Hoy hace ocho años

Hoy se cumplen ocho años exactos desde que publiqué en este blog mi intención de presentar mi candidatura a decano de este colegio de abogados. Durante esa campaña electoral y en la posterior —en que fui reelegido— me comprometí a no permanecer más de ocho años en el cargo, una medida que entiendo de higiene democrática y que debiera ser común a todos los cargos electivos. Pues bien, han pasado ocho años y cumplir esta promesa depende exclusivamente de mí, de forma que, aunque la mayoría ya lo sabéis, quiero hacer público por este medio —el mismo que utilicé para presentar mi candidatura— que NO voy a concurrir a las elecciones del próximo 21 de diciembre y que no voy a «pilotar» sucesiones ni inventos políticos parecidos. Votad libremente a quien entendáis que debéis votar.

Quiero que sepáis que representaros ha sido un inmenso orgullo, que no sé si he sido el decano que necesitabais, pero que sí sé que he tenido detrás el mejor colegio de abogados del mundo y que cuando os he necesitado habéis estado siempre y mayoritariamente ahí, donde hay que estar.

Gracias a todos y a todas, quizá no tengamos ocasión de tratarnos tanto en el futuro, simplemente sabed que yo siempre os llevaré conmigo.

Es hora de decir adiós y emprender nuevas campañas; fue un honor servir a vuestro lado.

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Once del once a las once

Hoy es 11 de noviembre, «once del once» y, por tanto, se cumplen 99 años del final de la Primera Guerra Mundial. Fue un macabro pasatiempo de los generales de los ejércitos el fijar como fecha y hora del armisticio el once de noviembre a las once horas (11 del 11 a las 11) fecha y hora que les parecieron «memorables» a esos carniceros. Incluso durante la mañana de ese 11 de noviembre último día de la guerra, hubo mandos que ordenaron ataques de última hora tan inútiles como infames a la busca de eso que algunos criminales llaman «la gloria».

Por increíble que parezca, incluso a día de hoy, quedan todavía estúpidos que creen que hay algún tipo de gloria en la tarea de asesinar personas. Dios nos libre de esos imbéciles.

De camisetas y banderas

Leo, con cierta estupefacción, las noticias relativas al revuelo que se ha montado con la nueva camiseta de la selección española de fútbol; que si la fila de rombos azules, al mezclarse con el rojo, producen el efecto de morado y por ende trae a la memoria los colores de la bandera de la República Española; que si Pablo Iglesias y otros líderes de izquierda han manifestado su contento con tal gama cromática; que sí el gobierno y líderes de la derecha no han acabado de ver con buenos ojos la indumentaria… No sé si es que les gusta discutir y aprovechar cualquier nimiedad para tocarse las narices recíprocamente o que, por el contrario, si es que soy yo quien carece de la necesaria sensibilidad para captar el busilis de estas cosas; lo cierto es que a mí el debate me parece absolutamente ridículo, algo parecido al debate sobre la calidad de un vino, un jamón pata negra o un perfume, cuyo único fundamento fuese el diseño de su etiqueta. Déjenme que me explique y tengan paciencia conmigo.

1. La Cruz de Borgoña

La primera «bandera de España» a que me gustaría referirme es la que luce como elemento principal la llamada «Cruz de Borgoña». Esta bandera había sido usada tradicionalmente por la Casa de Borgoña a modo de distintivo, y con la llegada de Felipe «el Hermoso», casado con Juana «La Loca», arribó a la península a principios del siglo XVI. La Cruz de Borgoña o Aspa de Borgoña es una representación de la Cruz de San Andrés en la que los troncos que forman la cruz aparecen con sus nudos en los lugares donde se cortaron las ramas. Véanla.

Esta es la bandera que se asocia naturalmente al imperio español y fue también la bandera que utilizaron los Tercios de Flandes. Si ustedes se acercan al Museo del Prado y contemplan el cuadro de «Las Lanzas», podrán saber cuáles son los soldados españoles porque estos llevan una bandera con la Cruz de Borgoña sobre un fondo ajedrezado azul celeste y blanco: la bandera del Tercio de Ambrosio de Spínola que, por razones que no alcanzo a comprender, aparece a menudo en la red como bandera del «Tercio Viejo de Cartagena», unidad que, hasta donde yo sé, sólo aparece en las novelas de Pérez Reverte.

