Españoles por el mundo

Las tardecitas de Cartagena tienen ese ¿qué se yo?… y tienen tanto que, hoy, no se me ha aparecido ningún loco de esos a los que cantaba la balada que comienza con la misma frase de este post, sino este señor que ven en la imagen. Cuando iba por la calle Jara se ha venido hacia mí y con un fortísimo acento argentino me ha dicho:

—Buenas tardes, ¿vos sabés cómo se llega al Barrio del Foro?

Se lo he indicado y no sé cómo se las ha arreglado para iniciar una conversación que, sin que yo supiese muy bien cómo, ha ido desde la arquitectura militar de frente abaluartado de mi ciudad (que le atraía muchísimo) hasta sus orígenes cartagineses. El hombre, profesor de historia, citaba fechas y siglos como si fuesen parte de su vida y con la misma solvencia subrayaba la idiotez de Carlos II que hablaba del ímpetu sexual del primer hijo de los Reyes Católicos.

El hombre me ha confesado que era español de pura cepa, bueno, había nacido en Buenos Aires y había vivido toda su vida allí dando clase, pero era hijo de un navarro y una balear emigrados a Argentina y eso imprime —decía él— carácter y por eso, como yo bien podía notar, él era español hasta la médula ósea.

Yo, debo confesarlo, lo que notaba en realidad era su incontenible verbo argentino, con el que me ha rodeado hasta tenerme a su merced. Me ha contado cómo él no supo que era argentino hasta que fue a la escuela primaria y vio una bandera albiceleste desconocida hasta entonces para él, pues, en su casa de Buenos Aires, los mapas eran de Navarra y las banderas de España y su padre no transigía con melindres rioplatenses.

En casi una hora de conversación me ha explicado que:

  1. España es la nación más importante y cojonuda del mundo.

  2. Los ingleses son unos sujetos absolutamente despreciables.

  3. Que Perón, Kirchner y todos los que han gobernado en Argentina han sido, en general, una desgracia para el país.

  4. Que Aznar, Felipe González y todos cuantos han gobernado España no son mejores que los antes citados.

  5. Que los Austrias fueron lerdos y los Borbones más.

  6. Que Fernando VII fue un hijoputa sin parangón y que

  7. San Martín, Bolivar y toda esa gente no fueron mas que unos traidores a España y que sólo gracias a la ayuda de esos ingleses indeseables desgajaron a Hispano-América de este país que, según se puede comprobar en el punto primero, es el mejor y más cojonudo sin discusión posible.

A esas alturas yo ya estaba buscando batirme en retirada, pues mi recién adquirido amigo me estaba contando las causas y consecuencias de la II Guerra del Pacífico y, aprovechando que ha aparecido mi amigo Rafael, he decidido utilizarlo como muleta para escabullirme. La sagacidad argentina no lo ha permitido, sin duda previendo mi ardid el hombre ha sitiado a Rafael con su verbo y este, encandilado y sin atender a que yo llevaba una hora revisando la historia de España, nos ha invitado a café. Ahí ha ardido Troya, pues, desde las primeras glosas emilianenses hasta la actualidad más reciente, este profesor de historia ha sentado cátedra en todas cuantas eras históricas ha recalado su discurso —eso sí, siempre referido al mejor país del mundo que, como ya ha quedado claro, es España—.

Había pasado hora y media cuando le he dejado camino yo de mi despacho y él del Barrio del Foro Romano. Le he visto marcharse con ternura infinita pues, a fin de cuentas, con él se iba el español más español que he conocido hasta el día de hoy.

Como imaginarán tenía que hacerme una foto con él.

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Hasta San Antón, pascuas son

Hoy es el día nacional del «Ya se han acabao las navidades», a lo que en mi tierra se suele responder con el clásico «hasta San Antón, pascuas son» y es verdad; pues, en Cartagena, la navidad no termina del todo hasta que damos de lado al turrón y los cordiales y nos acogemos al sabor del pulpo elaborado a la manera de Cartagena; es decir, ni hervido ni al horno, sino a la plancha y regado con el aliño secreto de cada maestrillo o maestrilla. El pulpo así preparado es el plato fundamental de las fiestas del barrio de San Antón (primera foto) y hasta esas fiestas llegan las pascuas en esta tierra.

