La ficción del «Yo»

Estamos de mala suerte: las neurociencias consideran que eso que las personas llamamos «yo» es algo que carece de realidad y que se trata sólamente de un proceso cognitivo de alto nivel que integra una amplia variedad de procesos mentales1. Dicho más claramente, el «yo» no es más que una ficción que nuestro cerebro se inventa porque le resulta muy conveniente, tan conveniente que es imposible vivir mucho tiempo sin esa ficción.

Por mi parte no necesitaba que las ciencias me lo dijesen, hace mucho que yo ya vivía con esta intuición y la daba por cierta, me explico. Si miramos la naturaleza y las criaturas más simples que podamos imaginar —por ejemplo las bacterias—, es obvio que las mismas responden a las leyes darwinianas de la evolución que les impulsan a tratar de reproducirse y preservarse —al menos hasta el momento en que lo logren— con preferencia a sus congéneres, de forma que, aunque carezcan absolutamente de conciencia, estos individuos ya se comportan aparentemente como si supiesen que son unidades diferenciadas de las demás y que tratan de prevalecer en sus fines vitales respecto de las demás. Ciertamente que en estos seres vivos simples las cosas no suceden así de modo consciente, pero es así como las leyes de la evolución les hacen comportarse.

Según avancemos en la escala de la complejidad biológica veremos que el patrón descrito se repite y así, por ejemplo, las plantas, defendiéndose por diversos medios de las agresiones externas y compitiendo reproductivamente con ejemplares de su misma especie, ofrecen comportamientos parecidos y una apariencia similar a la antes descrita; y si seguimos subiendo en la escala, en el caso de los animales superiores, observaremos que sus acciones aparentan estar realizadas por individuos claramente conscientes de su individualidad; por ejemplo, cuando uno de ellos trata de prevalecer sobre los demás en las luchas que le darán derecho a aparearse, parece evidente que este animal sabe perfectamente quién es él y quiénes son los demás y, si aún así, alguno porfiase en que no lo sabe, le diré que ciertamente se comporta como si lo supiera perfectamente.

Distinguir el «Yo» del resto es imprescindible para la vida, sobre todo llegada la hora de comer, momento en el que confundir el «yo» con el «tú» puede dar lugar a que te quedes sin comer y alimentes al vecino y discúlpenme la broma.

Permítanme que les ponga un ejemplo más: si ustedes tuviesen que fabricar un robot harían bien en implementar en él las famosas tres leyes de la robótica de Asimov que son:

  1. Un robot no hará daño a un ser humano ni, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño.
  2. Un robot debe ejecutar las órdenes dadas por los seres humanos, salvo que estas entren en conflicto con la primera ley.
  3. Un robot debe proteger su propia existencia, salvo que esta conducta entre en conflicto con las dos leyes anteriores.

Pues bien, a poco que usted reflexione se dará cuenta de que, para construir su robot e implementar estas leyes, lo primero que necesitará es dotar de identidad a su robot, dotarle de un «yo» que le permita saber a quién están referidas las leyes anteriores.

Para entender por qué la evolución ha dado lugar a la ilusión del yo se puede hacer el experimento mental de una ilusión de no-yo para saber lo que sucede en casos de no-yo o yoes patológicos. En el caso de los seres humanos vivir sin la ficción del «yo» es imposible y —cuando por enfermedad o por alguna otra razón— esta ilusión se pierde, el ser humano se convierte en poco menos que un bebé abandonado, incapaz de cuidarse a sí mismo y perennemente condenado a ser cuidado por otros.

Sin embargo el ser humano, complejo y maravilloso como es, ha logrado en algunos casos desprenderse temporalmente de esta ficción del yo y experimentar durante períodos más o menos largos episodios o estados de no-yo.

Estudios de neuroimagen realizados por D’Aquili y Newberg (1999) con monjes budistas y monjas franciscanas, dieron como resultado que se apreciase durante los estados místicos una desconexión de la actividad neural en las áreas relacionadas con la experiencia del yo.

Muchas prácticas litúrgicas y contemplativas de la mayoría de las tradiciones religiosas, como es el caso del budismo zen pero también de la mística católica, tienen como objetivo reducir el sentido subjetivo del yo pues tal práctica se ha revelado como un buen mecanismo para aproximarse a la felicidad. Estudios realizados confirman que este tipo de prácticas que estimulan el estado psicológico de no-yo mejoran el estado de ánimo y la alegría al tiempo que producen un refuerzo de la disposición al comportamiento altruista y una reducción de la angustia existencial.