Esta bandera de la Cruz de Borgoña es, probablemente, la que durante más años ha representado a España y aún lo sigue haciendo en numerosos lugares del mundo, singularmente en la América Hispana. Observen por ejemplo la siguiente fotografía en donde podemos verla compartiendo lugar de honor junto con las banderas de Puerto Rico y los Estados Unidos.

Usualmente llamada «Spanish Military Flag» ondea sobre los fuertes de Puerto Rico y es usada también, por sólo citar un ejemplo, en la ceremonia del «Cañonazo de las Nueve» en los fuertes de La Habana.

Esta bandera, que jugó un papel protagonista durante buena parte de nuestra historia, es también parte de la historia de otros países; y no sólo de la América Hispana, sino también de los Estados Unidos. Con ella —o bajo ella— las tropas españolas apoyaron la causa de los colonos de los Estados Unidos en su guerra de independencia de Inglaterra.

Aquí pueden verla en el cuadro de Augusto Ferrer Dalmau «Por España y por el Rey. Gálvez en América» y, si no saben quién fue Gálvez, permítanme que les recomiende, por una vez y sin que sirva de precedente, un artículo de mi paisano Arturo Pérez Reverte intitulado «El hombre que atacó solo», texto que sin duda les ilustrará sobre la clase de material del que estaba hecho el malagueño Bernardo de Gálvez.

Como consecuencia de la presencia española en América del Norte se admite generalmente que las banderas de algunos estados (Alabama, Florida…) fundan su diseño en la bandera española de la Cruz de Borgoña e incluso algunos otros —si bien con menos consenso— quieren ver en ella la inspiración de la Bandera del Ejército Confederado durante la Guerra de Secesión estadounidense.

No creo que, con lo que le he narrado hasta aquí, le parezca a usted «poco española» esta bandera bajo la que se construyó un imperio ni que, si es usted un español acendrado, le produjese urticaria si la viese en alguna camiseta deportiva. No lo creo ¿verdad?. Quienes combatieron, trabajaron o simplemente vivieron bajo ella eran tan españoles —o más— que usted. No le quepa la menor duda.

¿Por qué dejó de usarse como bandera de España? Bueno… la maldita política. Cuando llegaron los borbones a España sintieron que era una bandera demasiado austracista y, tras la Guerra de Sucesión, comenzaron la tarea de cambiarla por una bandera blanca (el blanco era el color de los borbones) con el escudo de armas del rey en medio. No lo lograron pero fue con esta bandera blanca con el escudo real en medio con la que un españolazo de Pasajes, Don Blas de Lezo Olavarrieta, infligió a los ingleses la derrota más humillante de su historia en los muros de Cartagena de Indias.

Luego vinieron las carlistadas… los partidarios de Don Carlos usaron la Cruz de Borgoña como distintivo se sus tropas (cosa normal, usaban la bandera «de España») mientras que los partidarios de su sobrina, Isabel II, usaron más de la rojigualda que había ganado mucha popularidad a partir de 1808. Finalmente, en 1843, Isabel II instituyó la rojigualda como bandera oficial de España y desde entonces la vieja bandera española con la cruz de Borgoña quedó indisolublemente unida a la causa carlista, asimilación que aumentó con la guerra civil española 1936-1939, pues era la bandera oficial de la Comunión Tradicionalista y era la que habitualmente portaban los batallones de «requetés». Durante el franquismo nuestra vieja bandera imperial fue instituida como una de las banderas oficiales del régimen de Franco junto con las de España y la rojinegra de la Falange.

Pero insisto: ¿le parece a usted «poco española» esta bandera? ¿Cree que eran menos españoles que usted quienes combatieron, trabajaron o simplemente vivieron bajo ella?. Espero que no. Si algún día aparece en alguna zamarra deportiva espero que no le provoque a usted ansiedades o iras innecesarias la aparición de esta bandera que ha representado oficialmente a España durante tres siglos y medio (la actual apenas lleva siglo y medio) y aún la sigue representando oficiosamente en muchos lugares de América.

