¿Judas o Ludwig?

Por favor, respóndame: ¿Comenzar a leer este post ha sido decisión suya? ¿O quizá estaba ya escrito en alguna parte que usted hoy y a esta hora leería este post? Se lo preguntaré de otro modo: este encuentro de hoy entre usted y yo ¿es casual o es una cita?

Si lo piensa, para que usted esté leyendo hoy este post, necesariamente ha tenido que producirse antes una conspiración universal: desde su nacimiento y el mío (y el de todos nuestros antepasados hasta llegar a la primera célula viva) hasta que a mí me diese por escribir el post y a usted por leerlo. Pensarlo da un poco de vértigo porque, si bien se examina, desde el big-bang hasta aquí, todos los hechos de la historia del universo se han ido sucediendo con precisión infinita para que yo haya podido escribir hoy este post y para que, usted —hoy y a esta hora— pueda leerlo. Créame, si alterásemos un sólo nanosegundo de la historia del universo yo no habría escrito este post y usted, en este momento, no me estaría leyendo.

Esto que le acabo de contar no se me ha ocurrido a mí solo, naturalmente, sino que lo han pensado millones de personas antes que yo y es el pensamiento que se encuentra tras las teorías conspirativas, fatalistas, deterministas o calvinistas y es también el pensamiento que bulle detrás de eso que —vulgarmente— llamamos «predestinación».

Si un personaje encarna a la perfección el drama de la «predestinación» este no es otro que el de Judas, el apóstol que traicionó a Jesús. Si Jesús era Dios y por tanto conocía el futuro sabía sin duda que Judas le entregaría y conforme al Evangelio, en efecto, lo sabía:

Llegada la tarde, Jesús se puso a la mesa con los Doce. Y mientras comían, les dijo: «En verdad les digo: uno de ustedes me va a traicionar.» Se sintieron profundamente afligidos, y uno a uno comenzaron a preguntarle: «¿Seré yo, Señor?» El contestó: «El que me va a entregar es uno de los que mojan su pan conmigo en el plato. El Hijo del Hombre se va, como dicen las Escrituras, pero ¡pobre de aquel que entrega al Hijo del Hombre! ¡Sería mejor para él no haber nacido!» Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó también: « ¿Seré yo acaso, Maestro?» Jesús respondió: «Tú lo has dicho.» (Mateo 26).

Esta lectura deja en el aire muchas preguntas: si Jesús sabía que Judas le traicionaría ¿por qué le dejó hacerlo y así condenarse? y… si no le hubiese dejado ¿se habría estropeado todo el plan previamente trazado de pasión, muerte y resurrección?. Por otro lado ¿podía Judas hacer otra cosa que entregar a Jesús? ¿Podía el libre albedrío de Judas ir en contra del siniestro destino que ya estaba escrito para él?

Con fundamento en esta paradoja, sobre el siglo II o III, se escribió el llamado «Evangelio de Judas», un corto texto de naturaleza gnóstica que nos presenta a Judas como el discípulo predilecto de Cristo y el único que sabía realmente —junto con Jesús— qué es lo que iba a pasar la noche de la última cena. Desde este punto de vista Judas era la clave de los planes divinos y, por tanto, no era conforme a este «evangelio» un réprobo sino el primero de los justos.

Más adelante volveremos con Judas, por el momento dejaremos a un lado evangelios e historias sagradas y volveremos al campo de lo científico, porque el determinismo, el fatalismo o la predestinación no son cuestiones ajenas a la ciencia sino que, por el contrario, han sido la propia ciencia y los científicos quienes, a veces sin demasiada conciencia de ello, han contribuido a establecerlos firmemente entre nuestros hábitos de pensamiento y esto nunca fue tan evidente como en los años que siguieron a los descubrimientos de Sir Isaac Newton.

