La marcha granadera

Se escribe mucho sobre himnos en tuíter estos días. Quién les acusa de una cosa, quién de otra… y suele ser objeto de críticas especialmente furibundas el llamado himno de España; es decir, la vieja marcha granadera.

Carece de letra —siempre careció de letra— pero, como todo sirve al interés político, los más radicales de uno y otro bando tratan de atribuirle como «letra» unos oportunistas versos de Pemán. Hacen mal, la marcha granadera jamás tuvo letra y me parece perfecto que siga sin tenerla pues no sería decente cantarla en sólo una de las lenguas de España.

La marcha granadera tiene una historia realmente antigua y que se pierde en la bruma de los siglos.

Muchos afirmaron su origen prusiano, otros le atribuyeron origen popular, sea como sea, la primera partitura que conservamos de ella data de 1761 y aparece en el «Libro de la Ordenanza de los Toques de Pífanos y Tambores que se tocan nuevamente en la Ynfant° Española» compuestos por Don Manuel de Espinosa.

Nuestro himno, pues, nace al parecer con la humilde misión de servir de toque de marcha para los ejércitos españoles del siglo XVIII y sonaba, más o menos, así:

Como su nombre indica era un toque de ordenanza específico para los cuerpos de granaderos pues los fusileros ordinarios disponían de su propio toque de ordenanza, la llamada «marcha fusilera» que, por cierto, también sirvió de música introductoria a los mensajes reales en bastantes emisiones radiofónicas a principios del siglo XX.

Cómo llega un toque de ordenanza a convertirse en himno de España es cuestión de pura casualidad. El ordenancista Carlos III fue previendo música de honores para cada suceso en qué hubiesen de rendirse estos pero, al llegar al punto de determinar los honores que habían de rendirse al Santísimo Sacramento, optó porque se hiciese sonar en esos casos el toque de marcha de los granaderos. Uno debe imaginarse a las tropas arrodillándose ante la custodia al tiempo que sonaba la marcha granadera y no le cuesta trabajo imaginar que se identificase esta marcha de soldados con la música de las grandes ocasiones. Los reyes también decidieron que, cuando se acercasen a un establecimiento militar, se les rindiesen honores haciendo sonar el toque de marcha de los granaderos y de ahí a que se le considerase marcha real y de ahí a himno de España no había más que un paso pero, ese paso, por diversas razones, tardó mucho en darse.

Tras el destronamiento de Isabel II el general catalán Joan Prim i Prats convocó una comisión para promover un concurso que buscase un himno para España. Tras muchas reflexiones la comisión recomendó que se siguiese usando la marcha granadera.

Quizá el éxito de la marcha granadera como himno de España radica en su humildad: por carecer, carece hasta de letra, de forma que uno puede silbarla, tararearla o corearla en la lengua y con la letra que prefiera… algo muy útil en un país que habla al menos cuatro idiomas. Por otro lado, la funcionalidad de los toques de ordenanza y de las músicas de marcha en los ejércitos es bien sencilla: sirven para acompasar el paso de los hombres y facilitarles el que anden coordinados y, en este punto, uno encuentra hasta un mensaje oculto en esa música que se concibió con el único fin de hacernos andar juntos.

Pero, si aún así, todavía se insiste en la naturaleza franquista, monárquica, imperial o cristiana de la humilde «Marcha Granadera», esta todavía nos reserva una sorpresa pues, hace relativamente poco tiempo, se descubrió el asombroso parecido de nuestra humilde heroína con la música de una composición musulmana: la nuba Al-Istihlál, compuesta por el famoso filósofo y músico zaragozano, el musulmán Ibn Bayyah, más conocido entre los cristianos como Avempace.

Tras este golpe de efecto resultaría que la marcha granadera, el actual himno de España, tendría origen andalusí y estaría compuesta por un musulmán… ¿alguien da más?.

Sin letra, para cantarla en cualquier idioma, con un mítico origen zaragozano-andalusí-musulmán para que relativicemos la importancia del credo de cada cual y, en fin, sin más aspiración que ser una música humilde que suena con la única intención de producir concordia y permitir que todos caminemos juntos. ¿Alguien le puede pedir más a una melodía?

Les dejo con la nuba Al-Istihlál, disfrútenla.

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Viva España

Se cumplen unos 110 años desde que el escritor y poeta catalán Joan Maragall escribiera un famoso artículo titulado como este post, pero en otra lengua española, el catalán: «Visca Espanya».