2. La «rojigualda»

El actual diseño de la bandera de España es producto de un concurso organizado por Carlos III para dotar de una nueva enseña a la Armada Real. Dado que el blanco era el color de los borbones muchas naciones enarbolaban banderas blancas en el mar y no eran infrecuentes los equívocos que daban lugar a trágicas consecuencias.

Harto de esta situación Carlos III decidió encargar diseños de banderas que en la mar se distinguiesen perfectamente en la lejanía y los que resultaron finalistas fueron los que ven en la siguiente imagen: cualquiera de ellos podría ser la actual bandera de España.

Finalmente Carlos III eligió el primer diseño para la marina de guerra (aunque amplió al doble la franja central para compensar) y el tercer diseño para los barcos de la marina mercante. Las franjas horizontales eran visibles incluso en el caso de que la bandera flamease y los colores rojo y amarillo destacaban perfectamente sobre el azul del mar. El origen de la bandera actual de España, pues, nada tiene que ver con la bandera de la Corona de Aragón, aunque, ciertamente, sus colores son virtualmente idénticos.

Esta bandera ondeó primeramente en los barcos de la Armada, posteriormente en sus acuartelamientos e instalaciones de tierra, durante la Guerra de la Independencia fue muy popular entre los liberales y era la preferida por las unidades de la Milicia Nacional… en suma, esta bandera se asimiló a lo «liberal y progresista» mientras que la de la Cruz de Borgoña se asimiló a los valores conservadores y absolutistas propios del carlismo. Enfrentadas ambas concepciones en aquellas lamentables guerras civiles entre los partidarios del tío o de la sobrina finalmente se impuso la sobrina y la rojigualda frente a su tío y la Cruz de Borgoña. Cosas del destino.

Supongo que nadie me discutirá que el liberalote de Granátula Don Baldomero Espartero era tan español como el carlistón de Ormáiztegui Don Tomás de Zumalacárregui. Ellos mismos, si se definían como algo, era como españoles auténticos. No creo que nadie pueda afirmar que quienes combatieron, trabajaron o simplemente vivieron bajo la rojigualda sean o hayan sido menos españoles que quienes combatieron, trabajaron o simplemente vivieron bajo la de la Cruz de Borgoña.

El diseño para la Armada de Carlos III, con Isabel II, pasaría a ser bandera de España y, salvo durante la II República, ya no cambiaría jamás pues incluso la Primera República —y hasta los cantonales— usaron la rojigualda. Tan sólo el escudo ha variado, pero eso lo veremos otro día.

3. La bandera de la II República Española.

Los constituyentes de la II República Española estimaron que el diseño de la bandera de Carlos III olvidaba a una región «nervio de España» según sus propias palabras: Castilla. Es por eso que decidieron añadir a los dos colores «aragoneses» (ya sabemos que no es así en realidad) el morado «representativo» de Castilla, dando lugar a la bandera tricolor republicana. Bajo ella combatieron, trabajaron y vivieron hombres y mujeres tan españoles y españolas como usted y en muchos casos probablemente más que usted. No sé por qué produce irritación esta bandera de España ni por qué unos la exhiben para provocar el enfado de otros que tampoco entiendo bien por qué se enfadan. Permítanme que —obviando la guerra civil que enfrentó a españoles independientemente de la bandera bajo la que peleasen— les cuente una historia.

Agosto de 1944. Hitler había ordenado destruir París (¿Arde París?) a Von Choltitz, el jefe de la guarnición alemana, a la vista de que las tropas aliadas se aproximaban. Lo que no sabía es que Eisenhower, jefe supremo aliado, no quería tomar París: alimentar a ocho millones de habitantes era un problema que quería dejar en manos alemanas. Sin embargo, para De Gaulle, jefe de las fuerzas francesas, era cuestión de honor hacerlo y por eso ordenó al General Leclerc liberar a todo trance París quien, a su vez, ordenó a una de sus mejores unidades que lo hiciera. Y lo hicieron.

Los hombres de la 9ª compañía blindada del Regimiento de Marcha del Tchad, tras batirse el cobre con numerosas unidades alemanas en días anteriores, el 24 de agosto de 1944 irrumpieron en París a bordo de sus «half-tracks».