Hasta principios del siglo XX explicar el estado del universo era para los científicos tan sencillo como aplicar las leyes de Newton. Se podía decir dónde había estado cada cuerpo celeste en un momento determinado de la historia y dónde estaría en el futuro; conforme a las leyes de Newton no parecían existir procesos irreversibles bastaba con pasar de t a -t para pasar del futuro al pasado del universo con toda sencillez. La sensación de que el azar no cabía en este universo y de que había un plan predeterminado de antemano para el funcionamiento del cosmos se afianzaron. Se llegó a un curioso convencimiento: si la ciencia no es capaz de predecir el futuro es porque no dispone de todos los datos necesarios porque, cuando dispone de ellos, el futuro no es más que una consecuencia de las condiciones presentes. Por más que los seres humanos perciban el tiempo como una realidad muy cierta y el azar como algo evidente, el universo de Newton no se comporta de forma caprichosa y el azar no es más que una apariencia que nace de nuestra ignorancia; en suma: Dios no juega a los dados. Judas kaputt. Fin del post y pregunta respondida: si usted ha leído hasta aquí es porque así estaba escrito, si lo deja ahora es porque así está escrito y si continúa leyendo es porque está predestinado a ello. Yo le animo a seguir leyendo aunque sólo sea por darle un corte de mangas al destino y porque usted y yo sabemos que el tiempo y el azar existen aunque no sepamos explicarlo. Y le animo a seguir también porque quisiera hablarle de Ludwig.

Ludwig, como Judas, fue un hombre sin suerte: en un tiempo en que los átomos no eran más que una interesante analogía para muchos científicos, él se empeñó en trabajar con ellos defendiendo su existencia real. Ludwig dedicó años a estudiar el orden del cosmos pero, para su desgracia, todo cuanto veía en nuestro mundo contradecía sus predicciones. Los estudios de Ludwig dejaban sentado sin ningún lugar a dudas que el orden en el cosmos no sólo no debía aumentar sino que debía disminuir hasta llegar al caos total. Y sin embargo… sin embargo Ludwig miraba a su alrededor y sólo veía orden y armonía, un orden y una armonía crecientes con las flores engendrando flores y la vida engendrando vida. Cuando los ojos afirman lo que la razón niega ni las personalidades más fuertes lo llevan bien y Ludwig, para su desgracia, no tenía madera de héroe.

Tampoco llevó bien Ludwig las críticas de los científicos de su época y aunque genios como Maxwell le apoyaron encontró opositores crueles como Ernst Mach que no le alegraron la vida en absoluto.

Fuese como fuese el caso es que, pasados los años, todos reconocieron la corrección de las teorías de Ludwig y estas teorías cambiaron el mundo y quién sabe si hasta el destino de usted y de mí pues, a partir de ahora, le garantizo que si usted deja de leer este post ya no será porque el destino le obligue a ello sino porque a usted le da la gana y si lo sigue leyendo tampoco será porque esté predestinado sino simplemente porque a usted le sale de las narices. Compruébelo.

Desde la obra de Ludwig los seres humanos saben que hay dos magnitudes que jamás decrecen en el universo, la primera es el tiempo (esa magnitud que todos sabemos qué es pero no somos capaces de explicar) y otra la entropía (una magnitud que sabemos explicar pero que en el fondo no sabemos muy bien qué es). Desde Ludwig Boltzmann los procesos irreversibles fueron ganando espacio en la escena científica, la flecha del tiempo apareció dibujada en la entropía y, de pronto, al universo determinista de Newton se le abrió una vía de agua. Más adelante la mecánica cuántica nos habló de sucesos intrínsecamente aleatorios en la naturaleza e incluso de la imposibilidad de predecir el futuro aunque tuviésemos toda la información disponible sobre el estado del sistema o del universo entero.

Quizá Judas, antes de ahorcarse, aún pudo pensar que él no era el verdadero culpable de lo sucedido y que el responsable de todo aquel drama era el espíritu que lo planeó todo y que, sabiendo que él tendría que traicionar, no le impidió hacerlo permitiendo que él se perdiera para toda la eternidad. 

La familia del pobre Ludwig, sin embargo, nunca tuvo por entero el consuelo de que aquel horror que vivieron fuese obra del destino; más bien fue un complejo conjunto de circunstancias, al final de las cuales el libre albedrío dejaba sentir su sombra ominosa, las que determinaron que aquel 5 de septiembre de 1906, Elsa, la hija de Ludwig, le encontrase ahorcado colgando de una cuerda al entrar en su cuarto. 

¿Y LexNet qué tal?

Ha pasado un año entero desde que el gobierno obligase a utilizar en los juzgados españoles un sistema de comunicaciones electrónicas denominado LexNet. El sistema, controlado por el Poder Ejecutivo y no por el Poder Judicial, levantó inmediatamente críticas por este fallo fundamental de diseño que compromete la independencia judicial en España.

Pero LexNet no sólo fue criticado por su errónea concepción de base, también fue criticado porque se afirmaba que era un sistema viejo que no suponía una verdadera modernización de la administración de justicia.

