Hipotecas: la infamia que viene.

Afirma el CGPJ que tiene preparado un plan “de contingencia” para —dicen ellos— “hacer frente” al previsible aumento de actividad en los juzgados por la presentación de demandas relacionadas con las cláusulas abusivas en las hipotecas.

Las cifras que manejan son las siguientes: Seis millones de hipotecas de las cuales 1.500.000 acabarán yendo a juicio (no me pregunten de dónde sacan los datos, alguien -quizá los bancos- se los hayan dado).

Eso supone que, por cada 100.000 habitantes, hay unas 3.221 hipotecas conflictivas y, para solucionarlo, van a crear UN juzgado por provincia. Lo mismo Madrid (6.500.000 habitantes) que Soria (90.040 habitantes) tendrán UN juzgado y luego, merced a unos presupuestos que no aumentan para crear juzgados, dicen que arreglarán la cosa según vaya… ¿a quién creen que engañan?.

Los bancos han intentado durante años que los consumidores se vean forzados a litigar en las capitales de provincia (dos tercios de la población española NO vive en capitales de provincia) y la jurisprudencia europea lo ha venido impidiendo. Ahora se prtende que el gobierno legisle contra Europa  para favorecer a los bancos y que los ciudadanos hayan de desplazarse a unos juzgados que nacen, por diseño, colapsados de antemano.

Este es quizá el disparate (la aberración si quieren) más inicuo que podría llevar a cabo el gobierno de España si finalmente lo aprueba.

Lo contaré en otros posts que sigan a este —inevitablemente apresurado— pero con este plan el gobierno está imponiendo DOS tasas judiciales en la sombra a los administrados. Si los consumidores y los abogados toleramos esta iniquidad es que la sociedad civil en este país está muerta.

Ampliaré mañana esta infame noticia porque —lo crean o no— el CGPJ pretende que esta infamia entre en vigor el 1 de junio. 

Tú sabes lo que puedes y lo que debes hacer. No esperes que nadie te lo diga, hazlo.

Juicios de tráfico: el triunfo de las aseguradoras.

Creo haber vivido lo suficiente como para tener una cierta perspectiva en este asunto de los juicios de tráfico. Permítanme que comparta con ustedes un poquito de lo que he visto durante mi vida profesional y luego, al final, hablamos.

En 1990 me dedicaba mayoritariamente a defender compañías de seguros. Mis compañeros de despacho y yo nos ocupábamos de defender los intereses de cuatro o cinco aseguradoras y eso me hizo conocer bien ese mundo desde el interior de las propias compañías. Por otro lado también actuábamos como acusación particular contra aquellas compañías que no eran nuestras clientes. Fueron muchos juicios los que celebré, tantos que, alguna vez, sigo soñando todavía con el artículo 586(bis) del viejo Código Penal.

A principios de la década de los 90 la indemnización que los jueces solían conceder a los lesionados por cada día de baja en Madrid o Alicante, por ejemplo, ascendía a 10.000 pesetas (60€). En la Región de Murcia, más modestamente, la indemnización, en cambio, tan solo era de 8.000 pesetas (50€). 

Sí, he dicho «la indemnización que los jueces solían conceder», porque quienes fijaban la indemnización entonces eran los jueces atendiendo, no a un baremo rígido, sino a todas las circunstacias que se presentaban a su valoración por las partes. Trataban de ser justos y, en general, lo lograban pero eso, ¡ay!, no les parecía convenir a las compañías de seguros de automóviles que, por entonces, desataron una lucha de precios sin cuartel. 

La década de los 90 vio quebrar a muchas compañías de seguros y la CLEA (Comisión Liquidadora de Entidades Aseguradoras) y el Consorcio hubieron de trabajar a destajo. Fue en esa época cuando quebraron compañías como «UNIAL» (una compañía del sindicato UGT que quebró en la época del vergonzante fraude de las cooperativas de viviendas), Grupo 86, Mercurio (una empresa que aseguraba autobuses urbanos y tenía una siniestralidad delirante), Apolo, Multinacional Aseguradora y muchas más…

Las compañías atribuyeron aquella cadena de quiebras no a su insensata política de riesgos y a las circunstancias específicas de su sector sino que culparon de todos sus males a los jueces: esos oscuros y malintencionados sujetos que hacen caridad con dinero ajeno, decían, y que no dando de lo propio curan sus conciencias con el dinero de las honestas compañías generando todo tipo de inseguridades jurídicas. Si usted no lo ha vivido le parecerá delirante pero le aseguro que así es como se hablaba en los departamentos de siniestros de las aseguradoras.

