La ficción del «Yo»

Estamos de mala suerte: las neurociencias consideran que eso que las personas llamamos «yo» es algo que carece de realidad y que se trata sólamente de un proceso cognitivo de alto nivel que integra una amplia variedad de procesos mentales1. Dicho más claramente, el «yo» no es más que una ficción que nuestro cerebro se inventa porque le resulta muy conveniente, tan conveniente que es imposible vivir mucho tiempo sin esa ficción.

Por mi parte no necesitaba que las ciencias me lo dijesen, hace mucho que yo ya vivía con esta intuición y la daba por cierta, me explico. Si miramos la naturaleza y las criaturas más simples que podamos imaginar —por ejemplo las bacterias—, es obvio que las mismas responden a las leyes darwinianas de la evolución que les impulsan a tratar de reproducirse y preservarse —al menos hasta el momento en que lo logren— con preferencia a sus congéneres, de forma que, aunque carezcan absolutamente de conciencia, estos individuos ya se comportan aparentemente como si supiesen que son unidades diferenciadas de las demás y que tratan de prevalecer en sus fines vitales respecto de las demás. Ciertamente que en estos seres vivos simples las cosas no suceden así de modo consciente, pero es así como las leyes de la evolución les hacen comportarse.

Según avancemos en la escala de la complejidad biológica veremos que el patrón descrito se repite y así, por ejemplo, las plantas, defendiéndose por diversos medios de las agresiones externas y compitiendo reproductivamente con ejemplares de su misma especie, ofrecen comportamientos parecidos y una apariencia similar a la antes descrita; y si seguimos subiendo en la escala, en el caso de los animales superiores, observaremos que sus acciones aparentan estar realizadas por individuos claramente conscientes de su individualidad; por ejemplo, cuando uno de ellos trata de prevalecer sobre los demás en las luchas que le darán derecho a aparearse, parece evidente que este animal sabe perfectamente quién es él y quiénes son los demás y, si aún así, alguno porfiase en que no lo sabe, le diré que ciertamente se comporta como si lo supiera perfectamente.

Distinguir el «Yo» del resto es imprescindible para la vida, sobre todo llegada la hora de comer, momento en el que confundir el «yo» con el «tú» puede dar lugar a que te quedes sin comer y alimentes al vecino y discúlpenme la broma.

Permítanme que les ponga un ejemplo más: si ustedes tuviesen que fabricar un robot harían bien en implementar en él las famosas tres leyes de la robótica de Asimov que son:

  1. Un robot no hará daño a un ser humano ni, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño.
  2. Un robot debe ejecutar las órdenes dadas por los seres humanos, salvo que estas entren en conflicto con la primera ley.
  3. Un robot debe proteger su propia existencia, salvo que esta conducta entre en conflicto con las dos leyes anteriores.

Pues bien, a poco que usted reflexione se dará cuenta de que, para construir su robot e implementar estas leyes, lo primero que necesitará es dotar de identidad a su robot, dotarle de un «yo» que le permita saber a quién están referidas las leyes anteriores.

Para entender por qué la evolución ha dado lugar a la ilusión del yo se puede hacer el experimento mental de una ilusión de no-yo para saber lo que sucede en casos de no-yo o yoes patológicos. En el caso de los seres humanos vivir sin la ficción del «yo» es imposible y —cuando por enfermedad o por alguna otra razón— esta ilusión se pierde, el ser humano se convierte en poco menos que un bebé abandonado, incapaz de cuidarse a sí mismo y perennemente condenado a ser cuidado por otros.

Sin embargo el ser humano, complejo y maravilloso como es, ha logrado en algunos casos desprenderse temporalmente de esta ficción del yo y experimentar durante períodos más o menos largos episodios o estados de no-yo.

Estudios de neuroimagen realizados por D’Aquili y Newberg (1999) con monjes budistas y monjas franciscanas, dieron como resultado que se apreciase durante los estados místicos una desconexión de la actividad neural en las áreas relacionadas con la experiencia del yo.