Pues bien, ha pasado un año y las estadísticas ya permiten efectuar comparaciones para tratar de comprobar si el sistema ha contribuido de algún modo a acelerar o mejorar el funcionamiento de nuestra administración de justicia. Vamos a tratar de hacerlo.

Casos resueltos (por trimestres) en los años 2015/2016. Fuente: Consejo General de Poder Judicial.
Casos resueltos (por trimestres) en los años 2015/2016. Fuente: Consejo General de Poder Judicial.

La imagen que ven muestra el número de asuntos resueltos en 2015 y 2016 por los juzgados españoles. Aparentemente LexNet habría tenido el efecto de una explosión nuclear pues el número de asuntos resueltos en 2016 es muy inferior al resuelto en 2015… pero no se dejen llevar por el primer impulso, démosle una oportunidad a LexNet. Si observan los gráficos con detenimiento la verdadera causa de la aparente «pérdida de productividad» de los juzgados españoles en 2016 es que el número de procedimientos en la jurisdicción penal ha descendido de forma dramática (se han suprimido, por ejemplo, los juicios de faltas de tráfico ¿recuerdan?) y es, por lo mismo, que la jurisdicción penal es la que muestra una mayor tendencia a la «pérdida de productividad» que las cifras indican en bruto. Mucho más indicativas son las cifras del resto de las jurisdicciones (civil, social, contencioso…)

Y para ser más justos aún no deberíamos tampoco comparar los años 2015 y 2016 en conjunto pues, en los primeros trimestres, ya sabemos que la implantación de LexNet llevó aparejados problemas notables. Probablemente lo más ajustado sería comparar el cuarto trimestre de 2015 (sin LexNet) con el último de 2016 (con LexNet) excluyendo la jurisdicción penal.

Pues bien, si lo hacemos, no sólo no parece que LexNet haya resuelto nada sino que incluso el número de asuntos resueltos ha descendido, lo que quiere decir que los juzgados españoles «producen» menos sentencias con LexNet que sin LexNet.

Pueden buscarse explicaciones para este «descenso de productividad» de los juzgados españoles que traten de exculpar a LexNet… podemos tratar de imaginar explicaciones, sí, pero lo que parece indiscutible es que LexNet, a pesar del tremendo esfuerzo que ha exigido a profesionales y funcionarios y del coste económico para los administrados, no ha conseguido —ni de lejos— aumentar la productividad de los juzgados españoles.

Por si desean consultar los datos originales del Consejo General del Poder Judicial en estos links les dejo los correspondientes a los años 2015 y 2016.

 

El año de la mentira

Posverdad (Post-truth) ha sido elegida palabra del año 2016 por el Diccionario Oxford, publicación que, en los últimos años, se ha convertido en un clásico navideño como la lotería y los gorritos de Santa Claus. En años anteriores alcanzaron el galardón de la Oxford University Press el sustantivo selfie (2013), el verbo vapear (2014) y el emoji de la risa con lagrimones que sin duda ha usado usted en whatsapp 😂 (2015).

A mí lo de Post-truth me suena a eufemismo y no a palabra cabal. “Post-verdad” suena a “pre-mentira” cuando no, decididamente, a embuste, falsedad, trola o patraña; sin embargo, comoquiera que llamar a las cosas por su nombre es algo para lo que parecemos estar incapacitados los ciudadanos del siglo XXI, hemos optado por llamar post-verdad a la mentira del mismo modo que hemos llamado “crecimiento negativo” a la recesión (amárrenme esa mosca) o incluso “pan” a esa forma de repugnante bollería industrial que venden en sedicentes panaderías. La Post-verdad y el post-ureo se imponen: si no me creen miren su facebook.

Dicho en claro, esto de la post-verdad no es más que una forma altamente sofisticada del engaño usado con fines políticos. La receta de este potaje la forman, de un lado, el desarrollo de la comunicación política profesional informada por la ciencia cognitiva, que tiene como objetivo manejar las percepciones y creencias de las poblaciones. De otro, unos medios de comunicación tradicionales en crisis, en los que la verdad es objeto de deliberada distorsión por razones sobradamente conocidas. De otro más, la feroz economía de la atención y la ingente cantidad de contenido generado por usuarios y, finalmente, de otro lado más aún, un ingrediente que me provoca creciente interés: el peculiar funcionamiento de los algoritmos que determinan lo que usted va ver en las redes sociales o los resultados que va a obtener en los motores de búsqueda.