Por eso las compañías de seguros decidieron que retirarían del ámbito de competencia de los jueces la valoración del daño corporal y a fe mía que tuvieron más éxito del que ellas mismas podían llegar a imaginar. Para 1993 ya habían publicado un baremo «orientativo» de indemnizaciones para daños en tráfico que los jueces —simplemente— ignoraron, pensando cándidamente que ese baremo orientativo nunca podría llegar a ser obligatorio.

Y, si esta era la situación en el lado de las aseguradoras, el campo de los abogados en aquellos primeros años 90 ofrecía un panorama que no hacía presagiar lo que vendría después.

Por aquel entonces los abogados tenían prohibida (en contra del derecho europeo) la «cuota litis» pero, en el mundo del tráfico, todos la usaban y esta cuota era, en general, del 10%. Como el tiempo estándar de curación en aquellos años de un síndrome postraumático cervical, por ejemplo, era de 90 días, saber cuánto dejaba a un abogado medio de Alicante uno de aquellos pequeños accidentes era sencillo ((9010.000)10%): 90.000 pesetas; es decir unos 540 euros. Eso sin secuelas de ninguna especie.

Muchos de quienes no sean lo suficientemente mayores quizá no sepan lo que eran casi 100.000 pesetas en el año 1993… Esos 540€ actuales eran una cantidad muy respetable y con ella se podían hacer muchas cosas, como por ejemplo, salvar un mes. Fue en aquel año 93 cuando, con los honorarios que me reportó un caso en el que mi clienta había sufrido una lesión de rodilla, pude casarme. Con las 270 mil pesetas que cobramos mi entonces novia y yo (1.600€) pagamos la boda, la entrada de la casa, el viaje de novios y parte del mobiliario. Impresionante. Piense qué puede hacer usted hoy con 1.600€ y empezará a entender de qué le hablo.

Pero llegó 1995. Las aseguradoras habían dado al gobierno la matraca implacablemente con la cancamusa de la inseguridad que los jueces producían con sus resoluciones, con la grave situación por la que atravesaba el sector, con lo malvados que eran los españoles que se dedicaban a engañar a las honestas compañías de seguros (una matraca esta que las compañías se ocupan de mantener año tras año mientras mantienen un cuidadoso silencio acerca de sus propias tropelías), y con la pasividad de jueces y forenses para controlar un fraude que era evidente, obviamente, para las compañías.

Y triunfaron: en 1995 y enmedio de un sonoro escándalo entre jueces, abogados y el resto de lo que ahora se llaman «operadores jurídicos», el gobierno (socialista entonces) convirtió en obligatorio aquel baremo orientativo que despreciaron los jueces. Ahora los jueces ya no valoraban el lucro cesante ni el daño emergente que las lesiones habían producido a cada persona en concreto; a partir del baremo todos los casos (iguales o desiguales) pasaron a valorarse con ese único rasero y, por ejemplo, la indemnización por día de baja fue reducida a 2.500 pesetas (15€) de la noche a la mañana.

La judicatura se rebeló contra aquel baremo que juzgaron una tropelía y cuestiones de inconstitucionalidad y recursos de amparo fueron sometidos a la consideración del Tribunal Constitucional pero sin éxito, de forma que, poco a poco, amainó el temporal y las aseguradoras se salieron con la suya: habían triunfado.

El éxito de las aseguradoras fue una derrota para los asegurados y víctimas de accidentes de tráfico;  sin embargo, la tradicional falta de capacidad asociativa española y la debilidad de nuestra sociedad civil hizo que el «lobby social» no dejase sentir su justa protesta. Tampoco la abogacía institucional tuvo éxito (si es que acaso lo intentó, que no lo sé, yo desde luego no recuerdo que lo hiciera) y aquel recorte impuesto por el baremo hizo que los consumidores vieran reducidas sus indemnizaciones de forma draconiana para regocijo de las aseguradoras y sus cuentas de resultados y que, de paso, los abogados de tráfico perdieran un enorme poder adquisitivo. Perdían los ciudadanos, ganaban las aseguradoras, la abogacía no protestó y quienes entonces representaban a los ciudadanos se olvidaron de ellos para no volver a recordarlos jamás en este tema.