Las formas y métodos en que cada una de estas religiones acercan a sus practicantes a estados cercanos al no-yo son de lo más variado desde el jainismo, al budismo, al catolicismo o al propio islam. En todo caso resulta curioso que ese «yo», que algunas religiones parecen confundir con el alma objeto de salvación, sea el estado del que se sale en estos trances místicos.

Religión, ciencia y filosofía parecen acabar encontrándose siempre cuando se habla del yo. Es verdad que carecer de yo o que este no sea más que una ilusión puede resultar muy decepcionante, pero, en el fondo de esa decepción aparente para el alma occidental, nos están esperando personajes como Lao-Tsé cuando decía aquello de que «si no tienes cuerpo ¿qué dolor podrás sentir?», frase que, de haber conocido estos últimos estudios neurológicos, hubiese tenido que modificar por otra del tipo: «Si sabes que en realidad no existes ¿por qué habrías de temer a la muerte?»

En fin, basta por hoy, mi yo me indica que debo volver a mis tareas, y es bueno hacerle caso aunque los neurocientíficos nos digan que se trata de una ilusión.


  1. El cerebro humano funciona mediante procesos jerárquico-funcionales anidados, igual que una organización bien sincronizada, acoplada y sin desajustes (véase Sanfey, et. al. 2006: 109). El yo es una manifestación psicológica de ese orden, carente de una localización física específica: … sabemos que son diversas partes del cerebro las que intervienen en la creación del yo, sin embargo, no hay un emplazamiento material específico del self o del “yo” en el cerebro (…) El cerebro crea la unidad del yo mediante la producción de una jerarquía anidada de significado y propósito, en la que los niveles del yo, y las múltiples partes del cerebro que contribuyen a producir el yo, están anidadas unas en los otros niveles de jerarquía (…) nos experimentamos a nosotros mismos como algo unificado porque nuestros significados y nuestras acciones están unidas dentro de ese yo anidado. (Feinberg 2001: 149). Todos citados por Herranz Guillén, José Luís, en «Estudios de los fundamentos de la cooperación en la naturaleza humana desarrollados por las ciencias sociales». ↩︎
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Zarangollo

No creo que en la vecina ciudad de Murcia hayan tenido nunca problemas con el nominalismo ni les haya preocupado lo más mínimo el filosófico «problema de los universales»… y tengo para mí que la culpa de esto la tuvo el hambre.

Las tierras con río suelen dar mucha importancia a los nombres, «fijarse» si no en Egipto, donde fluye un río que es como el Segura, pero a lo bestia, aunque sin rueda de la Ñora (pobrecicos). Pues bien, allí pensaban que el dios «Ra» había creado el mundo por el sencillo expediente de ir nombrando lo que quería crear; así que el genares iba nombrando cosas y las cosas iban apareciendo hasta que nombró al hombre, lo creó, y se le quitó el tole-tole de crear cosas. Saber el nombre de las cosas permitía crearlas y destruirlas, por eso Ra guardaba en secreto su nombre, hasta que Isis lo engañó y Ra —que debía ser un poco belorcio— se lo dijo.

Yo creo que en Murcia, después de la guerra, pasaron mucha hambre y se acordaron más de una vez de Ra y si no explíquenme ustedes por qué un murciano iba a llamar a la coliflor «pava»… o «perdices» a un tipo de cogollos de lechuga. Yo creo que la culpa tuvo que tenerla el hambre: si no tienes cuartos para comprar conejo y hacerte un buen arroz pues le pones «pava» de esa que crece en el bancal de enfrente y comes «carne». Dicen que en los campos de exterminio los prisioneros soñaban sobre todo con las comidas de su infancia y creo yo que los murcianos se quitaron esos sueños recurriendo al dios Ra, no iban a dejar de comer pava o perdices por un quítame allá esos cuartos.

No sé por qué cuento esto, o sí. Sucede que hoy me estoy zampando un plato de zarangollo que está cojonudo —o eso o que yo voy con hambre— y he descubierto que la Real Academia de la Lengua hace derivar (¡como si en Murcia hablasen mal!) esa palabra de «frangollo», que es, en definición del académico diccionario, «cosa hecha deprisa y mal». Como ven en la Academia hay unos cuantos genares pero ninguno sabe que el zarangollo o se hace despacio y sin arrebatarse o no sale bueno.

El zarangollo, lejos de ser una cosa hecha deprisa y mal es un plato hecho despacio y que —bien hecho— está estupendo, es santo y seña de la gastronomía de la vecina ciudad de Murcia y lo pueden comer fieles de todos los credos: cristianos, musulmanes, judíos y veganos; seguidores estos últimos de una doctrina que les obliga a no catar la carne y que me pregunto yo si no tendrá su origen en Murcia u Orihuela, ciudades de la vega del Segura y de ahí lo de «veganos».