Este artículo («Visca Espanya!!», obviamente, no el mío) debiera ser lectura obligatoria para todos los políticos que estos días están enredados en la batalla del referéndum desde ambos lados de la tierra de nadie.

El artículo de Joan Maragall, con sus 110 años encima, sigue de plena actualidad, tanto que no puedo continuar leyendo sin detenerme a pensar al llegar al pasaje en que el autor proclama y pregunta:

Espanyols? sí! més que vosaltres! Visca Espanya! Però, com ha de viure Espanya?

Y es que esa es la pregunta nuclear, «Viva España», sí; «Visca Catalunya!», también, pero… ¿cómo ha de vivir España? ¿cómo ha de vivir Cataluña? ¿Qué estamos queriendo decir cuando damos esos «vivas»?

En esta península cainita más gente de la que debiera grita «Viva España» como un inri con que molestar a otros, pero también otra nada despreciable cantidad de gente grita «Visca Catalunya!» con intenciones nada venturosas para una buena parte de los habitantes de la propia Cataluña.

Déjenme que les cuente una historia.

Cuando yo era niño mis primos y yo éramos hinchas de la selección de fútbol de Brasil. Recuerdo aquellas vigilias durante el mundial de México-70 esperando a que, de madrugada, TVE nos ofreciera los partidos de la selección carioca, esa que jugaba con Félix en la puerta y que, de ahí para adelante, alineaba a diez genuinos magos del balón.
Mis primos y yo soñábamos con tener una camiseta amarilla y, en cuanto saltaba Brasil al campo, se nos pasaba el sueño, jaleábamos a gritos con infantil estupor las acciones de Pelé y nos sonaba a poesía épica aquella delantera prodigiosa que rimaba como riman los versos de Os Lusíadas: Gerson, Jairzinho, Tostao, Pelé y Rivelinho.

España no se clasificó para ese mundial y durante los cuatro años siguientes los niños españoles soñamos con las camisetas amarillas de la canarinha. Sí, en lo que al fútbol respecta, en aquel lejano año 70, los niños queríamos ser brasileños.

Ahora, cuarenta años después, tras dos eurocopas y un mundial ganados por España, uno no tiene dificultad para encontrar niños con camisetas rojas en casi cualquier parte del mundo con los nombres de Iniesta, Xabi o Villa escritos en ellas. Los niños ya no son, como éramos mis primos y yo, todos brasileños.

No ha hecho falta “españolizar” a esos niños que desean lucir una camiseta roja, no ha sido preciso hablarles de las virtudes patrias para que hayan querido formar parte de la selección española; ha bastado con ofrecerles la ilusión de un equipo que toca con la precisión de un reloj suizo, que hace que el balón parezca de su exclusiva propiedad y que, llegado el caso, tiene de su lado esa fortuna que es patrimonio de los campeones.

Viva España.

El caso de las naciones y los estados no es muy distinto: los hombres se marchan de los lugares donde no encuentran la libertad que buscan, de los países que no les ofrecen a ellos y a sus hijos el futuro que desean y se enfundan la camiseta de aquellos lugares que les ofrecen la ilusión, real o ficticia, que su país les niega.

Hemos visto venir a España seres humanos de todos los lugares del planeta huyendo de la esclavitud, la guerra y el hambre; hombres que querían ser españoles porque aquí vivía la ilusión de un futuro mejor para ellos y sus hijos, la esperanza de ser atendidos en un hospital si caían enfermos y la seguridad de que sus hijos tendrían educación y que cualquier injusticia que se les hiciese podría ser remediada gracias a leyes y jueces justos. No hubo que españolizarlos, bastó con ofrecerles un lugar donde vivir una vida casi digna. Pero era sólo una ilusión: la España de 2017, hoy, nos muestra todo aquello que la prosperidad económica no dejaba ver a esos hombres que un día vinieron. Un lugar donde no pueden, y en muchos casos ni quieren, vivir los propios españoles.

Hablan de españolizar y tratan de confundir el color de la camiseta con la calidad de los jugadores: Ni por ponerse una camiseta amarilla se es Pelé ni se es Blas de Lezo por agarrarse a una bandera española.

Si queremos españolizar hagamos de este país un lugar donde los gobiernos sean honestos, donde la riqueza y la pobreza se compartan por todos con justicia, donde los hombres vivan libres e iguales y donde la felicidad de todos sea posible. Un lugar en donde todos quieran vivir y de donde nadie quiera marcharse.