Esto del pulpo a la cartagenera me ha recordado esta mañana que ya no se huele a pulpo en mi ciudad. Hace sólo unos cuantos lustros era imposible pasear por algunas zonas de Cartagena sin que te asaltase el olor a pulpo a la plancha, asalto que, si coincidía con la hora del almuerzo o de la cena, constituía un inapelable toque de fajina.

Uno de esos lugares de aroma inolvidable estaba justo en el centro de la ciudad, frente a Capitanía General, en la calle «Del Paraíso», calle que conducía desde el corazón de la vida ciudadana hasta los burdeles del barrio tolerante (hoy parque arqueológico); no sé quién escogió para esa calle el nombre de «calle del Paraíso» lo que sí tengo para mí es que lo hizo con intencion; pero volvamos al pulpo, que me pierdo. En el local que ven en la segunda fotografía de la serie que les adjunto estaba el bar al que me refiero y que durante muchísimos años perfumó la vida ciudadana con el aroma marinero y honesto del pulpo a la plancha.

El segundo local inolvidable era «El bar Taurino», en la calle «De las Beatas», más barato que el anterior, este era un bar que sólo servía pulpo. El matrimonio que lo regentaba tuvo ocho hijos cuyas fotografías decoraban el local y, para sacarlos adelante, organizaron esa hecatombe de pulpo a la plancha que se llamó «Bar Taurino». Les juro que los pulpos que se preparaban allí estaban cojonudos y que no los he probado mejores, el aliño que preparaba la jefa ha sido imitado por muchos e igualado por nadie y estoy seguro que mi memoria no me juega una mala pasada: creo no haber probado nunca un pulpo a la cartagenera que me supiese tan bien como ese.

¿Es esto de los olores y los sabores a pulpo a la plancha algo valioso y que convenga cuidar?

No les daré mi opinión, lo que sí les digo es que tanto la «Calle del Paraiso» como la calle de «Las Beatas» forman parte hoy de ese infierno en que la pretenciosa ineptitud de nuestros políticos y la avidez de estólidos constructores han convertido barrios enteros del centro de Cartagena. Acabar con imágenes, colores, olores y sabores únicos de esta tierra para substituirlos —en el mejor de los casos— por malas copias de infames originales, parece haber sido su tarea fundamental; siempre precedida, claro es, por la de legarnos una ciudad llena de solares vacíos, pues conservar nunca fue la especialidad de aquellos a los que, lo que de verdad les gusta, es destruir.

Para tomar esta mañana la foto del solar donde antes estaba el «bar Taurino» (tercera de la serie) he tenido que pedir a tres educadas prostitutas marroquíes que se hiciesen a un lado, cosa que han hecho con todo agrado, pero que, siendo las 10 de la mañana, ya les permite a ustedes imaginarse cómo están las cosas en ese barrio.

Y dejémoslo aquí, que me voy de la navidad al pulpo y de este al urbanismo. Vayan ustedes al barrio de San Antón a comer pulpo y preparen los disfraces de carnaval que la cuaresma se acerca y tenemos la Semana Santa encima.

Clásicos populares

Lo siento pero esta navidad les voy a hablar de música culta, concretamente de una fórmula melodicoarmónica muy popular en los siglos XVI y XVII llamada «Romanesca». Si quieren hacerse una idea rápida de cómo sonaba, más o menos, una romanesca pueden escuchar este tema que el abrumador dominio contemporáneo de la cultura anglo-sajona nos ha hecho oír reiteradamente. La composición es francamente popular y se conoce como «Greensleeves»; escúchenla.

Supongo que la han reconocido pues suena cientos de veces en producciones multimedia inglesas o norteamericanas; si aún así no la reconocen prueben a escucharla mientras contemplan un cuadro prerrafaelita o un paisaje céltico, seguro que después de eso ya no tendrán duda.

Pues bien, esa fórmula melodicoarmónica llamada «romanesca», hizo furor en Europa desde la mitad del siglo XVI en adelante; de forma que, para que la sitúen en su contexto histórico, nada mejor que imaginar a Cristóbal Colón escuchándolas junto a Isabel y Fernando, eran el «hit parade» de esos años.

