Tecnologías nuevas, ideas viejas.


Los cambios tecnológicos suelen ir por delante de los cambios culturales. Los cambios tecnológicos abren posibilidades que no son descubiertas ni aprovechadas por el ser humano hasta bastante después. A menudo el cambio tecnológico coexiste con una forma de pensar periclitada y entonces los resultados pueden ser especialmente dramáticos. Los ejemplos son particularmente atroces en el caso de la guerra.

En la imagen que ven (tomada en 1917) unos soldados franceses que parecen sacados de 1870 (kepis rojo en la cabeza, vistosos unifomes azul marino) prueban una ametralladora St. Etienne. En el inicio de la 1ª Guerra Mundial la ametralladora era un arma nueva y los ejércitos nunca se habían enfrentado seriamente a su poder. Hasta la guerra de secesión norteamericana los soldados combatían casi igual que en la época de Napoleón… el ánima rayada de los fusiles mejoró muchísimo su eficacia pero las ideas ancladas en la mente de los generales norteamericanos que les mandaban hicieron que siguieran combatiendo de una forma que ya no servía más que para que los soldados muriesen a racimos. Con la ametralladora pasó otro tanto, hasta que los generales se convencieron de que este arma había cambiado la forma de hacer la guerra ellos siguieron aferrados a sus antiguas ideas y la mortandad provocada por las ametralladoras alcanzó cotas desconocidas. Soldados del XIX con armas del siglo XX, la foto ilustra bien la paradoja de cómo el ser humano no alcanza a comprender las consecuencias de los cambios tecnológicos hasta que la realidad le sacude en el rostro con toda su crudeza. En los últimos 30-40 años hemos venido viviendo una revolución tecnológica de dimensiones nunca vistas hasta ahora y, mientras pienso en ella, miro a estos soldados de kepis rojo y a los oficiales que les mandan y me pregunto si no estaremos reproduciendo el patrón de conducta que tantas desgracias ha causado. El coste esta vez, probablemente, no se pagará en vidas humanas pero sí, seguramente, en derechos y libertades. Otro día hablaremos de eso.

Y para finalizar una nota: la foto que ven arriba es una auténtica foto en color, no está pintada. Los hermanos Lumiere no sólo inventaron el cinematógrafo sino que además diseñaron un procedimiento más que decente para hacer fotos en color aprovechando (entre otras cosas) el almidón de la patata; llamaron al proceso «autochrome» y gracias a él tenemos fotografías en color de 1900 a 1930.

Boleros insensatos

“La otra tarde vi llover,
vi gente correr,
y no estabas tú…”

Las letras de los boleros resultan a menudo sorprendentes y, por qué no decirlo, a un oyente sensato suelen producirle cierta perplejidad. Por ejemplo, en este primer fragmento que he transcrito de un conocido bolero, la verdad es que no alcanzo a comprender qué nos quiere decir exactamente el autor, pues, dado el panorama meteorológico que nos pinta, (llueve, la gente sale por piernas…) lo verdaderamente raro sería que ella estuviese aguantando a pié firme bajo la lluvia y en medio de gente que corre de un lado a otro. Las posibilidades de encontrarte con tu amor cuando está jarreando y caen chuzos de punta son -sin duda alguna- bastante escasas, por lo que uno no alcanza a comprender con exactitud por qué se sorprende o de qué se queja el autor.

Si el ejemplo anterior parece carecer de lógica, otros resultan un tanto, digamos, desconcertantes. Así, el autor del archiconocido bolero “Nosotros”, da un paso más en el campo del sinsentido poético y nos deja una antológica muestra de protoinsensatez y archiincoherencia. Ojo a la letra.

“Nosotros, que nos queremos tanto, debemos separarnos…”

Con un par, sí señor, nos queremos, pero “debemos separarnos”, que me aspeen si lo entiendo… En este punto, el oyente sensato imagina al afectado/a por el plante críptico preguntando al amante que se va a najar: pero… ¡si nos queremos! ¿por qué narices debemos separarnos?

El autor del bolero, hombre astuto y que sin duda debió prever la perplejidad del oyente, al parecer no acabó de encontrar una buena respuesta para tan inmotivada huída amatoria y decidió que lo mejor era zanjar el asunto sin mayores explicaciones; al loro:

“Nosotros, que nos queremos tanto, debemos separarnos… ¡¡No me preguntes más!!”