Y cuando eso pase, quienes nos gobiernan, podrán levantar con orgullo la bandera, como Blas de Lezo, como Ramón y Cajal, como Cervantes, como Don Joan Prim i Prats… Aunque para entonces ya no hará falta españolizar a nadie porque, a esas alturas, ya todos querrán jugar en este equipo.

Perdonen esta larga historia de mi infancia, lo que quisiera señalarles con ella es que la primera y más principal forma de trabajar por la unidad de España (y Cataluña) es hacer que el equipo juegue bien, que quienes lo dirigen no se lucren a costa de los dirigidos, que persigan a quienes se llevan el dinero de todos y no los amparen u oculten, que den a la justicia los medios necesarios para llevar a cabo su trabajo y que dejen a los jueces juzgar con independencia… en fin ya saben ustedes lo que hace falta, lo que llevamos muchos años echando de menos. Los patriotas no se agarran a banderas ni las hacen tremolar, quienes aman a su país son honestos con él, no cobran treses por ciento ni financian sus partidos con comisiones de empresas. Quien agarra una bandera y la hace tremolar es quien no tiene más respeto por ella que el que tendría a una muleta con que hacernos embestir.

Miren, yo soy español de religión, no soy capaz de entenderme si no es como español y por tanto un trozo de mí es catalán. No creo que ningún referéndum pueda separar estas dos partes de mí y no creo que ningún referendum pueda separar medio milenio de vida en común.

Y dicho esto, ahora, quienes van a votar el 1-0 sería bueno que cambiasen en este artículo la palabra España por Cataluña y comprobasen, se preguntasen, si el club en el que quieren jugar está dirigido por quienes no se quedan con el dinero de todos para lucrarse, por quienes son patriotas en todo menos en sus ahorros y depredaciones helvéticas, por quienes garantizan la libertad y el derecho de todos, por quienes respetan la justicia y la independencia judicial… y si quienes hacen tremolar las banderas lo que pretenden es hacer embestir a dos comunidades de seres humanos como si fuesen animales, apelando a los instintos.

Viva España, Visca Catalunya!, sí, pero… ¿de verdad queremos que vivan así?

El 1-O no habrá referéndum o habrá tan solo un conato de referéndum y llegará el 2-O y ese será el primer día de los muchísimos días en que tendremos que plantearnos y acordar cómo habremos de empezar a ganarnos el futuro de forma que, cuando gritemos Viva España o Visca Catalunya, lo hagamos a favor de todos y en contra de nadie.

Vale.

Superabogadas

El hijo de una compañera abogada me contó, no hace mucho, que uno de sus más persistentes recuerdos de infancia era el de dormirse escuchando el sonido lejano de la máquina de escribir de su madre y despertarse, al día siguiente, oyendo cómo la máquina seguía sonando.

La imagen me pareció extremadamente tierna y que describía perfectamente el tremendo esfuerzo de esas abogadas madres por sacar adelante a sus hijos y su trabajo, dando a cada tarea el tiempo necesario y quitándoselo a ellas mismas.

Esta noche en que muchas abogadas concluyen sus recursos tras acostar a sus hijos, me ha venido esa imagen a la memoria y he pensado que es verdad, que cuando los niños duermen aún sacan el coraje las superabogadas.

Va por vosotras compañeras, sois lo mejor.

Tienes que ir a Las Merindades

Si eres jurista y no has ido a Las Merindades ten la seguridad de que estás en pecado, porque Las Merindades son La Meca de un jurista y allá hay que ir al menos una vez en la vida. Si eres jurista de los que trabajan en el llamado territorio común —y no en el foral—entonces el pecado es mortal y no entrarás en el paraíso de los juristas; esto tienes que saberlo, porque Las Merindades fue el lugar donde empezó todo.

Las Merindades es un territorio donde los hombres se dedican a cosas importantes y, por eso, de las menudencias se encarga Dios, que es quien por estas tierras construye puentes y ermitas cuando los seres humanos andan ocupados en sus cosas. La fotografía que hay más arriba corresponde a un pueblo de Las Merindades llamado «Puentedei», nombre que no puede ser más claro y significante: el puente de Dios, porque fue efectivamente Dios quien construyó el puente y a fe mía que no le quedó nada mal. Díganme si han visto alguna vez un puente más bonito.