Muchas prácticas litúrgicas y contemplativas de la mayoría de las tradiciones religiosas, como es el caso del budismo zen pero también de la mística católica, tienen como objetivo reducir el sentido subjetivo del yo pues tal práctica se ha revelado como un buen mecanismo para aproximarse a la felicidad. Estudios realizados confirman que este tipo de prácticas que estimulan el estado psicológico de no-yo mejoran el estado de ánimo y la alegría al tiempo que producen un refuerzo de la disposición al comportamiento altruista y una reducción de la angustia existencial.

Las formas y métodos en que cada una de estas religiones acercan a sus practicantes a estados cercanos al no-yo son de lo más variado desde el jainismo, al budismo, al catolicismo o al propio islam. En todo caso resulta curioso que ese «yo», que algunas religiones parecen confundir con el alma objeto de salvación, sea el estado del que se sale en estos trances místicos.

Religión, ciencia y filosofía parecen acabar encontrándose siempre cuando se habla del yo. Es verdad que carecer de yo o que este no sea más que una ilusión puede resultar muy decepcionante, pero, en el fondo de esa decepción aparente para el alma occidental, nos están esperando personajes como Lao-Tsé cuando decía aquello de que «si no tienes cuerpo ¿qué dolor podrás sentir?», frase que, de haber conocido estos últimos estudios neurológicos, hubiese tenido que modificar por otra del tipo: «Si sabes que en realidad no existes ¿por qué habrías de temer a la muerte?»

En fin, basta por hoy, mi yo me indica que debo volver a mis tareas, y es bueno hacerle caso aunque los neurocientíficos nos digan que se trata de una ilusión.


  1. El cerebro humano funciona mediante procesos jerárquico-funcionales anidados, igual que una organización bien sincronizada, acoplada y sin desajustes (véase Sanfey, et. al. 2006: 109). El yo es una manifestación psicológica de ese orden, carente de una localización física específica: … sabemos que son diversas partes del cerebro las que intervienen en la creación del yo, sin embargo, no hay un emplazamiento material específico del self o del “yo” en el cerebro (…) El cerebro crea la unidad del yo mediante la producción de una jerarquía anidada de significado y propósito, en la que los niveles del yo, y las múltiples partes del cerebro que contribuyen a producir el yo, están anidadas unas en los otros niveles de jerarquía (…) nos experimentamos a nosotros mismos como algo unificado porque nuestros significados y nuestras acciones están unidas dentro de ese yo anidado. (Feinberg 2001: 149). Todos citados por Herranz Guillén, José Luís, en «Estudios de los fundamentos de la cooperación en la naturaleza humana desarrollados por las ciencias sociales». ↩︎
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Hasta San Antón, pascuas son

Hoy es el día nacional del «Ya se han acabao las navidades», a lo que en mi tierra se suele responder con el clásico «hasta San Antón, pascuas son» y es verdad; pues, en Cartagena, la navidad no termina del todo hasta que damos de lado al turrón y los cordiales y nos acogemos al sabor del pulpo elaborado a la manera de Cartagena; es decir, ni hervido ni al horno, sino a la plancha y regado con el aliño secreto de cada maestrillo o maestrilla. El pulpo así preparado es el plato fundamental de las fiestas del barrio de San Antón (primera foto) y hasta esas fiestas llegan las pascuas en esta tierra.

Esto del pulpo a la cartagenera me ha recordado esta mañana que ya no se huele a pulpo en mi ciudad. Hace sólo unos cuantos lustros era imposible pasear por algunas zonas de Cartagena sin que te asaltase el olor a pulpo a la plancha, asalto que, si coincidía con la hora del almuerzo o de la cena, constituía un inapelable toque de fajina.

Uno de esos lugares de aroma inolvidable estaba justo en el centro de la ciudad, frente a Capitanía General, en la calle «Del Paraíso», calle que conducía desde el corazón de la vida ciudadana hasta los burdeles del barrio tolerante (hoy parque arqueológico); no sé quién escogió para esa calle el nombre de «calle del Paraíso» lo que sí tengo para mí es que lo hizo con intencion; pero volvamos al pulpo, que me pierdo. En el local que ven en la segunda fotografía de la serie que les adjunto estaba el bar al que me refiero y que durante muchísimos años perfumó la vida ciudadana con el aroma marinero y honesto del pulpo a la plancha.