Y aquí es cuando el oyente (y no digamos el amante despechado) se huele que hay tomate: porque, si el najante dice que le quiere pero que tiene que irse y que no le jorobe con preguntas, decididamente es porque aquí tiene que haber gato encerrado.

El autor, que no puede dejar de notar que su credibilidad hace aguas, decide que, puestos a decir insensateces, lo mejor es decirlas bien gordas de forma que, con un poco de suerte, quizá resulten poéticas y, con eso, gane un tiempo precioso para poder tomar el portante. Es por eso que, llegados a este punto, el autor del bolero se lanza a tumba abierta y le viene a decir a la plantada/o: te dejo, sí, y no te voy a dar explicaciones, porque la verdad es que, como te quiero tanto, sólo responderé a las preguntas de mi abogado. Véase lo que le larga el autor:

"No es falta de cariño, te quiero con el alma, te juro que te adoro y, en nombre de este amor y por tu bien, te digo adiós”

Uno imagina que, a estas alturas, el amante abandonado/a ha debido quedar en estado de catatonia debido a la estupefacción y que, tras oír lo “ut supra” transcrito, se debate en la duda de si arrimarle un par de bofetadas al/la caradura o, por el contrario, de arrimárselas a sí mismo/a por haber cometido la majadería de estar liado/a con un/a botarate/botaratesa de semejante calibre.
El caso es que he pasado la vida escuchando boleros con letras como esas y aún peores y, tanto tiempo disfrutando de ese amor, ha hecho que, cuando llueve y la gente corre como posesa a guarecerse en los portales, yo aún siga preguntándome por qué narices alguien tendría que estar, ahí en medio, esperando a que un chalado se pusiese a escribir un bolero sobre gente que espera el amor bajo la lluvia. Hoy es 20 de diciembre, lleva cuatro días lloviendo en Cartagena y, como es lógico, tú no estabas.


PD: ya publicado el post una amable lectora me ha hecho llegar sus quejas por el, según su criterio, injusto olvido en este post del bolero “somos novios”. Veamos lo que nos dice nuestra amable corresponsal:

Se ha olvidado usted del celebérrimo “Somos novios” , bolero en el que un par de tolais se procuran el momento más oscuro para recordar de que color son los cerezos. Siempre me he preguntado si eso era alguna extraña práctica sexual, o es que los novios de marras son tontos de baba.

Ciertamente la razón asiste a la lectora: ha sido un olvido imperdonable de mi parte. Evidente resulta que para saber de qué color son los cerezos lo procedente es consultar una enciclopedia ilustrada o, más recientemente, escribir en el buscador google las palabras “cerezos” y “color” lo que, sin ningún género de dudas, aclararía el dilema a los amantes sin necesidad de correr el riesgo de perderse en la oscuridad.
Finalmente debo añadir, en abono de las tesis de mi interlocutora, que este bolero “somos novios” roza la perfección cuando, tras relatar el oscuro episodio cromático de los cerezos, añade: «sin hacer más comentarios: somos novios». No puede sino agradecerse al autor que, tras lo de la búsqueda de la oscuridad y la investigación del color de los cerezos, nos aclare que los protagonistas son novios pues, de efectuar un comentario más como los anteriores, hubiésemos acabado sospechando que en realidad los protagonistas del bolero son espeleólogos, botánicos o ingenieros agrónomos. Creo haber satisfecho con estos comentarios la deuda contraída con esta amable lectora.

LEC 2.0

En inglés el juego de palabras es sencillo y evidente: la palabra «code» quiere decir «código» tanto en sentido jurídico (como en «Código Civil») como en sentido informático (por ejemplo en «código fuente»).

Ya en 1999 Lawrence Lessig (catedrático de derecho por entonces de la Universidad de Stanford), en su libro «El código y otras leyes del ciberespacio» jugaba con este doble sentido y nos prevenía de que el ciberespacio es un espacio en el que no es posible dictar y aplicar las leyes tal y como lo habíamos venido haciendo en nuestra sociedad; y esto es así porque las leyes del ciberespacio están en el código que se ejecuta, no en lo que digan los textos legales: podemos hacer lo que el software nos permite hacer y no podemos hacer lo que ese mismo software no nos permite hacer independientemente de lo que ordene la ley que conocemos.

Veamos un ejemplo. Si a los programadores de LexNet se les ocurriese que usted no puede mandar su escrito sin rellenar un campo donde se le pida el DNI de su abuelo ya puede usted quejarse al Ministerio, al Defensor del Pueblo o a la FIFA: si usted no pone el DNI de su abuelo usted no podrá presentar el escrito.