Para el sociólogo Félix Ortega (cito directamente de wikipedia):

La manipulación de la información hace que el público no pueda conocer qué es verdad y qué falsedad. Esto se debería a la transformación de la comunicación política en propaganda, la pérdida de principios éticos por el periodismo actual y su sometimiento a intereses totalmente particulares así como la puesta en escena de los políticos hacia el espectáculo, la manipulación y la fragmentación de la ciudadanía.

Hasta aquí no creo haber contado nada que ustedes no sepan, pero hay un aspecto, el ya citado peculiar funcionamiento de los algoritmos que determinan lo que aparece en las redes sociales o en los resultados de los motores de búsqueda, cuyos efectos no debieran pasarnos desapercibidos.

Vivimos y nos comunicamos en unas redes sociales formadas por grupos de personas con quienes compartimos en mayor o menor medida determinados puntos de vista. Es verdad que la uniformidad de pensamiento de los integrantes de estos grupos no tiene por qué ser, a priori, muy marcada; sin embargo, el funcionamiento de las redes sociales y de los motores de búsqueda en la red acaban convirtiendo en muchos casos esos grupos en auténticas “cámaras de eco”, descripción metafórica de una situación donde la información, ideas o creencias son amplificadas por transmisión y repetición en un sistema “cerrado”, donde las visiones diferentes o competidoras se censuran, se prohíben o se representan minoritariamente. Piense en sus grupos de whatsapp y quizá encuentre algunos magníficos ejemplos de lo que es una “cámara de eco” en relación con alguna de las ideologías o partidos de actualidad.

El fenómeno de las “cámaras de eco” no es exclusivo del mundo de las redes sociales; corporaciones tradicionales hay cuyos componentes son mayoritariamente ajenos al mundo de las nuevas tecnologías y donde la censura de las visiones críticas hace degenerar los principios de funcionamiento hasta convertirlos en puro onanismo corporativo. Por no mirar en España piensen simplemente en el parlamento de Corea del Norte.

Las “cámaras de eco” que las nuevas tecnologías generan en forma de grupos cerrados, ven incrementados sus efectos por el peculiar funcionamiento de los algoritmos de búsqueda.

El algoritmo de búsqueda de Google, por ejemplo, “sabe” con toda precisión cuales son sus gustos y, cuando usted realiza una búsqueda sobre algún tema, los resultados que se le ofrecen vienen sesgados de antemano por sus propios gustos personales anteriores. A este fenómeno se le llama “burbuja de filtro”.

Este fenómeno de las “cámaras de eco” y las “burbujas de filtro” se retroalimentan con las situaciones políticas polarizadas y así un estudio realizado en 2016 en adultos estadounidenses por el Pew Research Center de Washington D.C. descubrió que “aquellos con las ideas más consistentes en la izquierda y en la derecha tienen flujos de información que son distintos de aquellos individuos con puntos de vista políticos más mixtos – y muy distintos entre sí.”

Examinando todo esto uno puede llegar a entender que el post-ureo sea la forma habitual de hacer política en esta era de la post-truth; total, si no se puede llegar a saber nada debido a la batalla informacional, mejor dejarse llevar y componer las posituras que en cada momento parezcan más convenientes: lejos de nosotros la funesta manía de pensar, que dicen que dijo a Fernando VII el rector de la Universidad de Cervera.

Este ha sido un año en el que alguien engañó a alguien a la hora de dar por perdedores a Donald Trump y al Brexit. Este ha sido un año donde la mentira, la desinformación, el eufemismo y el trile lexicográfico han seguido creciendo a costa de la verdad monda. Este año, en fin, Oxford nos lo dice, ha sido el año de la *post-truth”, el año de la posverdad; es decir: el año de la mentira.

Cámara anecóica
Cámara de eco

Técnicas artísticas olvidadas

Los años 30 del siglo XX vieron nacer unas técnicas de exposición y revelado fotográfico tan sofisticadas que incluso determinaron un canon de belleza fotográfica, particularmente en lo que se refiere a la fotografía en blanco y negro.

Ansel Adams, uno de los padres de esta técnica, es sin duda una de las personalidades más reputadas en la historia de la fotografía y el arte de los Estados Unidos y junto con otros grandes fotógrafos del momento crearon el llamado “Grupo f64”, un nombre que es toda una declaración de principios, pues hace referencia a la mínima abertura posible de diafragma de un objetivo fotográfico, lo que otorga el grado máximo de definición y nitidez a las fotografías. Partidarios de la fotografía directa, es decir, no manipulada, sus fotografías más importantes se caracterizan por su gran profundidad de campo, su realismo, la composición, y el control de las zonas.