No sin sufrir bajas los blindados «Madrid», «Jarama», «Ebro», «Teruel», «Guernica», «Belchite», «Guadalajara», «Brunete» y «Don Quijote» alcanzaron el ayuntamiento de París. El primer blindado que llegó a la plaza del ayuntamiento de París fue el “Guadalajara”, con tripulación exclusivamente extremeña. Los primeros disparos que las fuerzas aliadas efectuaron se hicieron, efectivamente, desde el blindado “Ebro”, mandado por el capitán canario Campos y conducido por el catalán Bullosa. En las cercanías del Arco del Triunfo patrullaban Alfredo Piñero y Francisco Izquierdo, que se quedó mudo cuando una muchacha, tras los besos de rigor exclamó: «¡Eres el primer soldado francés al que beso!», a lo que éste contestó «somos rojos españoles, mademoiselle» y, en efecto, así era: ellos eran lo que quedaba del ejército republicano que había perdido la guerra cinco años antes.

La epopeya de estos hombres perseguidos en España por el régimen de Franco y perseguidos en toda Europa por el régimen nazi, pero que acabaron siendo quienes liberaron París, aún espera que alguien la narre como merece. Eran republicanos, peleaban bajo la bandera republicana y fue con esa bandera con la que entraron en París. Y eran españoles, tan españoles o más que usted y que yo.

Más de 70 años después de aquellos hechos el «Regimiento de Marcha del Tchad» sigue formando cada mes de agosto frente al ayuntamiento de París enarbolando la bandera de aquella 9ª Compañía Blindada de republicanos españoles. Puede verlo en la foto.

Sí, la bandera de la República Española aún ondea en actos oficiales y a mí me enorgullece tanto como ver la Cruz de Borgoña ondeando en los fuertes de Puerto Rico o la rojigualda en las Cortes de España.

Y ahora si a usted le sigue pareciendo que quienes combatieron, trabajaron o simplemente vivieron bajo la bandera tricolor republicana eran peores españoles que usted y siente urticaria al ver esa bandera en una camiseta quizá tenga usted que revisar sus convicciones. O quizá es que yo carezca de sensibilidad para estas cosas.

Miren, con la Cruz de Borgoña, con la rojigualda, con la tricolor, este país se llama España y son españoles y españolas quienes viven en él independientemente de la bandera o etiqueta que luzca el país en cada momento. Dejemos de usar las banderas para formar banderías y asumamos nuestra historia y que, los responsables de la misma, somos los españoles. Cualquiera que sea la bandera.

Y dejen de dar el coñazo con la camiseta de la selección.

Puigdemont y John Hancock

Mucho se habla estos días de las ambigüedades calculadas de Puigdemont, de la inmediata suspensión de la declaración unilateral de independencia, de la votación secreta de la misma para proteger la identidad de los votantes frente a acciones judiciales, de si se votó el preámbulo o la parte ejecutiva… hasta llegar a su marcha a Bélgica huyendo de no sé sabe qué. No comentaré nada al respecto, sólo diré que todo esto me ha traído a la memoria la figura de John Hancock y una de las historias fundacionales más difundidas en Estados Unidos. Se dice que, a la hora de firmar la declaración de independencia, muchos de los padres de la patria experimentaron —como algunos sostienen pasa ahora— cierto canguelo y se demoraban en su firma… John Hancock —se dice— cansado de la demora, agarró la pluma y estampó el primero una firma de proporciones descomunales… y tras él firmaron los demás con firmas de proporciones más modestitas. Por eso, coloquialmente, cuando un norteamericano se refiere a su firma puede llamarla «my John Hancock». No compararé situaciones: de lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso (Napoleón dixit) y no quiero meterme en jardines independentistas.

Imágenes prohibidas

Hoy estoy disfrutando de un gran sitio (Real Sitio le llaman) gracias al cariño de unos amigos y aquí va una foto del lugar. Mando esta foto y no otra por dos razones. La primera porque me parece una vista bonita del exterior y, la segunda, porque está absolutamente prohibido tomar fotos en el interior ni siquiera desactivando el flash. Esta prohibición me resulta muy llamativa.