Esta realidad, antigua como la red, parece haber sido descubierta recientemente (eso es España, un perenne retraso) por el Ministerio de Justicia, que da síntomas de andar encantado con la posibilidad de legislar vía software y anda haciendo algunas pueriles probaturas con el entusiasmo de un niño ante un juguete nuevo.

Si, ahora, un catedrático de procesal quisiera explicar a sus alumnos los defectos de la demanda que llevarán aparejada su inadmisión no le bastaría, para ser exhaustivo, enumerar los contemplados en la LEC, sino que habría de añadir los derivados de esa LEC 2.0 que está diseñando con toda la torpeza de que es capaz el ministerio; defectos como por ejemplo el de que el nombre del archivo conteniendo la demanda esté correctamente escrito en español y —por tanto— lleve acentos.

Ciertamente la LEC original premiaría la correcta ortografía de quien esto hiciera pero la LEC 2.0 del Ministerio, analfabeta y siniestra, detesta todo atisbo de inteligencia y castiga las tildes bien colocadas con la misma pena que el más grave defecto procesal pensable: el rechazo de la demanda automático. Penalty y expulsión… ¡Rafa, no me jodas!.

La cosa podría tener su gracia si no fuese porque cualquier cosa que roce al Ministerio de Justicia actual experimenta una mutación opuesta a la del mítico Rey Midas. Si este último lo que tocaba lo convertía en oro, lo que siquiera roza el Ministerio de Justicia actual se torna siniestro y siniestros empiezan a percibirse los tejemanejes informáticos que está haciendo el Ministerio con LexNet desde su implantación.

Ministro, no has inventado nada, has llegado a este mundo de la Justicia cuando tus interlocutores llevan decenas de años en él y, cuando no has columbrado aún la importancia de una buena estrategia informática, hay gentes que llevan toda su vida en ello.

No, no nos vas a aprobar unos códigos 2.0 usando la puerta informática de atrás, o al menos no lo vas a hacer sin que nos demos cuenta. No vas a poder decir aquello de «hagan ustedes las leyes y déjenme a mí hacer los programas». Los pollos no engañan a los recoveros. Rafa, no nos jodas.

Contratos de hace cuatro mil años

Llamamos historia, por oposición a prehistoria, al período de tiempo en el que la humanidad ha conocido y usado la escritura; y, como los inventores de la escritura fueron los sumerios, necesariamente habremos de admitir que la historia empieza en sumeria y también, naturalmente, que la historia del derecho empieza allí.

Hoy me he entretenido tratando de encontrar el primer contrato escrito de la historia de la humanidad y naturalmente me he dedicado a husmear entre las muchas transcripciones de tablillas mesopotámicas que la red ofrece.

La cantidad de contratos que conservamos de hace 4.000 años es tremenda, yo diría que hasta abrumadora y pareciera, tal es su número, que la escritura se hubiese inventado específicamente para documentar actos jurídicos (y quizá así sea). Esto, junto con el celo mesopotámico por clasificar y archivar minuciosamente las tablillas, ha hecho que dispongamos de una enorme cantidad de material del que tan sólo se ha traducido una pequeña parte. Hoy me he entretenido con este contrato de compraventa de inmuebles realizado por un ciudadano sumerio llamado Sini-Ishtar y que, si bien se mira, no difiere tanto de nuestras actuales escrituras. Veamos el texto (la traducción, de traducción, de traducción, es mía de forma que no me hago responsable) de circa del 2000 AC:

Sini-Ishtar, hijo de Ilu-eribu, y Apil-Ili, su hermano, han comprado un tercio de Shar de tierra con una casa construida, junto a la casa de Sini-Ishtar, y luego la casa de Minani. Un tercio de Shar de tierras de cultivo junto a la casa de Sini-Ishtar, que se enfrenta a la calle. La propiedad de Minani, el hijo de Migrat-Sin. Han pagado cuatro siclos y medio de plata, el precio acordado. Nunca se podrá reclamar por la casa de Minani.
Por su rey juraron. (A continuación, los nombres de catorce testigos y un escriba.) Mes de Tebet, año del gran muro de Karra-Shamash.