Si echamos cuentas resulta que, ahora, en 2017, la indemnización por día de baja se encuentra en España a niveles del año 1993 (unos 50€ y pico por día de baja), lo que significa que, desde 1995, hemos tardado más de 20 años en regresar al pasado. Los ciudadanos de 2017 son indemnizados como los ciudadanos de 1993 (a veces menos) y, si aplicamos a esas magras indemnizaciones la cuota litis del 10%, resultará que los abogados de tráfico están cobrando cantidades de 1993 para afrontar gastos de 2017 y, todo ello, con el noble fin no de indemnizar en justicia a los perjudicados, sino con el más prosaico de que las aseguradoras mejoren sus cuentas de resultados.

Sí, la aseguradoras se salieron con la suya, obtuvieron del gobierno la rebaja pretendida y la furibunda protesta judicial inicial se fue disolviendo como un azucarillo. Los abogados, hasta donde yo sé, no parece que protestásemos entonces con la necesaria firmeza ni que hayamos trabajado con posterioridad en sentido contrario al de las compañías de seguros y en pro de los perjudicados. El lobby de las aseguradoras ha funcionado desde entonces como una máquina bien engrasada y el de aquellos que quieren una valoración específica para cada caso concreto sin aplicar automatismos que lleven a soluciones absurdas en muchos casos, ese lobby, ni siquiera ha llegado a nacer. Pero no nos quedemos aquí porque la historia continua.

Tras la aprobación del baremo el lobby de las aseguradoras prosiguió con su buen hacer (buen hacer para ellos, se entiende) y, de forma generalizada, comenzaron a bajar las garantías de defensa y reclamación jurídicas en las pólizas de automóviles. Si a finales de los 90 las coberturas para esta garantía estaban habitualmente cifradas en varios miles de euros, para 2015 casi todas las pólizas que emitían las compañías no pasaban de 600€; una medida muy útil para evitar que en los asuntos de tráfico interviniesen abogados particulares distintos de los de las compañías. A esta inicua medida se unió la facilidad y gratuidad con que las compañías asumían la defensa de los ocupantes del vehículo propio mientras que ponían todo tipo de problemas y ejercían todo tipo de presiones si estos decidían buscar —como era natural y aconsejable— un abogado de su elección.

También les salió bien a las aseguradoras este plan, nadie protestó desde el campo de los consumidores, la CNMC no abrió la boca ni para respirar y tampoco en el campo de la abogacía pareció interesarle a nadie el tema y, si alguien protestó, (recuerdo una desagradable experiencia sufrida hace años con un post mío sobre este mismo tema) recibió advertencias incluso desde el propio campo.

Sí, el futuro sonreía a las aseguradoras, pero el golpe de gracia se produjo a finales de la legislatura pasada con la eliminación de los juicios de faltas y la desaparición de la mayor parte de los juicios de tráfico que se redujeron a un proceso extrajudicial donde la figura del abogado es perfectamente prescindible. Nadie solicitaba esa reforma, nadie pedía la despenalización de los accidentes de tráfico (salvo las aseguradoras se entiende), pero el gobierno (en este caso el actual con R. Catalá como ministro de justicia) decidió que, nuevamente, volvería ayudar a las aseguradoras contra los consumidores y contra la abogacía.

Nuevamente los consumidores han dejado oír sus protestas, pero, esta vez, ya la judicatura no ha dejado sentir su voz (al fin y al cabo les reducen la carga de trabajo) y la abogacía ha sido una balsa de aceite en manos de Rafael Catalá a pesar de que esta reforma suponía la pérdida de un sector de actividad importantísimo para la abogacía y el cierre anunciado de muchísimos despachos.

Las compañías de seguros, en interés propio y con la colaboración impagable del gobierno, han logrado eliminar la presencia judicial y reducir la de los juristas en los procesos de tráfico que ahora se ven reducidos a unos cuantos trámites extrajudiciales. Sea como fuere la realidad es que lo sucedido es bueno para las compañías y perpetúa esa realidad de las indemnizaciones baremadas que, si pareció inadmisible en 1994, es ahora una situación con la que la sociedad se ha acostumbrado a vivir.

En 2017 el futuro de los abogados de tráfico es muy incierto —aunque ello no ha parecido provocar la menor inquietud en los representantes de la abogacía— y hablar con estos abogados es palpar una inquietud ante el futuro que no es exclusiva, por cierto, sólo de ellos sino de muchas otras ramas de la profesión.