En los Estados Unidos hasta las fotografías de la luna tomadas por los astronautas de la NASA están libres de derechos de autor y es justo que así sea. Todos los estadounidenses pagaron con sus impuestos los inmensos gastos necesarios para que los astronautas llegaran allí y tomasen las fotos: todos son copropietarios de esas imágenes.

Lo dicho de la NASA se aplica a las fotografías o imágenes tomadas por personal del ejército o de la administración.

Para mi sorpresa, que he hecho fotos en el Louvre o en Versalles, en el Escorial está prohibido a pesar de que es propiedad de todos los españoles y nuestros antepasados pagaron hasta el último bloque del carísimo granito con que está edificado.

Antiguas formas de pensar.

Los abogados de verdad no miden su éxito en dinero

Leo la prensa económica y veo con preocupación como las páginas de la prensa salmón incluyen entre sus gráficas y ratios las de determinadas firmas de abogados. La marcha, buena o mala, de estas firmas se mide en euros, las firmas tienen tanto más éxito cuanto más dinero ingresan. Miro y remiro la gráfica con detenimiento tratando de dar con alguna magnitud no cuantificada en euros y no encuentro nada más que el criterio del beneficio económico para medir el éxito o el fracaso. No son muchas las firmas que aparecen en esos periódicos, usualmente cuatro o cinco, lo cual, en un país con 150.000 abogados, da una imagen bastante poco cercana a la realidad de lo que es, de verdad, la abogacía en España.

Tratan de convencernos de que el ejercicio de la abogacía es un negocio y que, como tal negocio ha de ser tratado, imponiendo el mercantil criterio del reparto de dividendos como el único valido para regir la empresa.

Esta visión de la abogacía como negocio es compartida por muchas y muy poderosas entidades. La Comisión Nacional del Mercado de la Competencia, cada poco tiempo, deja oír su voz inquisidora en defensa del mercado como si el mercado fuera el supremo interés del género humano, muy por encima de cualquier derecho fundamental proclamado en las constituciones. La nueva ortodoxia religiosa fija el libre mercado como el nuevo paraíso terrenal y a él se dirigen sus fieles sin que un derecho fundamental de más o de menos vaya a dificultar su marcha.

Yo creo que si eres jurista sabes perfectamente que la abogacía no es un negocio, o al menos no es exclusivamente un negocio, porque antes y por encima del beneficio económico se sitúan otros fines y consideraciones que —aunque el mercado no las entienda— un jurista las percibe de inmediato. Preséntenme a un abogado cuya primera prioridad sea ganar dinero y les señalaré a un psicópata con un brillante futuro delictivo. Luego le pillarán o no; de momento, alguna de esas cuatro o cinco firmas habituales de los papeles salmón, han confirmado ya esta predicción que les hago.

Lo diré una vez más: los abogados a los que admiro no miden su éxito en dinero.

Quizá nadie como Dionisio Moreno ilustre esto que les digo. Él fue el letrado del Caso Aziz, ese que permitió que todo el abuso hipotecario español fuese dinamitado por la jurisprudencia europea. Dionisio, sin duda, con su trabajo, ha sido el hombre que mayor cantidad de felicidad ha regalado a los españoles en los últimos tiempos: hoy centenares de miles de familias españolas no han perdido sus hogares porque Dionisio hizo lo que hizo, hoy centenares de miles de familias españolas litigan para recuperar parte de las ingentes cantidades de dinero que, esos supremos sacerdotes del dividendo que son los bancos, les sacaron del bolsillo.

Hoy Dionisio debería ser famoso y hartarse de dar conferencias, pero resultó que en la época en que defendía a Aziz alguien trató de hacerle la puñeta. Yo no diría que ninguno de los bufetes de la prensa salmón haya tenido un éxito comparable al suyo.

Este tipo de letrados como Dionisio son el 80% de los que ejercen la abogacía en España. Son los letrados de la gente común, los que no trabajan para el alto staff de bancos, aseguradoras, multinacionales o grandes corporaciones. Son quienes no deben nada a los grandes y por eso son la esperanza de los pequeños, son los abogados que molestan a quienes preferirían una abogacía menos luchadora, a los que quieren «desjudicializar» los asuntos para impedir que nadie pueda conocer sus fechorías.