Me he sonreído pensando en el escribano de hoy día, el notario, escribiendo aquello de: «Un trozo de tierra de un Tercio de "Shar", o lo que es lo mismo un tercio de un "Nindam cuadrado" o lo que es lo mismo ocho codos cuadrados o 16 metros cuadrados de superficie. Linda con la calle donde se ubica; norte, casa de Sini-Ishtar…»

Al final juran por su rey y firman hasta 14 testigos junto con el escriba, que no pone lo de «está mi sello en tinta» como los notarios de ahora porque en sumeria los escribas y las personas de orden firmaban con los llamados «sellos rodados» que resultaban mucho más elegantes e historiados que esos sellos de goma de medio pelo que ahora usan nuestros fedatarios…

…y mientras escribo esto mi amiga Verónica del Carpio me manda por mensajería la noticia que ven en la fotografía y pienso en lo paradójico que resulta que podamos leer contratos de hace 4.000 años pero que la sinvergonzonería reinante no nos permita conocer contratos de hace menos de diez años. En Sumeria, ciertamente, cuidaban mejor sus contratos y su honra.

La singularidad tecnológica jurídica

Quizá no hayan ustedes oído hablar de la «singularidad tecnológica», si no es así, muy resumidamente les cuento qué es con la inapreciable ayuda de la wikipedia: la singularidad tecnológica (o simplemente, «la singularidad») es una hipótesis según la cual el advenimiento de la superinteligencia artificial desencadenará abruptamente un crecimiento tecnológico desenfrenado, dando lugar a cambios insondables en la civilización humana. De acuerdo con esta hipótesis, un agente inteligente actualizable (tal como un ordenador que ejecuta la inteligencia artificial general basada en software) entraría en una «reacción» de ciclos de auto-mejora, con cada generación nueva y más inteligente apareciendo más y más rápidamente, resultando en una poderosa superinteligencia que, cualitativamente, superaría con creces toda la inteligencia humana.

Sé que suena a ciencia-ficción y sin embargo a la mayoría de los científicos no les resulta esta de la singularidad una hipótesis extraña ni increíble sino todo lo contrario, en general la consideran natural. Padres o precursores de la revolución tecnológica como el mismísimo John Von Neumann admitían la singularidad como perfectamente natural e incluso la mencionaron en años ya tan lejanos como 1950:

«El progreso cada vez más veloz de la tecnología y los cambios en el modo de vida humano parecieran dar a entender que se acercar alguna singularidad esencial en la historia de la raza más allá de la cual los asuntos humanos, tal y como ahora los conocemos, no podrían continuar…»

Quizá a alguno de ustedes le parezca un sueño pero, viniendo este sueño de John Von Neumann, yo me lo tomaría muy en serio, pues pocas personas han sido más certeras en materia de sueños que él, permítanme no añadir más y dejarles sólo un link a su biografía.

John Von Neumann además fue el primero en manejar con naturalidad el concepto de máquinas autorreplicantes, un concepto que sitúa a la tecnología en el umbral del salto evolutivo y de la aparición de nuevas formas de vida distintas de las que ahora conocemos. La mezcla de este último concepto y el de la singularidad nos conduce a inquietantes visiones del futuro pero no teman porque, según los científicos más reputados, para llegar a la singularidad faltan bastantes años… entre 20 y 100… o quizá menos 🙂

La singularidad para algunos, entre los que me cuento, no se producirá de forma abrupta sino que irá ganando espacios progresivamente hasta alcanzar ese instante decisivo; déjenme que les explique mi primer contacto con la singularidad.

Yo he jugado al ajedrez desde joven y he procurado mantener hasta hoy un nivel de juego que me permita tomar parte en competiciones de cierto nivel y disfrutarlas (¿te he contado que yo jugué contra el campeón del mundo en una última ronda?) por eso, dada mi edad (56) he podido seguir de primera mano el nacimiento y evolución de los programas de ajedrez por ordenador.

Recuerdo que hasta 1985 los artefactos que jugaban al ajedrez eran cachivaches inútiles a muchos de los cuales incluso les costaba enrocarse y comer al paso. Pero en 1985 y corriendo sobre un entonces flamante «Sinclair QL» tuve la ocasión de jugar contra el programa «Chess» de la empresa Psion y programado por Richard Lang. Gané pero debo decir que allí ya había un oponente y no una mera curiosidad. Siempre pensé (y me equivocaba) que los ordenadores nunca serían mejores que un ser humano jugando al ajedrez, pero la década posterior me demostró cuan equivocado estaba. Anatoli Karpov, campeón mundial, sostenía que esto no le preocupaba lo más mínimo pues, por ejemplo, los coches son más veloces que los hombres y nadie se siente mal por ello, pero lo del ajedrez no era como la velocidad en los coches, para mí el ajedrez era una forma de arte y que una máquina pudiera superarnos en algo tan íntimo y tan humano como es la reflexión y el raciocinio me inquietó durante bastante tiempo hasta que asumí que aquella «singularidad» era irreversible.