Hay en España unos 130.000 abogados y datos recientes parecen indicar que una quinta parte de ellos están afrontando graves problemas económicos en sus despachos; si a tal situación le añadimos la crisis entre quienes se dedican o dedicaban al tráfico es posible que estemos viviendo los momentos más graves de la historia de la abogacía en España sin que aparentemente nadie parezca inmutarse. Desearía equivocarme pero lo que desearía además es que, si has sido abogado estos últimos 20 años, me permitieses escuchar tu opinión sobre la evolución de la profesión que nos da de vivir. 

Ah, y no esperes que nadie proteste ni haga nada por ti si tú no lo haces.

Lo dejaré aquí por hoy. Perdón por extenderme.

Territorios excepcionales

Debe de ser que, al no vindicar competencias, resultamos demasiado pastueños para cualquiera que acceda al gobierno. Debe de ser que, al no habernos marchado con las transferencias de justicia, se nos toma por unos ingenuos a los que se puede engañar sin demasiada dificultad. Debe de ser también que, en este país, al que confía en que juntos se vive mejor que separados, al que confía en la cooperación más que en la competencia y a quienes creen que cumplir con sus obligaciones algún día será recompensado lo único que les espera al final del camino es la decepción y la risotada obscena de esos «listos» que «saben cómo son las cosas» en este país de mamancios y tiralevitas.

No encuentro explicación a que los abogados de oficio del territorio común llevemos 20 años sin que nuestras indemnizaciones se actualicen ni siquiera para incrementarles el IPC; no encuentro explicación a que el sistema informático de nuestros palacios de justicia se esté cayendo diariamente (lean hoy la prensa) y nadie parezca alarmado por ello. No encuentro explicación a que nuestros gobiernos autonómicos —los que dicen representarnos— no manden alto y claro un mensaje al gobierno central y le expliquen que seremos «territorio común» pero en absoluto unos tiñalpas inferiores a nadie en nada y menos en necesidades de Justicia y que aquí, o jugamos todos, o la baraja se va a romper a la altura de donde pone «Heraclio Fournier» en el cuatro de oros.

Baleares, Castilla y León, Castilla la Mancha, Extremadura, la Región de Murcia y las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla son esos lugares a los que en Justicia llaman «territorio común», lugares nada comunes, antes al contrario, excepcionales, dónde la vulgaridad sólo la ponen quienes gobiernan.

Si crees que puedes hacer algo por mejorar la justicia en los territorios comunes únete al equipo. Puedes hacer nada o puedes hacer algo: yo no lo dudaría.

¿Judas o Ludwig?

Por favor, respóndame: ¿Comenzar a leer este post ha sido decisión suya? ¿O quizá estaba ya escrito en alguna parte que usted hoy y a esta hora leería este post? Se lo preguntaré de otro modo: este encuentro de hoy entre usted y yo ¿es casual o es una cita?

Si lo piensa, para que usted esté leyendo hoy este post, necesariamente ha tenido que producirse antes una conspiración universal: desde su nacimiento y el mío (y el de todos nuestros antepasados hasta llegar a la primera célula viva) hasta que a mí me diese por escribir el post y a usted por leerlo. Pensarlo da un poco de vértigo porque, si bien se examina, desde el big-bang hasta aquí, todos los hechos de la historia del universo se han ido sucediendo con precisión infinita para que yo haya podido escribir hoy este post y para que, usted —hoy y a esta hora— pueda leerlo. Créame, si alterásemos un sólo nanosegundo de la historia del universo yo no habría escrito este post y usted, en este momento, no me estaría leyendo.

Esto que le acabo de contar no se me ha ocurrido a mí solo, naturalmente, sino que lo han pensado millones de personas antes que yo y es el pensamiento que se encuentra tras las teorías conspirativas, fatalistas, deterministas o calvinistas y es también el pensamiento que bulle detrás de eso que —vulgarmente— llamamos «predestinación».

Si un personaje encarna a la perfección el drama de la «predestinación» este no es otro que el de Judas, el apóstol que traicionó a Jesús. Si Jesús era Dios y por tanto conocía el futuro sabía sin duda que Judas le entregaría y conforme al Evangelio, en efecto, lo sabía:

Llegada la tarde, Jesús se puso a la mesa con los Doce. Y mientras comían, les dijo: «En verdad les digo: uno de ustedes me va a traicionar.» Se sintieron profundamente afligidos, y uno a uno comenzaron a preguntarle: «¿Seré yo, Señor?» El contestó: «El que me va a entregar es uno de los que mojan su pan conmigo en el plato. El Hijo del Hombre se va, como dicen las Escrituras, pero ¡pobre de aquel que entrega al Hijo del Hombre! ¡Sería mejor para él no haber nacido!» Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó también: « ¿Seré yo acaso, Maestro?» Jesús respondió: «Tú lo has dicho.» (Mateo 26).