Esta abogacía independiente y al servicio de la población, esta que no divide a los abogados en «seniors» o «juniors», esta que no sale en las hojas sepia de la prensa económica, es mi abogacía; a la que pertenezco, a la que amo, la imprescindible si de verdad queremos poder vivir en libertad y con justicia.

Hoy esa abogacía está sufriendo el mayor ataque de su historia: casi un 25% de sus miembros no pueden pagar la Mutualidad, se han reducido sus parcelas de actuación y una legislación dolosa trata de favorecer los entornos sociales y económicos donde ejercer este tipo de abogacía sea cada vez más difícil.

Estamos alcanzando el punto de no retorno y no parece que las instituciones corporativas (Colegios, CGAE) sean capaces de invertir este rápido descenso a los infiernos. Hay que hacer algo y hay que hacerlo ya. Y si algo hay que hacer en primer lugar es recuperar la dimensión ética de nuestra profesión, de nuestra escasez, de lo que somos y de lo que podemos llegar a ser. Porque pueden haber unos cuantos mandarines que piensen que lo nuestro es sólo una forma de hacer dinero pero yo sé que tú sabes que tu profesión es más, mucho más que un simple negocio.

Aún somos muchos y aún podemos conseguirlo todo pero esto no siempre seguirá siendo así. Es hora de actuar. Si nos determinamos a impedirlo tened la absoluta certeza de que la esperanza de los más quedará a salvo y que los menos no se saldrán con la suya.

Vamos.

Enemigos buenos

Ocurrió el 20 de diciembre de 1943. El superbombardero B-17 «flying fortress» de la fuerza aérea de los Estados Unidos, que pilotaba el teniente Charles (Charlie) Brown, había resultado gravemente dañado por la aviación de caza alemana tras dejar caer su mortal carga de bombas sobre la ciudad de Bremen, y, mientras trataba penosamente de volver a casa, fue interceptado por el caza BF-109 de la Luftwaffe (fuerza aérea alemana) pilotado por el «Oberleutnant» Franz Stigler.

El teniente Charlie Brown, un granjero de Virginia reconvertido en piloto por necesidades de la guerra, se encontró a su cola con un veterano piloto curtido en casi todos los frentes de la guerra, del Canal de la Mancha al norte de África. Stigler contaba con 27 derribos en su haber y derribar este indefenso bombardero B-17 le habría supuesto la obtención de la Cruz de Caballero.

No ocurrió lo esperado, para Stigler disparar contra un blanco indefenso era algo sólo comparable al asesinato, de forma que se aproximó hasta la cabina del bombardero e hizo gestos a Charles (Charlie) Brown de que abandonasen el avión en paracaídas antes de derribarlo. Brown no entendió los gestos y continuó con su penosa marcha hacia la seguridad de Inglaterra. Stigler volvió a hacerle gestos para que aterrizasen o saltasen pero Brown siguió sin entender —o sin querer entender— los gestos de Stigler.

Viendo que Brown no iba a variar su rumbo y sabiendo que el dañado B-17 norteamericano se dirigía a una zona donde la artillería antiaérea alemana (Flak) lo derribaría inevitablemente, Stigler tomó la decisión más extraña que pueda imaginarse: colocó su caza BF-109 al lado del dañado B-17 de Brown, de forma que la artillería antiaérea, al ver un caza alemán, no disparase al bombardero.

Stigler, tras servir de escudo al B-17, dio media vuelta y volvió a su base, dejando a Brown continuar su vuelo hacia la salvación.

Cuando Brown aterrizo y contó lo ocurrido a sus mandos estos le prohibieron difundir la historia: en aquella guerra a muerte no podían existir alemanes buenos.

Brown no olvidó y al acabar la guerra buscó a aquel piloto de caza. No fue sino hasta 1990 en que, tras conocer su búsqueda, Franz Stigler, entonces residente en Canadá, le remitió una carta volviendo a reencontrarse ambos ese mismo año.

Allí nació una fuerte amistad que les acompañó hasta la muerte de ambos en 2008.

En estos días en que veo a gente separada por una o dos ideas simples me acuerdo de Charles «Charlie» Brown y de Franz Stigler y siento que hay demasiados jerifaltes empeñados en que no haya buenas personas entre quienes no piensan como ellos: necesitan enemigos.