Aunque fue en Italia donde se hizo inmensamente popular, los estudiosos señalan que fue en España donde se originó la «romanesca» a partir de variaciones sobre una canción popular española titulada «Guárdame las Vacas». Un magnífico ejemplo de romanesca que les convido a escuchar es —precisamente— este estupendo «Guárdame las Vacas» del vihuelista español Alonso Mudarra. Escúchenlo y sigan leyendo pues les adelanto que este post guarda una pequeña sorpresa final. Escuchen.

Pues bien yo, estas navidades, en lugar de escuchar los villancicos que obstinadamente nos hacen escuchar los comercios y las televisiones, me he decidido por escuchar música culta, los clásicos más populares que conozco: los villancicos de mi tierra. Aquí les dejo con un villancico de Cartagena, más concretamente de La Palma, lo cantan los maestros, los auxiliares, el fisioterapeuta y la conserje del Centro Público de Integración preferentemente motórica «CEIP Gloria Fuertes» de El Palmar de Murcia. Si lo escuchan con atención quizá noten que están escuchando música renacentista culta. Que el pueblo cante espontáneamente motetes y madrigales no es algo que sólo ocurra en las surrealistas escenas de «Amanece que no es poco», en mi tierra estas cosas ocurren con bastante naturalidad, al menos, cada navidad.

Sé que algún día estas cosas dejarán de cantarse y que, mientras, Bing Crosby seguirá triunfando con su «I’m dreaming of a white christmas»… pero, mientras eso sucede, yo seguiré prefiriendo la música clásica que cantan mis vecinos.

¡Ea!, felices pascuas y aquí les dejo con los trabajadores del CEIP Gloria Fuertes. Disfruten como ellos.

Graduados sociales de Cartagena

Ellos querrían ser colegio pero una legislación ridícula y una visión provinciofrénica y roñosa del Colegio de Graduados Sociales de Murcia lo impiden. Hoy han organizado su comida de navidad y me han invitado. Son la Agrupación de Graduados Sociales de Cartagena.

El local estaba lleno y allí estaban casi todos los graduados sociales que conozco, faltaban unos pocos pero, si no habían ido, es porque no habían podido, no porque les faltasen ganas.

A los postres han venido los discursos de rigor, los premios de rigor a quienes llevan muchos años ejerciendo y el reparto de la revista de la asociación, la cual he leído y presenta contenidos de más interés que la de este mes de Abogacía Española.

Al verles a todos juntos y felices, con las ideas clarísimas en relación a lo que son y lo que quieren ser, no he podido evitar pensar en las elecciones de ayer del Colegio de Abogados de Madrid donde tan solo un 7% de los abogados votó o de las caras fiestas y saraos de nuestras asociaciones nacionales Mutualidad y CGAE; y he pensado que no, que a estos graduados sociales no les hace falta ser colegio para hacer lo que hace un colegio y aún más.

Espero que tengan suerte y rompan la mentalidad provinciana contra la que luchan, pero sobre todo espero que no pierdan esa convicción que ahora tienen de que lo verdaderamente importante y valioso de estas agrupaciones profesionales son las personas que las componen. Ellos saben lo que otros han olvidado, triunfarán seguro.

La bodega Lloret

Me habían dicho que la taberna «Lloret» de La Unión estaba en venta y me he alarmado mucho pensando que su final estaba próximo.

Uno sabe que estas cosas, como la muerte, son inevitables, pero —como decían los periodistas de cuando Franco— son también temidas («no por esperada menos temida» era la muletilla que acompañaba inevitablemente la noticia de la muerte de Franco en la prensa del régimen).

Pues bien, al igual que la muerte de Franco, el cierre de la «Bodega Lloret» es un suceso tan esperado como temido. Esperado por que quien la regenta ya va teniendo una edad, temido porque toda la población de la comarca sabe que, si cierra la bodega Lloret, se acabará un mito; lo mismo que sabe que si la bodega Lloret cambia de dueños ya no será la bodega Lloret.