Al final he ido saltando de una cosa a otra, no les he dado la receta del zarangollo legítimo, me he ido a Egipto y al nominalismo y esto se enfría (¿les he dicho frío o tibio el zarangollo también está cojonudo?) así que vamos al tajo: este zarangollo tiene buena pinta y va a morir, todo sea por Ra.

La bodega Lloret

Me habían dicho que la taberna «Lloret» de La Unión estaba en venta y me he alarmado mucho pensando que su final estaba próximo.

Uno sabe que estas cosas, como la muerte, son inevitables, pero —como decían los periodistas de cuando Franco— son también temidas («no por esperada menos temida» era la muletilla que acompañaba inevitablemente la noticia de la muerte de Franco en la prensa del régimen).

Pues bien, al igual que la muerte de Franco, el cierre de la «Bodega Lloret» es un suceso tan esperado como temido. Esperado por que quien la regenta ya va teniendo una edad, temido porque toda la población de la comarca sabe que, si cierra la bodega Lloret, se acabará un mito; lo mismo que sabe que si la bodega Lloret cambia de dueños ya no será la bodega Lloret.

Los sitios auténticos no son como esas franquicias de plástico, todas iguales las unas a las otras, indiferenciables entre sí y perfectamente fungibles. Los sitios auténticos no tienen sucursales y, como los seres humanos, son todos distintos unos de otros. Starbucks o Burguer King son todos iguales, están hechos en serie (al fin y al cabo son meros productos) y usted podría instalar una tienda de esa especie sin problema alguno; lo que jamás va a poder hacer usted es pintar el original de «Las Meninas» o reabrir la bodega Lloret, porque esta es a las tabernas lo que Las Meninas son a la pintura y, aunque estas son arte mayor y el de la bodega es arte menor, como todo arte pequeño es artesano y está vinculado a la personalidad de su autor. Las personas dan personalidad a los negocios, eso escapa al ámbito económico de las franquicias.

En la foto tienen al regidor del negocio de que les hablo, ante ustedes el más centelleante extremo del Levante F.C. de la historia (si le pilla de buenas le contará incluso cómo en un sólo partido le encajó dos chicharros al Real Murcia con notable satisfacción) un genio creador de un nuevo estilo en el mundo de la restauración, los negocios y el derecho. Me explico.

La taberna Lloret trabaja mucho el género de la cerveza y, en lo tocante a los botellines, este genio de la hostelería instauró con anterioridad al resto de los comercios el sistema del self service, pues los parroquianos de este local entran con toda naturalidad tras la barra, abren el arcón frigorífico y se proveen ellos mismos de los botellines que desean consumir. Esta operación se producirá tantas cuantas veces sea menester y tras esto, cuando los clientes deciden abandonar el establecimiento, el centelleante extremo del Levante F.C. simplemente les pregunta cuantas cervezas han consumido. Los clientes responden a la pregunta del encargado con la cifra que mejor les pete, procediendo este, acto seguido y en justa reciprocidad, a cobrarles lo que se le antoja. A este aleatorio procedimiento de cobro le han dedicado muchas horas de estudio eminentes personalidades del mundo jurídico, no encontrando al mismo más explicación que el hecho de que la equivalencia de las prestaciones y la sinalagmaticidad propia de los contratos se ven afectadas en La Unión por las extrañas condiciones geológico-mineras del llamado «Espacio Jurídico Unionense».

Si aleatorio resulta el precio de la cerveza mucho más impredecible resulta el precio de la consumición si a las cervezas se añaden —como es de rigor— unas tapas de michirones o de patatas con ajo. Esta variabilidad irá en aumento en función del número y diversidad de artículos que usted solicite al encargado; si pide usted otras viandas distintas de las anteriores, la volatilidad de los precios de la taberna es solo comparable a la de la convertibilidad del bitcoin, fenómeno este que puede usted aprovechar para hartarse por cuatro duros o, en el peor de los casos, sufrir un estoconazo hasta las cintas en el hoyo de las agujas.

El bar no solo lo habitan personas sino que, en admirable demostración de ecologismo militante, bandadas de caverneras recorren el local pues en uno de sus extremos hay troncos y ramas para que se posen, comederos de alpiste con sus cañamones para alimentarlas y bebederos que supongo no sean de agua sino de vino minero porque —aunque nunca las he oído cantar— doy por hecho que las caverneras de la bodega Lloret, cuando se arranquen a cantar, se templarán por tarantas.