Así pues, al menos en lo que al ajedrez respecta, la singularidad podríamos decir que ya ha tenido lugar, ahora conviene preguntarse si esa «singularidad» parcial o de vía estrecha amenaza a otras áreas de mi vida como es el ejercicio profesional. Sé que sí, pero, a ello, dedicaremos otro post, hoy es tarde y debo dormir. Les dejo hasta el nuevo post con este video que quizá les aclare —o no— algunos conceptos.

https://youtu.be/bfNTwTQSRzk

La boda de Mibtah

La mujer de quien quiero hablarles, Mibtah, era judía y había nacido en el Egipto del año 480 antes de Cristo, cuando regía los destinos del país del Nilo el «faraón» Artajerjes I, porque, por entonces, los persas trataban a Egipto como a una satrapía.

Mibtah, aunque judía, vivía en Egipto, concretamente en una isla situada en medio del Nilo y ubicada cerca de la primera catarata, en lo que entonces era la frontera del Alto Egipto y la Nubia Inferior y en las aguas de lo que actualmente llamamos Asuán. La isla se llamaba «Elefantina» y allí vivía una próspera y activa colonia judeo-aramáica.

Mibtah nació en el seno de una de las familias judías que prosperaban en esa comunidad y su padre, Mahseiah, se cuidó desde bien pronto de que ella dispusiese de una buena porción de tierras a pesar de las, al parecer, no pocas demandas a que hubo de hacer frente.

Son todos esos documentos legales que la rodearon los que hacen que conozcamos la vida de Mihtab con bastante exactitud. Sabemos, por ejemplo, que fue parte en juicios y que los ganó, sabemos también que tuvo varios maridos de los que se fue divorciando cual si de una Liz Taylor de la época se tratase y es, precisamente, a uno de sus matrimonios al que corresponde este contrato que la unió al arquitecto real Eshor Bar Djeho, contrato que quiero enseñarles hoy pues estoy seguro que a los juristas y no juristas les resultará sorprendente en muchos aspectos. El documento original es el que ven en la fotografía que abre este post y su traducción (no me hago responsable de nada en este punto) dice lo que sigue:

A 24 Tishri, (sexto día del mes de Epeiph), en el decimosexto año del reinado del Rey Artajerjes I [14 de octubre del 449 A.C.], Eshor Bar Djeho, arquitecto real, dijo a Mahseiah, un arameo de Asuán de la División Varyazata, lo que sigue:

He venido a tu casa para casarme con tu hija Mibtah.

Ella es mi esposa y yo su marido desde este día en adelante y para siempre.

Te he entregado como dote por tu hija Mihtab 5 siclos reales que han sido recibidos y aceptados.

Tu hija Mibtah me ha entregado personalmente monedas de plata (12 siclos reales), una prenda de lana nueva teñida y bordada a mano de unos 4 por 2,5 metros y cuyo valor es de 28 siclos reales. Un tejido nuevo de 4 por 2,5 metros que vale 8 siclos reales. Otra prenda de lana finamente tejida de 3 por 2 metros y cuyo valor es 7 siclos. Un espejo de bronce (1,5 siclos). Un cuenco de bronce (1,5 siclos). Dos copas de bronce (2 siclos). Una jarra de bronce (0,5 siclos).

La suma de la plata y el valor de las mercancías es de 65,5 siclos de Real peso que han sido recibidos y aceptados.

Una cama de caña de papiro con cuatro piedras incrustadas. Una bandeja. Dos cucharones. Una caja nueva de hoja de palma. Cuatro cucharadas de aceite de castor. Un par de sandalias.

Si Eshor muriese sin dejar hijos ni hijas durante la vida de Mihtab ella tendrá derecho lefítimo a todas las propiedades de Eshor, su casa, sus bienes, sus propiedades y todo cuanto posea.

Si Mihtab muriese sin hijos ni hijas durante la vida de Eshor, su marido, entonces él heredará todas las propiedades de ella.

Si en el futuro Mihtab va a la corte y dice que se divorcia de Eshor, su marido, ella es responsable de pagar el divorcio. Ella debe entregar a Eshor 7,5 siclos de plata pesados en la balanza.

Después de eso ella se llevará de casa todo aquello que ella haya llevado personalmente, chatarra y cualquier objeto que sea, y podrá irse donde quiera, sin necesidad de que se dicte ninguna norma que la autorice ni de presentar ninguna demanda judicial.