El caso es que, en Las Merindades, podemos contemplar los vestigios de la Castilla más joven, esa que en torno a los siglos IX y X, con toda su hambre y su pobreza a cuestas, con todo su espíritu banderizo y su santo temor de Dios, empezó a buscar su lugar en la historia del mundo y, sabiendo que los reinos injustos no duran y son víctimas de sus propios súbditos, encontró en Las Merindades a dos personajes de leyenda que hicieron de Castilla un lugar donde el derecho y la justicia fuesen ideas respetadas e incluso sagradas; estos personajes no son otros que los primeros jueces de Castilla, los míticos Laín Calvo y Nuño Rasura.

Porque has de saber, desocupado lector, que el de Las Merindades es sin duda el Partido Judicial Primado de España, la primera sede judicial de toda Castilla y probablemente de la península. Aquí Laín Calvo y Nuño Rasura dictaron sus fazañas e hicieron justicia; la toponimia de Las Merindades recuerda a estos juristas: el lugar donde se hallaba su primera sede judicial se llama aún hoy día «Bisjueces» (dos jueces) y una aldea cercana honra a uno de ellos con el significativo nombre de «Villalaín».

Todas estas poblaciones de que les hablo forman hoy día parte del partido judicial con el nombre oficial más largo de España, a saber: Villarcayo de Las Merindades de Castilla la Vieja; ahí es nada.

Poco importa que ministros de justicia niños de papá o trepas de manual se hayan sentido tentados de afrentar la memoria de España atentando contra la Sede Primada de la justicia española, la ignorancia es osada y estos de quienes les hablo no tienen más osadía que la que nace de una ignorancia supina. Has de saber que, a pesar de diez siglos de historia y de los muchos ministros tarugos que en ellos caben, Villarcayo y Las Merindades siguen aquí, y aquí sigue la sede primada y, si no vienes, ya lo sabes, jamás entrarás en el cielo de los juristas.

Además ¿en qué otro lugar podrías hacerte un selfie con las esculturas de dos jueces detrás? (Si encuentras otro te invito a una caña).

No te lamentes y bate tus alas

Los sistemas sociales, la sociedad, son sistemas complejos y en buena medida caóticos. No existen ecuaciones lineales capaces de predecir cómo será el futuro de una sociedad humana; al igual que ocurre con la meteorología y otros sistemas caóticos un pequeño suceso puede amplificarse y de pronto dar lugar a cambios absolutamente inesperados de la situación global.

Una de las personas que estudiaron este tipo de sistemas fue el meteorólogo y matemático estadounidense Edward Lorenz. Lorenz construyó un modelo matemático muy simplificado, que intentaba capturar el comportamiento de la convección en la atmósfera. Lorenz estudió las soluciones de su modelo y se dio cuenta que alteraciones mínimas en los valores de las variables iniciales resultaban en soluciones ampliamente divergentes.

Consecuencia de sus estudios fue la figura que ven en la imagen, el llamado «Atractor Extraño de Lorenz», los atractores son partes del espacio de fases del sistema dinámico y el «Atractor Extraño» es… algo de lo que hablaremos otro día; lo que yo quería que viesen ustedes es este que ven en la imagen y cuya forma recuerda, vagamente, a una mariposa.

Sistemas dinámicos donde una pequeña variación puede dar lugar a grandes cambios del sistema. Seguro que en meteorología has oído hablar del llamado «efecto mariposa» y de la posibilidad de que el aleteo de una mariposa en África acabe generando un tornado en el Caribe… El concepto es aplicable a la sociedad humana, pequeñas variaciones pueden amplificarse hasta dar lugar a resultados inesperados.

A quienes mandan les gustaría que nuestras vidas estuviesen regidas por ecuaciones lineales donde el presente, el pasado y el futuro pudiesen programarse de forma determinista; afortunadamente no es así y nuestro sistema dinámico y caótico siempre deja margen al cambio inesperado.

Por eso todos cuentan en sociedad y todos son importantes, porque todos podemos ser causa y origen de un cambio de proporciones inimaginables. Sí, el aleteo de una mariposa puede provocar tornados y tus acciones cambiar el mundo. Lo que ni la mariposa ni tú podéis olvidar es que para que algo cambie habéis de batir las alas.

Que no te preocupen los gobiernos inicuos ni los ministros réprobos, que no te asusten los radicales, no temas a la sociedad, está en su naturaleza cambiar y tú, no importa cuán irrelevante te creas, puedes hacerlo: las matemáticas y la épica están de tu parte. Así pues no te lamentes y actúa, porque, recuerda, de lo único que no puedes olvidarte es de batir tus alas.