El “sistema de zonas” cautivó mi atención en la década de los ’90 del siglo pasado y, por algunos años, hizo de mí un furibundo aficionado a la fotografía en blanco y negro pues este tipo de fotografía, más que la fitografía en color, permite trabajar hasta el límite los recursos que ofrece el sistema de zonas.

De aquella época conservo la fascinación por la obra de fotógrafos como Ansel Adams o Edward Weston, artista éste último de quien no les hablaré, sólo mencionaré que, cuando voy al mercado y veo los pimientos en los puestos, me acuerdo de Edward Weston y de su genio fotográfico. Si buscan en google sabrán por qué, de momento es evidente que Weston sabía lo que hacía y yo no, véase la foto que encabeza este post.

El control social y los “media” 

Revolviendo papeles por el despacho me he encontrado con estas notas que tomé creo que en 2008 y que no son más que la copia y traducción de un famoso papel que escribió en su día Doug Ruskhoff.

Recuerdo que me pareció una forma interesante de explicar el control social en función del dominio de las tecnologías de la información a lo largo de la historia.

Según este algoritmo el dominio de los media por quienes ejercen el control de las masas va siempre una era por delante del que las masas tienen sobre los mismos.

Así, cuando la élite dominante dominaba (valga la redundancia) la lectura, la masa sólo podía escuchar, es la era de los sacerdotes que controlaban a las masas leyendo los textos sagrados a que esta masa no sabía sino escuchar.

Cuando las élites dominaron la escritura y otras tecnologías escénicas la masa controlada apenas si podía leer, mirar o escuchar (literatura, cine, radio). El uso que hicieron estados totalitarios (nazismo, estalinismo) del cine, la radio y otros medios de comunicación es el cénit de un control que comenzó en lo que Ruskhoff considera ser la era de los reyes.

En nuestros días nos encontramos en lo que Ruskhoff llama la era de los gobiernos, las masas saben escribir pero lo hacen en interfaces programadas por otros. Nuestra capacidad -y nuestra libertad- de expresión está condicionada por las interfaces que usamos. De hecho usted sólamente podrá escribir en determinadas redes sociales aquellas ideas que los propietarios de la red entiendan admisibles. Como escribía Jorge Campanillas en un tuit hace unos días, “la libertad de expresión se decide en Sillicon Valley”.

¿Qué ocurrirá cuando las masas adquieran esta capacidad de programar que ahora dominan las élites?. Buena pregunta. Ruskhoff denomina a esa era la era de las corporaciones y sus características les dejo que las adivinen ustedes porque yo hoy, en realidad, sólo me he reencontrado con unas notas que tomé hace ocho años y que no quiero volver a extraviar. 

Perdón por el rollo cyberpunk.

LexNet y el “benchmarking”

En España somos unos fieras en esto de la informática y la justicia. Como la Justicia ya no iba mal de por sí, la falta de planificación (o la sobra de avidez) ha dado lugar a que casi cada comunidad autónoma tenga un sistema de gestión procesal distinto, atención al dato:


Hasta 10 sistemas de gestión procesal distintos que, en muchos casos, “ni se hablan” entre sí. No me hablen ustedes de Steve Jobs, ni de Bill Gates ni de Richard Stallman, para tíos listos nosotros. Viva España.

Hemos gastado 10 veces lo que habría bastado gastar una sola vez, y todo para liar un carajal informático que ni Silicon Valley hubiese conseguido liar aunque pusiera todo su empeño en ello. Como digo: “semos” los mejores. 

Un niño de 11 años habría optado por copiar o usar en todas las comunidades autónomas el mismo sistema, en lugar de gastarse 10 veces el dinero para hacer algo que ya estaba  hecho; pero, claro, eso es porque los niños de 11 años no perciben los complejos problemas jurídico-financieros de la coyuntura política. Ustedes me entienden.

Pienso en esto y, mientras espero unas horas a que LexNet decida admitirme un escrito, un amigo me sugiere por whatsapp que deberíamos hacer una comparativa entre los diversos programas existentes. “¿Un benchmarking?” -le digo- a lo que él me responde “no sé qué carajo es un benchmarking, pero aquí alguno o algunos se han gastado un pastizal en software y hardware para hacer una mierda como el sombrero de un picador” (mi amigo es hombre de metáforas poco elaboradas).