Los sitios auténticos no son como esas franquicias de plástico, todas iguales las unas a las otras, indiferenciables entre sí y perfectamente fungibles. Los sitios auténticos no tienen sucursales y, como los seres humanos, son todos distintos unos de otros. Starbucks o Burguer King son todos iguales, están hechos en serie (al fin y al cabo son meros productos) y usted podría instalar una tienda de esa especie sin problema alguno; lo que jamás va a poder hacer usted es pintar el original de «Las Meninas» o reabrir la bodega Lloret, porque esta es a las tabernas lo que Las Meninas son a la pintura y, aunque estas son arte mayor y el de la bodega es arte menor, como todo arte pequeño es artesano y está vinculado a la personalidad de su autor. Las personas dan personalidad a los negocios, eso escapa al ámbito económico de las franquicias.

En la foto tienen al regidor del negocio de que les hablo, ante ustedes el más centelleante extremo del Levante F.C. de la historia (si le pilla de buenas le contará incluso cómo en un sólo partido le encajó dos chicharros al Real Murcia con notable satisfacción) un genio creador de un nuevo estilo en el mundo de la restauración, los negocios y el derecho. Me explico.

La taberna Lloret trabaja mucho el género de la cerveza y, en lo tocante a los botellines, este genio de la hostelería instauró con anterioridad al resto de los comercios el sistema del self service, pues los parroquianos de este local entran con toda naturalidad tras la barra, abren el arcón frigorífico y se proveen ellos mismos de los botellines que desean consumir. Esta operación se producirá tantas cuantas veces sea menester y tras esto, cuando los clientes deciden abandonar el establecimiento, el centelleante extremo del Levante F.C. simplemente les pregunta cuantas cervezas han consumido. Los clientes responden a la pregunta del encargado con la cifra que mejor les pete, procediendo este, acto seguido y en justa reciprocidad, a cobrarles lo que se le antoja. A este aleatorio procedimiento de cobro le han dedicado muchas horas de estudio eminentes personalidades del mundo jurídico, no encontrando al mismo más explicación que el hecho de que la equivalencia de las prestaciones y la sinalagmaticidad propia de los contratos se ven afectadas en La Unión por las extrañas condiciones geológico-mineras del llamado «Espacio Jurídico Unionense».

Si aleatorio resulta el precio de la cerveza mucho más impredecible resulta el precio de la consumición si a las cervezas se añaden —como es de rigor— unas tapas de michirones o de patatas con ajo. Esta variabilidad irá en aumento en función del número y diversidad de artículos que usted solicite al encargado; si pide usted otras viandas distintas de las anteriores, la volatilidad de los precios de la taberna es solo comparable a la de la convertibilidad del bitcoin, fenómeno este que puede usted aprovechar para hartarse por cuatro duros o, en el peor de los casos, sufrir un estoconazo hasta las cintas en el hoyo de las agujas.

El bar no solo lo habitan personas sino que, en admirable demostración de ecologismo militante, bandadas de caverneras recorren el local pues en uno de sus extremos hay troncos y ramas para que se posen, comederos de alpiste con sus cañamones para alimentarlas y bebederos que supongo no sean de agua sino de vino minero porque —aunque nunca las he oído cantar— doy por hecho que las caverneras de la bodega Lloret, cuando se arranquen a cantar, se templarán por tarantas.

De la parroquia ya les hablo otro día, situada la bodega como está en pleno centro de La Unión por allí pasa todo el mundo, de forma que no hay mejor lugar (quizá solo la barbería colindante) para difundir una noticia a la que deba darse público y general conocimiento. Olvídese usted de Internet, de las redes sociales y hasta de la columna de necrológicas del «ABC»: en La Unión nadie está del todo muerto hasta que su esquela no orna las paredes de la Bodega Lloret, ustedes ya me entienden.

Esta mañana me he dejado caer por allí aprovechando que he ido al Juzgado de Paz de La Unión y he verificado que el negocio sigue en funcionamiento y que el centelleante extremo del Levante F.C. sigue en plenitud de facultades.