De la parroquia ya les hablo otro día, situada la bodega como está en pleno centro de La Unión por allí pasa todo el mundo, de forma que no hay mejor lugar (quizá solo la barbería colindante) para difundir una noticia a la que deba darse público y general conocimiento. Olvídese usted de Internet, de las redes sociales y hasta de la columna de necrológicas del «ABC»: en La Unión nadie está del todo muerto hasta que su esquela no orna las paredes de la Bodega Lloret, ustedes ya me entienden.

Esta mañana me he dejado caer por allí aprovechando que he ido al Juzgado de Paz de La Unión y he verificado que el negocio sigue en funcionamiento y que el centelleante extremo del Levante F.C. sigue en plenitud de facultades.

No me hago ilusiones, cualquiera de estos días se nos jubila el extremo y nos quedamos sin bodega Lloret. Si ustedes no han ido están tardando, este es un local irrepetible (como «Los Lebrillos» en Murcia o «Paco el Macho» —el de antes, no el de ahora— en Cartagena) y si no se acerca usted ahora que puede ya no lo hará nunca.

La Bodega Lloret es arte efímero, como todo el arte inmortal. Están ustedes tardando.

Hoy hace ocho años

Hoy se cumplen ocho años exactos desde que publiqué en este blog mi intención de presentar mi candidatura a decano de este colegio de abogados. Durante esa campaña electoral y en la posterior —en que fui reelegido— me comprometí a no permanecer más de ocho años en el cargo, una medida que entiendo de higiene democrática y que debiera ser común a todos los cargos electivos. Pues bien, han pasado ocho años y cumplir esta promesa depende exclusivamente de mí, de forma que, aunque la mayoría ya lo sabéis, quiero hacer público por este medio —el mismo que utilicé para presentar mi candidatura— que NO voy a concurrir a las elecciones del próximo 21 de diciembre y que no voy a «pilotar» sucesiones ni inventos políticos parecidos. Votad libremente a quien entendáis que debéis votar.

Quiero que sepáis que representaros ha sido un inmenso orgullo, que no sé si he sido el decano que necesitabais, pero que sí sé que he tenido detrás el mejor colegio de abogados del mundo y que cuando os he necesitado habéis estado siempre y mayoritariamente ahí, donde hay que estar.

Gracias a todos y a todas, quizá no tengamos ocasión de tratarnos tanto en el futuro, simplemente sabed que yo siempre os llevaré conmigo.

Es hora de decir adiós y emprender nuevas campañas; fue un honor servir a vuestro lado.

Once del once a las once

Hoy es 11 de noviembre, «once del once» y, por tanto, se cumplen 99 años del final de la Primera Guerra Mundial. Fue un macabro pasatiempo de los generales de los ejércitos el fijar como fecha y hora del armisticio el once de noviembre a las once horas (11 del 11 a las 11) fecha y hora que les parecieron «memorables» a esos carniceros. Incluso durante la mañana de ese 11 de noviembre último día de la guerra, hubo mandos que ordenaron ataques de última hora tan inútiles como infames a la busca de eso que algunos criminales llaman «la gloria».

Por increíble que parezca, incluso a día de hoy, quedan todavía estúpidos que creen que hay algún tipo de gloria en la tarea de asesinar personas. Dios nos libre de esos imbéciles.

De camisetas y banderas

Leo, con cierta estupefacción, las noticias relativas al revuelo que se ha montado con la nueva camiseta de la selección española de fútbol; que si la fila de rombos azules, al mezclarse con el rojo, producen el efecto de morado y por ende trae a la memoria los colores de la bandera de la República Española; que si Pablo Iglesias y otros líderes de izquierda han manifestado su contento con tal gama cromática; que sí el gobierno y líderes de la derecha no han acabado de ver con buenos ojos la indumentaria… No sé si es que les gusta discutir y aprovechar cualquier nimiedad para tocarse las narices recíprocamente o que, por el contrario, si es que soy yo quien carece de la necesaria sensibilidad para captar el busilis de estas cosas; lo cierto es que a mí el debate me parece absolutamente ridículo, algo parecido al debate sobre la calidad de un vino, un jamón pata negra o un perfume, cuyo único fundamento fuese el diseño de su etiqueta. Déjenme que me explique y tengan paciencia conmigo.