Todo necio confunde valor y precio

Se atribuye comúnmente esta cita a Antonio Machado y he tenido ocasión de recordarla este principio de verano cuando, por razones largas de explicar, he vuelto a leer los capítulos iniciales de «El Capital», obra fundamental de Karl Marx y base de la ideología comunista. En ellos Marx habla de las mercancías y, muy machadianamente, distingue lo que él llama «valor de uso» del «valor de cambio». El valor de uso de una mercancía no precisa mayor explicación, las cosas sirven naturalmente para algo pues, si no sirven para nada, carecen de valor de uso; el valor de cambio, por el contrario, nos habla del intercambio de las mercancías y de las cantidades de cada una que habríamos de trocar para obtener una cantidad de la otra… es decir, cuantos pollos vale una vaca o cuántos litros de leche vale un martillo, proceso de cambio para el cual resulta muy útil el dinero, entidad que, fuera de esto, carece del más mínimo valor de uso como puso de manifiesto la archicitada frase que, entiendo yo que de forma apócrifa, se atribuye a los indios Cree.

Sólo después que el último árbol sea cortado, sólo después que el último río haya sido envenenado, sólo después que el último pez haya sido atrapado, sólo entonces nos daremos cuenta que no nos podemos comer el dinero.

Marx, en su análisis, prescinde de conceptos básicos para la formación de los precios y que son objeto fundamental de estudio para la economía clásica, como son los de demanda y oferta, y por ello ha sido criticado; sin embargo, a pesar de que comparto plenamente esa crítica negativa a la visión de Marx, su intento de tratar de comprender el «valor» de las cosas me parece loable aunque, ya que estamos en el siglo XXI y en la sociedad de la información, su visión se me antoja absolutamente obsoleta a pesar de que es, ciertamente, inspiradora en algunos momentos.

Para Marx la base del valor estaba en la cantidad de trabajo que había sido necesaria para obtener una determinada mercancía, desde la materia prima hasta el producto acabado. Así, el valor de una sartén de hierro se determinaría por la cantidad de trabajo empleado en extraer el mineral de hierro, fundirlo y dejarlo apto para ser trabajado por los herreros y, finalmente, por el trabajo del herrero que transforma el hierro en sartén. Toda la suma de este trabajo sería para Marx el valor de la sartén.

No voy a discutir el punto de vista de Marx ni su caracterización del trabajo como elemento generador de valor, sólo voy a tratar de dar un salto de la Sociedad Industrial del siglo XIX a la Sociedad de la Información del siglo XXI, salto en el que, quizá, alguna de las ideas expresadas pudieran ser de utilidad. Veámoslo.

Si pensamos la realidad con un enfoque informacional no nos costará entender que el universo está compuesto esencialmente de tres cosas: materia, energía e información, si bien, es esta última la que verdaderamente hace interesante al universo. Quizá en este punto convenga aclarar a qué me refiero cuando hablo de información y esto puedo hacerlo de dos formas: o bien remitiéndome a la teoría de la información de Claude Shannon y a los postulados de la termodinámica y demás teorías científicas o bien vulgarizando de un modo más sencillo para ahorrarles el trabajo científico que lleva aparejada la primera opción. Voy a tratar de hacerlo.

Créanme, en el universo se desarrolla una guerra eterna entre el orden y el caos, entre la información y la entropía, una guerra que sabemos de antemano que ganará el caos pues, como sin duda sabrá usted aunque no haya estudiado física, la entropía es la única magnitud que siempre crece en el universo junto con el tiempo.

Sin embargo, el que la entropía (si quiere llámele caos) crezca siempre en el universo no significa que, localmente, no haya lugares en el cosmos en los cuales el orden (la información) se manifiesta en todo su esplendor y revierte este fatal sino universal. Mire a su alrededor, las plantas y árboles engendran plantas y árboles, los animales y microbios campan por doquier y esas son realidades que contradicen el inexorable camino al caos del universo: un maravilloso orden rige aparentemente la biosfera de la Tierra. Sin embargo, créame también, este efímero triunfo del orden sobre el caos no es gratis, pues sólo puede producirse a costa de un generoso aporte de energía.