Esta lectura deja en el aire muchas preguntas: si Jesús sabía que Judas le traicionaría ¿por qué le dejó hacerlo y así condenarse? y… si no le hubiese dejado ¿se habría estropeado todo el plan previamente trazado de pasión, muerte y resurrección?. Por otro lado ¿podía Judas hacer otra cosa que entregar a Jesús? ¿Podía el libre albedrío de Judas ir en contra del siniestro destino que ya estaba escrito para él?

Con fundamento en esta paradoja, sobre el siglo II o III, se escribió el llamado «Evangelio de Judas», un corto texto de naturaleza gnóstica que nos presenta a Judas como el discípulo predilecto de Cristo y el único que sabía realmente —junto con Jesús— qué es lo que iba a pasar la noche de la última cena. Desde este punto de vista Judas era la clave de los planes divinos y, por tanto, no era conforme a este «evangelio» un réprobo sino el primero de los justos.

Más adelante volveremos con Judas, por el momento dejaremos a un lado evangelios e historias sagradas y volveremos al campo de lo científico, porque el determinismo, el fatalismo o la predestinación no son cuestiones ajenas a la ciencia sino que, por el contrario, han sido la propia ciencia y los científicos quienes, a veces sin demasiada conciencia de ello, han contribuido a establecerlos firmemente entre nuestros hábitos de pensamiento y esto nunca fue tan evidente como en los años que siguieron a los descubrimientos de Sir Isaac Newton.

Hasta principios del siglo XX explicar el estado del universo era para los científicos tan sencillo como aplicar las leyes de Newton. Se podía decir dónde había estado cada cuerpo celeste en un momento determinado de la historia y dónde estaría en el futuro; conforme a las leyes de Newton no parecían existir procesos irreversibles bastaba con pasar de t a -t para pasar del futuro al pasado del universo con toda sencillez. La sensación de que el azar no cabía en este universo y de que había un plan predeterminado de antemano para el funcionamiento del cosmos se afianzaron. Se llegó a un curioso convencimiento: si la ciencia no es capaz de predecir el futuro es porque no dispone de todos los datos necesarios porque, cuando dispone de ellos, el futuro no es más que una consecuencia de las condiciones presentes. Por más que los seres humanos perciban el tiempo como una realidad muy cierta y el azar como algo evidente, el universo de Newton no se comporta de forma caprichosa y el azar no es más que una apariencia que nace de nuestra ignorancia; en suma: Dios no juega a los dados. Judas kaputt. Fin del post y pregunta respondida: si usted ha leído hasta aquí es porque así estaba escrito, si lo deja ahora es porque así está escrito y si continúa leyendo es porque está predestinado a ello. Yo le animo a seguir leyendo aunque sólo sea por darle un corte de mangas al destino y porque usted y yo sabemos que el tiempo y el azar existen aunque no sepamos explicarlo. Y le animo a seguir también porque quisiera hablarle de Ludwig.

Ludwig, como Judas, fue un hombre sin suerte: en un tiempo en que los átomos no eran más que una interesante analogía para muchos científicos, él se empeñó en trabajar con ellos defendiendo su existencia real. Ludwig dedicó años a estudiar el orden del cosmos pero, para su desgracia, todo cuanto veía en nuestro mundo contradecía sus predicciones. Los estudios de Ludwig dejaban sentado sin ningún lugar a dudas que el orden en el cosmos no sólo no debía aumentar sino que debía disminuir hasta llegar al caos total. Y sin embargo… sin embargo Ludwig miraba a su alrededor y sólo veía orden y armonía, un orden y una armonía crecientes con las flores engendrando flores y la vida engendrando vida. Cuando los ojos afirman lo que la razón niega ni las personalidades más fuertes lo llevan bien y Ludwig, para su desgracia, no tenía madera de héroe.

Tampoco llevó bien Ludwig las críticas de los científicos de su época y aunque genios como Maxwell le apoyaron encontró opositores crueles como Ernst Mach que no le alegraron la vida en absoluto.

Fuese como fuese el caso es que, pasados los años, todos reconocieron la corrección de las teorías de Ludwig y estas teorías cambiaron el mundo y quién sabe si hasta el destino de usted y de mí pues, a partir de ahora, le garantizo que si usted deja de leer este post ya no será porque el destino le obligue a ello sino porque a usted le da la gana y si lo sigue leyendo tampoco será porque esté predestinado sino simplemente porque a usted le sale de las narices. Compruébelo.