El segundo local inolvidable era «El bar Taurino», en la calle «De las Beatas», más barato que el anterior, este era un bar que sólo servía pulpo. El matrimonio que lo regentaba tuvo ocho hijos cuyas fotografías decoraban el local y, para sacarlos adelante, organizaron esa hecatombe de pulpo a la plancha que se llamó «Bar Taurino». Les juro que los pulpos que se preparaban allí estaban cojonudos y que no los he probado mejores, el aliño que preparaba la jefa ha sido imitado por muchos e igualado por nadie y estoy seguro que mi memoria no me juega una mala pasada: creo no haber probado nunca un pulpo a la cartagenera que me supiese tan bien como ese.

¿Es esto de los olores y los sabores a pulpo a la plancha algo valioso y que convenga cuidar?

No les daré mi opinión, lo que sí les digo es que tanto la «Calle del Paraiso» como la calle de «Las Beatas» forman parte hoy de ese infierno en que la pretenciosa ineptitud de nuestros políticos y la avidez de estólidos constructores han convertido barrios enteros del centro de Cartagena. Acabar con imágenes, colores, olores y sabores únicos de esta tierra para substituirlos —en el mejor de los casos— por malas copias de infames originales, parece haber sido su tarea fundamental; siempre precedida, claro es, por la de legarnos una ciudad llena de solares vacíos, pues conservar nunca fue la especialidad de aquellos a los que, lo que de verdad les gusta, es destruir.

Para tomar esta mañana la foto del solar donde antes estaba el «bar Taurino» (tercera de la serie) he tenido que pedir a tres educadas prostitutas marroquíes que se hiciesen a un lado, cosa que han hecho con todo agrado, pero que, siendo las 10 de la mañana, ya les permite a ustedes imaginarse cómo están las cosas en ese barrio.

Y dejémoslo aquí, que me voy de la navidad al pulpo y de este al urbanismo. Vayan ustedes al barrio de San Antón a comer pulpo y preparen los disfraces de carnaval que la cuaresma se acerca y tenemos la Semana Santa encima.

El año del bitcoin

Si este ha sido el año de algo, indudablemente ha sido el año del bitcoin, una criptodivisa ideada para sustituir a nuestro actual dinero. Se habla de burbuja, de que se está usando el bitcoin como instrumento de especulación y no como instrumento de pago que es su función, sin embargo hay algo que parece claro: si algo parece obsoleto en el siglo XXI es la forma en que funciona nuestro dinero fiduciario actual.

Bitcoin nos ha traído el «blockchain», la genial tecnología que lo hace posible, y una filosofía de funcionamiento apasionante. Es evidente que hay oro en las Colinas Negras, lo que no sabemos es si este será el filón bueno. De momento 2017 deja al bitcoin con más de un 1.000% en ganancias ¿quién da más?

Evolución histórica del bitcoin

Clásicos populares

Lo siento pero esta navidad les voy a hablar de música culta, concretamente de una fórmula melodicoarmónica muy popular en los siglos XVI y XVII llamada «Romanesca». Si quieren hacerse una idea rápida de cómo sonaba, más o menos, una romanesca pueden escuchar este tema que el abrumador dominio contemporáneo de la cultura anglo-sajona nos ha hecho oír reiteradamente. La composición es francamente popular y se conoce como «Greensleeves»; escúchenla.

Supongo que la han reconocido pues suena cientos de veces en producciones multimedia inglesas o norteamericanas; si aún así no la reconocen prueben a escucharla mientras contemplan un cuadro prerrafaelita o un paisaje céltico, seguro que después de eso ya no tendrán duda.

Pues bien, esa fórmula melodicoarmónica llamada «romanesca», hizo furor en Europa desde la mitad del siglo XVI en adelante; de forma que, para que la sitúen en su contexto histórico, nada mejor que imaginar a Cristóbal Colón escuchándolas junto a Isabel y Fernando, eran el «hit parade» de esos años.

Aunque fue en Italia donde se hizo inmensamente popular, los estudiosos señalan que fue en España donde se originó la «romanesca» a partir de variaciones sobre una canción popular española titulada «Guárdame las Vacas». Un magnífico ejemplo de romanesca que les convido a escuchar es —precisamente— este estupendo «Guárdame las Vacas» del vihuelista español Alonso Mudarra. Escúchenlo y sigan leyendo pues les adelanto que este post guarda una pequeña sorpresa final. Escuchen.