Si Eshor en el futuro fuese a la corte y dijese que se divorcia de Mihtab, su esposa, perderá la dote. Ella podrá llevarse de casa todo cuanto haya llevado personalmente a ella, incluso chatarra y cualquier cachivache, todo de una vez, y podrá ir donde quiera sin necesidad de norma que la autorice y sin que tenga que presentar demanda judicial.

Cualquiera que demande a Mihtab para desalojarla de la casa de Eshor o privarla de los bienes y propiedades de él deberá pagar 200 siclos de plata y estar y pasar por lo pactado en este documento.

Yo Eshor nunca diré que tengo otra esposa además de Mihtab ni otros hijos que los que tenga con Mihtab. Si en algún momento digo que tengo otra mujer u otros hijos tendré que entregar a Mihtab 200 siclos de plata de Real pesada. No podré retener en ese caso mis propiedades frente a ella y si lo hago habré de entregarle 200 siclos de plata de pesada Real.

Autorizado por Nathan bar Ananiah el cual escribió este documento a petición de Eshor. Sustestigos son…

y aparecen a continuación cuatro nombres tras los que el documento se fragmenta y nada más es legible.

Supongo que a ustedes, como a mí, el contrato les resultará sorprendente. No sólo se prevé el divorcio de ambos cónyuges sin más requisito que su propia voluntad sino que se prevén duras sanciones económicas en el caso de que a Eshor se le ocurra ser infiel (no sabemos con qué castigarían las leyes egipcias de esa época el adulterio de Mihtab).

Como vemos el matrimonio ya presenta forma de contrato y se documenta ante un protonotario o escribano (Natham Bar Ananiah) en un acto público al que asisten un buen número de testigos. A pesar de la complejidad del documento, lo que es seguro es que en este caso el derecho romano nada tuvo que ver con él, pues, por estos años, los romanos bastante tenían con las guerras en que andaban siempre liados y con redactar y pasar a limpio la Ley de las XII Tablas.Sospecho que nos estamos perdiendo interesantísimos conceptos jurídicos sumerios, acadios, babilónicos y hasta egipcios… y textos como este de la boda de Mihtab estoy seguro que nos harán mirar de otra manera a los habitantes del llamado Levante Mediterráneo. Lean el texto y luego lo comentamos y, por supuesto, si encuentran algún error en todo esto que les he contado, no tengan la menor duda: es mío.

1989: Huelga Del Turno De Oficio

Era enero de 1989 cuando el Colegio de Cartagena declaró la huelga en el turno de oficio. Yo estaba ya colegiado pero era tan joven que no logré enterarme bien de casi nada. Si ahora lo que se cobra es ofensivo y está igual que en 1996 imagina en 1989 lo que el estado destinaba a justicia gratuita. El colegio de Cartagena dijo «hasta aquí» y nos pusimos en huelga total, incluso las asistencias letradas fueron suspendidas.

El entonces decano no estaba de acuerdo con la huelga pero el suyo era el único voto en contra y debo decir que Don Francisco Garcerán, el decano, no pudo ser más valiente ni encarar las amenazas que la Fiscalía y la Audiencia Provincial de Murcia le dirigieron con más entereza y valor del bueno.

No contamos con nadie para declarar esa huelga y se declaró al más puro estilo cartagenero: nosotros vamos, el que quiera que nos siga. Y nos siguieron.
Nos siguió Granada, nos siguieron Oviedo y Gijón y nos siguió Murcia en un gesto inolvidable de su decano y su junta. Y luego estuvieron los de siempre, los que no se pusieron en huelga pero mandaban mensajes de ánimo y nos pedían que siguiésemos…

No crean que la huelga duró días o semanas: la huelga comenzó en enero y se dio por finalizada en noviembre; fueron 11 meses de huelga del turno de oficio donde aprendí muchas cosas de los abogados viejos, a saber: que un abogado puede tener miedo pero siempre debe conservar la calma y llegado el caso, si un juez te amenaza con procesarte, ser capaz de responder adecuadamente y en derecho.

Se lograron avances, nadie resultó procesado y todos quedamos tan amigos.

Hoy me he encontrado con algunos de aquellos abogados que me enseñaron a no tener miedo, me he tomado una cerveza con ellos, hemos celebrado el día de la Justicia Gratuita y hemos recordado aquellos años. No lo olvidaré nunca, esta va por vosotros compañeros.