Desde la obra de Ludwig los seres humanos saben que hay dos magnitudes que jamás decrecen en el universo, la primera es el tiempo (esa magnitud que todos sabemos qué es pero no somos capaces de explicar) y otra la entropía (una magnitud que sabemos explicar pero que en el fondo no sabemos muy bien qué es). Desde Ludwig Boltzmann los procesos irreversibles fueron ganando espacio en la escena científica, la flecha del tiempo apareció dibujada en la entropía y, de pronto, al universo determinista de Newton se le abrió una vía de agua. Más adelante la mecánica cuántica nos habló de sucesos intrínsecamente aleatorios en la naturaleza e incluso de la imposibilidad de predecir el futuro aunque tuviésemos toda la información disponible sobre el estado del sistema o del universo entero.

Quizá Judas, antes de ahorcarse, aún pudo pensar que él no era el verdadero culpable de lo sucedido y que el responsable de todo aquel drama era el espíritu que lo planeó todo y que, sabiendo que él tendría que traicionar, no le impidió hacerlo permitiendo que él se perdiera para toda la eternidad. 

La familia del pobre Ludwig, sin embargo, nunca tuvo por entero el consuelo de que aquel horror que vivieron fuese obra del destino; más bien fue un complejo conjunto de circunstancias, al final de las cuales el libre albedrío dejaba sentir su sombra ominosa, las que determinaron que aquel 5 de septiembre de 1906, Elsa, la hija de Ludwig, le encontrase ahorcado colgando de una cuerda al entrar en su cuarto. 

El Evangelio según Cartagena

Nada me divierte más que ver procesiones en semana santa. No es cuestión de fe, no; tampoco es cuestión de patriotismo local (disfruto con una procesión en Cartagena tanto como en Sevilla o La Rioja), es más bien un interés puramente intelectual el que me mueve a ver procesiones. Permítanme que no les aburra contándoles cuál es ese interés intelectual; déjenme tan sólo decirles que me fascina cómo el pueblo puede tomar en sus manos las sutilezas teológicas propias de la religión católica y transformarlas a veces en brutales caricaturas pero también, en muchos casos, en sutiles obras de arte que, si bien no nos explican la doctrina cristiana, sí que nos enseñan aspectos de cómo son los hombres que las dieron a luz. Al final, puestos los evangelios en las manos del pueblo y por más que la jerarquía eclesiástica controle las manifestaciones religiosas, parte de la doctrina del pueblo se cuela entre las escenas de la pasión y nos cuenta un evangelio distinto de los cuatro oficiales y ese es el que me interesa leer en semana santa. Yo sé que usted, a poco que lo piense, reconocerá versículos de ese quinto evangelio según sus vecinos en las procesiones de su pueblo. Yo no voy a tratar de escribir hoy completo el Evangelio según Cartagena pero, esta noche de Miércoles Santo en que he de velar y no tengo nada mejor que hacer, me van a permitir que ponga, negro sobre blanco, alguno de los versículos que, viendo procesiones, me ha ido enseñando mi ciudad.

Los californios, «SPQR», San Pedro y la Institución del Papado.

Y yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra, edificaré mi Iglesia… (Mateo, 16, 18-20)

La institución del papado en Cartagena no es cosa que preocupe demasiado al paisanaje pues, para eso, los «judíos»1 (soldados romanos) la llevan inscrita en el lábaro: «SPQR»2.

Un clásico en la Cartagena de mi infancia era preguntar a los padres qué significaba el críptico anagrama «SPQR» que llevaban los «judíos» como insignia. Usualmente la respuesta de los padres no era instantánea: conscientes de que la historia que iban a contar no la habían leído en ningún libro se aseguraban primero de que nadie estuviese escuchando y llegado el momento propicio te contaban una historia parecida a esta…

El «SPQR» se pone en recuerdo de un pecado de soberbia de San Pedro. Jesús, antes de subir al cielo, le dijo a San Pedro que iba a ser Papa pero a San Pedro no le gustó el asunto porque le parecía poca cosa: los Papas mandan muy poco, no tienen ejército ni soldados y además no pueden casarse ni nada. Pedro, cuando Jesús le dijo que iba a ser Papa, le contestó que él prefería ser rey, porque los reyes mandan más. Jesús se enfadó y le dijo a San Pedro que era un bruto, que ser Papa es mucho más importante que ser rey y en recuerdo del pecado de soberbia de San Pedro en las procesiones sale ese cartel «SPQR» que significa «San Pedro Quiso Reinar»