Si usted mira a su alrededor verá las mismas materias y energías que pudieron ver los dinosaurios en el Jurásico y el Cretácico… sí, mire bien, lo que usted está contemplando es el mismo hierro, el mismo granito o sílice que ya estaba en la Tierra en los períodos en que los dinosaurios imperaban en nuestro planeta. No hay ninguna materia ahora en la Tierra que no estuviese ya en ella en el Jurásico y, sin embargo, usted sabe también cuán diferente resulta nuestro mundo de aquel: aviones, rascacielos, naves espaciales, microprocesadores… La realidad es que, siendo el mismo mundo y la materia la misma, hemos logrado «informarlo» de forma muy distinta y reordenar la materia de manera que adquiera nuevas formas y propiedades. Un vaso de vidrio, en realidad, no es más que un puñado de silicio informado de una manera muy particular. Calentando el silicio se consiguió vidrio al que luego se le dio la forma precisa para que fuese un óptimo recipiente para líquidos. La metáfora es bastante exacta: el ser humano, a costa de un generoso aporte de energía, ha informado el silicio con una forma nueva aumentando el orden de manera local en este rincón del universo. Si bien lo examinamos toda la obra de la humanidad no es más que el producto de tres factores: materia, energía e información, hecho este que supone una tentación casi irresistible para tratar de elaborar sobre él una nueva teoría de la economía o incluso de la justicia. Sin embargo, mil palabras ya son suficientes por hoy, máxime si tenemos en cuenta que este post no va a interesar a nadie o casi nadie, de forma que dejaremos esas tentaciones para otras tardes de este mes de agosto.

Crisis LexNet: el núcleo de la cuestión

Ayer un lector, viendo el espectáculo de lo que estaba pasando en LexNet, me preguntaba… «pero ¿en manos de quién estamos?» y mientras pensaba qué responderle pensaba también en que esa es la pregunta clave de todo este drama: ¿en manos de quién está LexNet?

Porque la realidad es que LexNet está en manos de un ministro que ha sido reprobado por el parlamento por entorpecer investigaciones en casos de corrupción, que pertenece a un partido ahora mismo enredado en causas como Gürtel o Púnica y que pertenece a un gobierno cuyo presidente acaba de declarar como testigo en una de esas causas. ¿A alguno de ustedes le parece sensato que sea esta persona la última responsable de custodiar las comunicaciones (y los expedientes electrónicos también) de los juzgados?.

Cuando el expediente era en papel no había problema, estaba en el juzgado y de ahí no salía; pero ahora que es electrónico el expediente ya no está en el juzgado, está en servidores cuyo último responsable es el ministro de quien les hablo.

Si hubiésemos de ilustrar la situación actual con una imagen la situación sería la que se vio esta semana mientras declaraba Rajoy, salvo que la imagen habría que completarla con Catalá en Sala con los expedientes bajo el brazo.

Y lo que digo de Catalá y de su partido no es exclusivo de ellos sólos (aquí todos tienen por qué no engallarse) pues puedo decirlo del resto, no tiene sentido que allá donde las competencias en justicia están transferidas no sean los jueces quienes controlan los expedientes sino los correspondientes consejeros de justicia… piensen ustedes en Andalucía, en Cataluña o en cualquier otro lugar y se darán cuenta de que, con frecuencia, quienes controlan los expedientes son precisamente las personas de quienes deberíamos defender esos expedientes.

Esta realidad repugna al sentido común. Entiéndaseme: no digo que esta práctica sea ilegal (tampoco es ilegal poner a la zorra a proteger a las gallinas) lo que digo es que repugna al sentido común y que a cualquiera se le ocurre que los autos, los expedientes, deben estar bajo el control de los jueces, del Poder Judicial y que esto es lo más concorde con la deseable división de poderes. Así lo hemos venido sosteniendo con desigual éxito durante bastantes años un grupo cada vez más amplio de personas.

Sin embargo, mis lectores, que son listos, me dirán inmediatamente: ¿y qué ganaremos entregando el control de los expedientes al CGPJ si al final este también es un órgano controlado políticamente? Y efectivamente, al menos en el juego corto, tendrán razón y resultará que tan sólo habremos salido de Guatepeor para caer en Guatemala.

Por eso el primer paso serio para arreglar nuestra justicia es dotarla de independencia. Nuestra Constitución nos dice cómo, las recomendaciones europeas nos dicen también cómo y las asociaciones de jueces y fiscales nos dicen cómo. Si lo comprueban verán que todos nos dicen lo mismo ¿no es ya el momento de hacerlo?

Si la crisis de LexNet demuestra algo es que, en este tipo de materias, cuando se abusa del interés político propio el sistema entero puede acabar quebrando. Es tiempo de que acabe esta forma de hacer política con la justicia y es tiempo de que todos (pero todos) comencemos a hacer este trabajo juntos. Al menos tenemos claros los primeros pasos.

Vale.