Semana Santa comienza una mañana indeterminada de domingo en que, paseando por la ciudad, oigo varias calles más allá de donde estoy el inconfundible sonido de unos tambores. Como sin querer, pero queriendo, trato de acercarme al lugar de donde viene ese sonido y, al volver una esquina, de repente, casi como por sorpresa, aparecen ellos: mandil blanco y morrión de astracán negro, picos, palas y serruchos, levitas azul marino con vueltas rojas, plumeros rojos o morados (¡qué más da!) y la Semana Santa se me viene encima con fuerza avasalladora. Suena la música del alma y ensancha la calle el mejor ejército del mundo: los granaderos de Cartagena.

Cuando era niño soñaba con ser mayor para poder ponerme la levita y el mandil de granadero. A mis primos de Murcia les fascinaban estos soldados cuyo papel en las procesiones nadie era capaz de explicar a ciencia cierta. Mis compañeros de estudios jugaban por los pasillos del colegio (de cuatro en fondo) a doblar las esquinas como lo hacían ellos. Sí, sin duda, granaderos, el mejor ejército del mundo, el único que jamás ha hecho daño a nadie y que solo ha disparado en los niños las ganas de crecer para formar parte de él y en los corazones de los mayores la infantil alegría de volver a ser niño. Sí, los granaderos de Cartagena.

Los granaderos son la quintaesencia de mi ciudad. El general carlista Zumalacárregui solía quejarse de la poca marcialidad y espíritu castrense de sus tropas diciendo: «A estos tíos les ordenas hacer un desfile y les sale una romería». En Cartagena eso no pasa, porque a los cartageneros, si les ordenas hacer una romería, lo que les sale es un desfile. Lo sé bien. Mándales hacer una fiesta de romanos y, en lugar de una bacanal, acabarán desfilando en formación. Incomprensible, pero es así.

Napoleón, que conocía bien a sus hombres, les llamó grognards (gruñones). Si habían de marchar gruñían, si habían de hacer instrucción gruñían, gruñían incluso al cobrar su soldada o recibir su rancho. Pero él sabía -y yo lo sé- que, llegado el caso, esos hombres darían la vida por un trozo de tela teñida de colores. Y no se equivocaba.

En Cartagena creo que hemos perdido todas las guerras, desde la segunda guerra púnica a la última Guerra Civil. Pero, a pesar de Escipión, de Suintila, de Martínez Campos y de la Legión Cóndor, seguimos aquí, va ya para tres mil años y no parece que mis paisanos tengan ninguna intención de que la costumbre cambie. No es fácil explicar ese milagro. 

Lo que no hemos perdido en Cartagena -y espero que jamás lo perdamos- es ese espíritu granadero que, instintivamente, nos lleva a hacer juntos las cosas importantes, a formar el cuadro ante la adversidad, a cerrar filas contra el infortunio, a aguantar hombro con hombro cuando las cosas vienen mal dadas. Por ese espíritu seguimos aquí tras tres mil años de derrotas y por eso, de niño, yo quería ser granadero. Porque me gustan mis paisanos, con su mala follá, con su indolencia, con todos esos defectos que no es preciso que yo les detalle, pero paisanos que, llegado el caso, darán lo mejor de sí mismos si les das una buena causa para ello.

Alegría de penachos encarnados, júbilo morado de ‘Micaela’, música de Nicola Pórpora (ese genio italiano que, entre las más de cincuenta óperas que compuso, aún tuvo tiempo de ponerle banda sonora al mejor ejército del mundo), fusiles Brown Bess, bayonetas de cubo, serruchos, hachas, espadas, picos, levitas, polainas y calzón blanco… Cuando los veo desfilar sé que Cartagena está en la calle, que hay futuro y que aún podemos seguir soñando nuestro sueño.

Pasaron los años, me hice mayor y finalmente no pude vestirme de granadero (lo hicieron mis sobrinos y esa es la foto que ven), pero eso ya no importa. Lo que importa es que, entre toda esa catequesis cristiana que son nuestras procesiones, nuestra ciudad, cada Semana Santa, se cuela en los desfiles, nos enseña su propia doctrina secular y nos deja sentir el espíritu que la ha hecho como es: el espíritu granadero. Sí, ese, el del mejor ejército del mundo.


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