La historia a usted quizá le parezca delirante y sin embargo es perfectamente natural en Cartagena, pues, en mi ciudad, San Pedro más que un sabio apóstol es un santo californio carpintero de ribera que trabaja en el cuartel de cañones del Arsenal Militar, es hombre rudo y según la tradición más aficionado al vino que a las sutilezas teológicas. Si no creen esto que les cuento el Martes Santo del año que viene harán bien en venir a Cartagena y comprobar cómo anualmente el Almirante de la Flota arresta a San Pedro por su vida desordenada. ¿Surrealista? No: Cartagena. Si piensa que no es verdad esta historia que le cuento de San Pedro queriendo ser rey está en su derecho, pero, le aseguro que, hasta los años 60 y aún más tarde, es así como los padres explicaban a sus hijos el, de otro modo incomprensible, «SPQR». Seguro que en su pueblo, si rasca usted un poquito, SPQR tiene su propia historia.

Los marrajos y Longinos (¿Qué sabía Longinos?) La Lanzada, San Juan 19, 34.

Si algo es desconcertante para los cartageneros son esos paños que portan los capirotes en Semana Santa y en los que van bordadas palabras o frases evangélicas. Últimamente la fea costumbre de bordar las frases en castellano está acabando con la rica variedad de explicaciones que provocaban los textos escritos en latín o griego pero, aún así, la delirante imaginación levantina se abre paso entre la ortodoxia del clero. Les pongo un ejemplo.

La historia que voy a contarles ocurrió cuando los marrajos iban a sacar un nuevo y polémico «trono» (La Lanzada) y sus fundadores andaban atareadísimos cuidando todos los detalles… de entre ellos no era el menor cuáles serían las frases que los «evangelios» (los paños de que les he hablado) llevarían. Estaba la cosa casi concluida cuando cayeron en la cuenta de que con el número de textos redactados no sería posible mantener la simetría y eso, en Cartagena, es un dogma de mayor peso que el de la transustanciación. En esta ciudad, en semana santa, todo ha de ser simétrico, ordenado, obsesivamente reglado y la falta de simetría es un pecado inadmisible así que los promotores del nuevo trono decidieron añadir otro evangelio más con la críptica frase «Longinos lo sabía».

La cosa se gestó en un bar ya desaparecido (el inolvidable “Puerto Rico”) y sospecho que el alcohol inspiró a los creadores de la frase pues la misma, como cualquiera puede comprobar, simplemente no figura en ningún evangelio oficial. La cosa alcanzó tintes surrealistas cuando un miembro de la autoridad eclesiástica pidió a los «evangelistas» que le aclarasen «qué era lo que sabía Longinos». Puede parecerles increíble pero esa frase, aunque no lo crean, tiene una larguísima tradición que se remonta a los primeros siglos de cristianismo. Si no me cree compruébelo: una tradición piadosa quiere que el soldado (Longinos) que atravesó con su lanza el pecho de Cristo tras eso se convirtiera al cristianismo. Si Longinos era bueno no parece sensato que matase a Cristo en el Gólgota y por eso el quid de la cuestión estaba en que cuando Longinos abrió con su lanza el pecho de Cristo «sabía» que ya estaba muerto y por tanto no podía matarle. Como les decía al principio, a veces, el alma popular se sintoniza con la historia y ofrece resultados sutiles y si no fíjense en personajes que no figuran en los evangelios (La Verónica, por ejemplo) y cómo una tradición externa a las escrituras oficiales la ha llevado a formar parte de nuestra semana santa. Otro día les hablaré de la cartagenerísima Samaritana (este año no está el horno para bollos tras lo que ha pasado) y de cómo las investigaciones de mi amigo Juan L.S. han revelado que, la mujer que dio agua a Dios en Siquem, pudo acabar predicando en Pozo Estrecho rodeada de nuestros «galileos» locales. Lo dejo para otro año o quizá para un mejor escritor que yo.

No seguiré, los pasajes que se pueden citar son innumerables; no es que Dios en Cartagena escriba con renglones torcidos es que aquí hasta los marrajos pueden escribir el «titulus crucis» al revés3. Por esta noche está bien, mañana será otro día.