No me hago ilusiones, cualquiera de estos días se nos jubila el extremo y nos quedamos sin bodega Lloret. Si ustedes no han ido están tardando, este es un local irrepetible (como «Los Lebrillos» en Murcia o «Paco el Macho» —el de antes, no el de ahora— en Cartagena) y si no se acerca usted ahora que puede ya no lo hará nunca.

La Bodega Lloret es arte efímero, como todo el arte inmortal. Están ustedes tardando.

El cañón ruso

Esta mañana, por la cosa del ejercicio, me he acercado caminando hasta la batería de cañones que (dispuestos «en barbeta» diría un artillero) protegían la entrada del Arsenal de Cartagena.

La semana pasada di una conferencia que hablaba sobre la corrupción en el siglo XIX y hoy, casi sin pensarlo, me he reencontrado con uno de sus protagonistas pues, entre los cañones de la batería, puede usted localizar sin dificultad este que les muestro en las fotos, decorado con un águila bicéfala.

Este águila nos indica el origen ruso del cañón (los zares se creían herederos de Bizancio) y nos lo señala como uno de los que vinieron a bordo de la flota de barcos rusos que Fernando VII compró a su amigo el Zar. Con una España sin flota para defender sus colonias en América del Sur, Fernando VII y sus amigotes (una camarilla compuesta de peluqueros, bailarines, rufianes y curas negros) se dedicaron a repartirse comisiones con motivo de esta compra. El producto de sus rapiñas llegó a alcanzar nada menos que a una mujer llamada «Pepa La Malagueña» magnífica amiga del rey, meretriz, y regente del prostíbulo de referencia del soberano. Tan aficionado a los servicios de La Pepa era el monarca que, en una de las múltiples conspiraciones que se urdieron para asesinarlo (la «conspiración del Triángulo»), se decidió hacerlo en el lupanar de «La Pepa» pues era seguro que el Rey no fallaría en su visita al burdel.

Para evitar que se descubriesen sus chanchullos toda la compra de los barcos se mantuvo oculta a los marinos profesionales y por eso —como era de esperar— los barcos que compró el rey resultaron absolutamente inútiles: al llegar a Cádiz la escuadra se comprobó que todos los barcos tenían los cascos podridos. El rey, justamente enfadado, procedió inmediatamente a destituir y/o desterrar a los honestos marinos que le informaron de tal hecho y a continuar repartiéndose dineros y comisiones con los rufianes que le acompañaban.

Hoy, al volver a ver ese cañón, he pensado que España no merece los gobernantes que tiene y ha tenido y que ya son muchos siglos de sobres y tres por cientos como para que no hagamos algo para remediarlo y salir de este ominoso «déjà vu».

PD. Bonus para el lector: en la foto también se ve un submarino amarrado a muelle, silueta que da indudable sabor cartagenero al típico paisaje. Si lo encuentra invito a un cafelico.

Puertas secretas

En mi ciudad las «puertas secretas» no son escasas y algunas —como esta— están situadas en calles de bastante tránsito y no son difíciles de encontrar si se mira con cuidado.

Esta que ven, en concreto, ahora está mucho más visible que hace unos años (unos 40) época en la que mis amigos y yo jugábamos a encontrarla. ¿Para qué podría servir esta puerta secreta?

Situada en uno de los «ónfalos» de mi ciudad no es difícil imaginar la utilidad que la misma podría tener. El edificio en que se encuentra fue la sede del alto mando cantonal durante la sublevación de 1873-1874. Durante la Guerra Civil este mismo edificio fue el cuartel general de la insurrección nacionalista sucedida en marzo de 1939 y que finalizó con el hundimiento del buque de la marina de Franco llamado «Castillo de Olite», suceso que constituyó el naufragio con más víctimas de la historia de España (unos 1.500 soldados y marineros muertos).

Yo prefiero no pensar en esas cosas y especulo con que, este viejo muro del Parque de Artillería, está enfrentado a las primeras cuestas de la colina donde se ubicaba el viejo barrio tolerante de mi ciudad («El Molinete») y trato de imaginarme al general de turno saliendo subrepticiamente, una noche cualquiera, camino de uno de los muchos y muy famosos lupanares que atestaban la colina que les digo.

Estas cosas no salen en las guías de mi ciudad, pero son las que a mí me gustan.