Y mientras LexNet sigue sin digerir un folio DIN-A4 a una cara, pienso que mi amigo tiene razón, que, ahora que ya tenemos 10 programas distintos para hacer la misma cosa, bien podríamos compararlos y ver cual funciona mejor y cual peor y, de paso, acabada la comparativa, podríamos correr a gorrazos a los responsables de los peores programas, que eso no devolverá el dinero malgastado a las arcas públicas, pero es una actividad que relaja mucho y contribuirá sin duda a serenar los ánimos del electorado en estos tiempos convulsos.

Luego, una vez elegido el mejor de los programas, podríamos instalarlo en todas las comunidades de forma que todos los sistemas se entendiesen entre sí y de este modo mejorase sensiblemente el funcionamiento de nuestra administración de justicia. En este punto habría que establecer un premio especial porque, si elegido un programa, el mismo no puede ser compartido por todos debido a que los responsables no eligieron convenientemente las licencias, tendremos entonces que volver a correrlos a gorrazos. Esto, sin duda, tampoco solucionará el problema de no poder compartir el programa, pero, nuevamente, proveerá de paz a muchos administrados, alejará de las arcas públicas bastantes farfollas y saneará el tejido de una buena parte de nuestra clase política. Todo esto son beneficiosos efectos colaterales que, no por menos obvios, debemos minusvalorar.

Si seguimos hasta el final con el método de los gorrazos podremos, con un poco de fortuna, llegar a encontrar el programa ideal y, de paso, también a deshacernos de una buena caterva de pastueños semovientes que ramonean en el erario público. Sé que el método propuesto no resulta muy dospuntocero ni hipstermillenial, pero a mí, al pronto, me parece bastante efectivo.

Estoy plenamente convencido de que esto de que cada CCAA haya invertido un pastizal en desarrollar su propio sistema no ha tenido nada que ver -por supuesto- con comisiones, ni sobres, ni ninguna de esas cosas que con harta frecuencia suele denunciar sin pruebas el populacho ignorante. Es mucho más “diecinuevepuntocero” atribuirlo a un inesperado efecto secundario del principio de Hanlon, diagnóstico este que resulta mucho más científico.

Si España fuese una empresa privada tengo para mí que todos estos dirigentes estarían, sin duda, despedidos. Hemos pagado 10 veces lo que se podía comprar con un solo pago; gracias a ese gasto no sólo no hemos obtenido lo que necesitábamos sino que ahora, además, necesitamos organismos de coordinación y armonización (más sueldos, más pasta) y todo para que el resultado sea justo el contrario del pretendido.

Por eso, a esta hora incierta de la madrugada y -sin duda- fruto de la desesperación que produce LexNet, se me ocurre que sí, que igual mi amigo tiene razón, y que lo que hace falta aquí es una buena tanda de gorrazos bien despachados.

No creo que pase.

El evento Carrington

Nuestra confianza en la tecnología es desmedida. Ponemos en manos de ella incluso la seguridad de nuestra vidas. ¿Se ha preguntado alguien qué pasaría si de pronto todos nuestros ordenadores, redes de telecomunicaciones e incluso la energía eléctrica dejasen de funcionar? No estoy seguro de si estamos preparados para eso.

El 1 de septiembre se conmemorará el 157 aniversario de lo que se conoce como el “Evento Carrington” (The Carrington Event); una fortísima tormenta solar que afectó a la tierra de formas sorprendentes. Para que se hagan una idea les diré que se vieron intensas auroras boreales en todo el planeta y que, como consecuencia de la llegada a la tierra de particulas de carga magnética muy intensa, el telégrafo dejó de funcionar, operarios del mismo fueron víctimas de los chispazos y se provocaron numerosos incendios en sus instalaciones.

Era 1859, es verdad, y por eso los efectos se manifestaron sobre los pocos artefactos eléctricos que había en la época, de forma que el fenómeno fue celebrado con cierta algazara pero sus consecuencias pasaron inadvertidas para la mayoría de los habitantes de la Tierra. 

¿Alguien ha previsto las consecuencias de un evento similar en nuestros días? ¿Imaginan ustedes las consecuencias de que todos nuestros artefactos eléctricos, informáticos y cibernéticos dejasen de funcionar?

Estamos orgullosos de nuestra civilización y disfrutamos con injustificada soberbia de nuestros adelantos tecnológicos. Esperemos que un mal viento solar no nos saque de nuestro sueño.