  1. Llamar «judíos» a los soldados romanos es una de esas «confusiones» que resultan no serlo tanto y son más frecuentes de lo que cabría sospechar. Otro día se lo cuento. ↩︎
  2. «Senatus Populusque Romanus» (El Senado y el Pueblo de Roma), también se usaba como PSQR aunque es menos popular (Populus Senatusque Romanus). ↩︎
  3. Si no conocen la historia del estandarte marrajo y el «titulus crucis» investíguenla, es apasionante. ↩︎

La vieja guardia

Ellas han visto cosas que no creeríais… han visto pagar sobornos de forma generalizada a los funcionarios de la administración de justicia para que hiciesen su trabajo… («astillas» las llamaban1); ellos han realizado juicios sin juez2 y han conocido lugares de los cuales tú, joven abogado, quizá no has oído ni hablar: Audiencias Territoriales y Juzgados de Distrito. Ellas han redactado escritos inimaginables: pliegos de posiciones, interrogatorios de repreguntas y réplicas y dúplicas en el seno de procesos (juicios de cognición, mayor y menor cuantía) que, para ti, forman parte de la historia del derecho pero para ellos fueron el campo de batalla donde se ganaron honradamente su vida y la de sus hijos.

Ellas —sí, ellas— tuvieron la generosidad necesaria para trabajar gratis en el turno de oficio pero también el coraje y la dignidad precisas para ponerse en huelga y conseguir que la retribución de los abogados alcanzase unos mínimos niveles de dignidad para aquellos años y aquella justicia gratuita. Tú, joven abogado, aún te calientas con los rescoldos de aquel fuego.

Ellas y ellos, en fin, han demostrado que se puede vivir una vida dedicados a este oficio. Es lo que ellos y ellas han demostrado y es bueno que recuerdes que tú, joven abogado, aún no lo has hecho y está por ver que lo hagas. Así pues: no les des lecciones, aprende —ahora que estás en la edad de hacerlo— y no les digas cómo han de llevar sus despachos, publicitar su trabajo o «modernizarse», porque, a estas alturas, su capacidad de adaptación la tienen demostrada, su elegancia para publicitar su trabajo sin menoscabo de la dignidad de la profesión evidenciada y la capacidad para organizar despachos más que acreditada.

No les desprecies porque te aseguro que cualquiera de ellos o de ellas, llegado el caso, puede atacar su vieja Olivetti con papel carbón, azufre y salitre y demostrarte no sólo que eres polvo, sino que son pólvora y están hechos/as de un material que hace tiempo dejó de fabricarse porque el plástico era más barato.

Por eso, ahora que una abogacía de plástico inunda las redes sociales y el carísimo papel couché de las revistas, me acuerdo de ellos y de ellas, de la vieja guardia, de esos abogados y abogadas que no son «juniors», «seniors» ni «trendy», que ni componen poses ni hablan de lo que ignoran, que no impostan desvergonzadamente saber lo que no saben ni tener experiencia en aquello de lo que nunca han vivido. Porque ellos y ellas son reales, porque son abogados de verdad, porque han vivido de ejercer la abogacía y no del ejercicio de la farsa u otras artes escénicas.

Este post va por vosotros y vosotras, viejos. Y por ti Mercedes. Gracias por todo.


  1. Hasta mediados de los años 80 del siglo pasado el pago de cantidades «extrasalariales» a secretarios (actuales LAJ) y funcionarios de la administración de justicia era una práctica absolutamente generalizada en España. A mí y a mis compañeros, cuando pasamos por la Escuela de Práctica Jurídica, algún profesor –fiscal, por cierto– incluso nos enseñó algunos trucos para «convivir» pacíficamente con aquella repugnante práctica. Afortunadamente para mí, no me vi obligado a ello, cuando llegué a ejercer seriamente tal práctica había sido erradicada casi por completo. Si has llegado leyendo hasta aquí eso significa que todavía eres muy joven, incrédulo lector, felicidades. ↩︎
  2. Los juicios civiles, antes de la Ley de Enjuiciamiento Civil del año 2000, eran íntegramente escritos en primera instancia y los interrogatorios de los testigos se realizaban a tenor de unos escritos previamente preparados (escritos de preguntas y repreguntas) a los que daba lectura un funcionario que indefectiblemente levantaba un acta que comenzaba con la falsedad más repetida de la historia judicial española: «Ante mí, Su Señoría, asistido de mí el Secretario…» ↩︎

Territorio común y Justicia Gratuita

El caso es que esta tarde me había propuesto confeccionar una presentación sobre inteligencia colectiva y activismo pero, al final, me ha salido otra sobre el llamado «territorio común». Esta hecha sobre la marcha y sin corrección de errores pero igual les ayuda a entender un poco mejor todo este tinglado.