Pues bien yo, estas navidades, en lugar de escuchar los villancicos que obstinadamente nos hacen escuchar los comercios y las televisiones, me he decidido por escuchar música culta, los clásicos más populares que conozco: los villancicos de mi tierra. Aquí les dejo con un villancico de Cartagena, más concretamente de La Palma, lo cantan los maestros, los auxiliares, el fisioterapeuta y la conserje del Centro Público de Integración preferentemente motórica «CEIP Gloria Fuertes» de El Palmar de Murcia. Si lo escuchan con atención quizá noten que están escuchando música renacentista culta. Que el pueblo cante espontáneamente motetes y madrigales no es algo que sólo ocurra en las surrealistas escenas de «Amanece que no es poco», en mi tierra estas cosas ocurren con bastante naturalidad, al menos, cada navidad.

Sé que algún día estas cosas dejarán de cantarse y que, mientras, Bing Crosby seguirá triunfando con su «I’m dreaming of a white christmas»… pero, mientras eso sucede, yo seguiré prefiriendo la música clásica que cantan mis vecinos.

¡Ea!, felices pascuas y aquí les dejo con los trabajadores del CEIP Gloria Fuertes. Disfruten como ellos.

Zarangollo

No creo que en la vecina ciudad de Murcia hayan tenido nunca problemas con el nominalismo ni les haya preocupado lo más mínimo el filosófico «problema de los universales»… y tengo para mí que la culpa de esto la tuvo el hambre.

Las tierras con río suelen dar mucha importancia a los nombres, «fijarse» si no en Egipto, donde fluye un río que es como el Segura, pero a lo bestia, aunque sin rueda de la Ñora (pobrecicos). Pues bien, allí pensaban que el dios «Ra» había creado el mundo por el sencillo expediente de ir nombrando lo que quería crear; así que el genares iba nombrando cosas y las cosas iban apareciendo hasta que nombró al hombre, lo creó, y se le quitó el tole-tole de crear cosas. Saber el nombre de las cosas permitía crearlas y destruirlas, por eso Ra guardaba en secreto su nombre, hasta que Isis lo engañó y Ra —que debía ser un poco belorcio— se lo dijo.

Yo creo que en Murcia, después de la guerra, pasaron mucha hambre y se acordaron más de una vez de Ra y si no explíquenme ustedes por qué un murciano iba a llamar a la coliflor «pava»… o «perdices» a un tipo de cogollos de lechuga. Yo creo que la culpa tuvo que tenerla el hambre: si no tienes cuartos para comprar conejo y hacerte un buen arroz pues le pones «pava» de esa que crece en el bancal de enfrente y comes «carne». Dicen que en los campos de exterminio los prisioneros soñaban sobre todo con las comidas de su infancia y creo yo que los murcianos se quitaron esos sueños recurriendo al dios Ra, no iban a dejar de comer pava o perdices por un quítame allá esos cuartos.

No sé por qué cuento esto, o sí. Sucede que hoy me estoy zampando un plato de zarangollo que está cojonudo —o eso o que yo voy con hambre— y he descubierto que la Real Academia de la Lengua hace derivar (¡como si en Murcia hablasen mal!) esa palabra de «frangollo», que es, en definición del académico diccionario, «cosa hecha deprisa y mal». Como ven en la Academia hay unos cuantos genares pero ninguno sabe que el zarangollo o se hace despacio y sin arrebatarse o no sale bueno.

El zarangollo, lejos de ser una cosa hecha deprisa y mal es un plato hecho despacio y que —bien hecho— está estupendo, es santo y seña de la gastronomía de la vecina ciudad de Murcia y lo pueden comer fieles de todos los credos: cristianos, musulmanes, judíos y veganos; seguidores estos últimos de una doctrina que les obliga a no catar la carne y que me pregunto yo si no tendrá su origen en Murcia u Orihuela, ciudades de la vega del Segura y de ahí lo de «veganos».

Al final he ido saltando de una cosa a otra, no les he dado la receta del zarangollo legítimo, me he ido a Egipto y al nominalismo y esto se enfría (¿les he dicho frío o tibio el zarangollo también está cojonudo?) así que vamos al tajo: este zarangollo tiene buena pinta y va a morir, todo sea por Ra.