1. La Cruz de Borgoña

La primera «bandera de España» a que me gustaría referirme es la que luce como elemento principal la llamada «Cruz de Borgoña». Esta bandera había sido usada tradicionalmente por la Casa de Borgoña a modo de distintivo, y con la llegada de Felipe «el Hermoso», casado con Juana «La Loca», arribó a la península a principios del siglo XVI. La Cruz de Borgoña o Aspa de Borgoña es una representación de la Cruz de San Andrés en la que los troncos que forman la cruz aparecen con sus nudos en los lugares donde se cortaron las ramas. Véanla.

Esta es la bandera que se asocia naturalmente al imperio español y fue también la bandera que utilizaron los Tercios de Flandes. Si ustedes se acercan al Museo del Prado y contemplan el cuadro de «Las Lanzas», podrán saber cuáles son los soldados españoles porque estos llevan una bandera con la Cruz de Borgoña sobre un fondo ajedrezado azul celeste y blanco: la bandera del Tercio de Ambrosio de Spínola que, por razones que no alcanzo a comprender, aparece a menudo en la red como bandera del «Tercio Viejo de Cartagena», unidad que, hasta donde yo sé, sólo aparece en las novelas de Pérez Reverte.

Esta bandera de la Cruz de Borgoña es, probablemente, la que durante más años ha representado a España y aún lo sigue haciendo en numerosos lugares del mundo, singularmente en la América Hispana. Observen por ejemplo la siguiente fotografía en donde podemos verla compartiendo lugar de honor junto con las banderas de Puerto Rico y los Estados Unidos.

Usualmente llamada «Spanish Military Flag» ondea sobre los fuertes de Puerto Rico y es usada también, por sólo citar un ejemplo, en la ceremonia del «Cañonazo de las Nueve» en los fuertes de La Habana.

Esta bandera, que jugó un papel protagonista durante buena parte de nuestra historia, es también parte de la historia de otros países; y no sólo de la América Hispana, sino también de los Estados Unidos. Con ella —o bajo ella— las tropas españolas apoyaron la causa de los colonos de los Estados Unidos en su guerra de independencia de Inglaterra.

Aquí pueden verla en el cuadro de Augusto Ferrer Dalmau «Por España y por el Rey. Gálvez en América» y, si no saben quién fue Gálvez, permítanme que les recomiende, por una vez y sin que sirva de precedente, un artículo de mi paisano Arturo Pérez Reverte intitulado «El hombre que atacó solo», texto que sin duda les ilustrará sobre la clase de material del que estaba hecho el malagueño Bernardo de Gálvez.

Como consecuencia de la presencia española en América del Norte se admite generalmente que las banderas de algunos estados (Alabama, Florida…) fundan su diseño en la bandera española de la Cruz de Borgoña e incluso algunos otros —si bien con menos consenso— quieren ver en ella la inspiración de la Bandera del Ejército Confederado durante la Guerra de Secesión estadounidense.

No creo que, con lo que le he narrado hasta aquí, le parezca a usted «poco española» esta bandera bajo la que se construyó un imperio ni que, si es usted un español acendrado, le produjese urticaria si la viese en alguna camiseta deportiva. No lo creo ¿verdad?. Quienes combatieron, trabajaron o simplemente vivieron bajo ella eran tan españoles —o más— que usted. No le quepa la menor duda.

¿Por qué dejó de usarse como bandera de España? Bueno… la maldita política. Cuando llegaron los borbones a España sintieron que era una bandera demasiado austracista y, tras la Guerra de Sucesión, comenzaron la tarea de cambiarla por una bandera blanca (el blanco era el color de los borbones) con el escudo de armas del rey en medio. No lo lograron pero fue con esta bandera blanca con el escudo real en medio con la que un españolazo de Pasajes, Don Blas de Lezo Olavarrieta, infligió a los ingleses la derrota más humillante de su historia en los muros de Cartagena de Indias.

Luego vinieron las carlistadas… los partidarios de Don Carlos usaron la Cruz de Borgoña como distintivo se sus tropas (cosa normal, usaban la bandera «de España») mientras que los partidarios de su sobrina, Isabel II, usaron más de la rojigualda que había ganado mucha popularidad a partir de 1808. Finalmente, en 1843, Isabel II instituyó la rojigualda como bandera oficial de España y desde entonces la vieja bandera española con la cruz de Borgoña quedó indisolublemente unida a la causa carlista, asimilación que aumentó con la guerra civil española 1936-1939, pues era la bandera oficial de la Comunión Tradicionalista y era la que habitualmente portaban los batallones de «requetés». Durante el franquismo nuestra vieja bandera imperial fue instituida como una de las banderas oficiales del régimen de Franco junto con las de España y la rojinegra de la Falange.

Pero insisto: ¿le parece a usted «poco española» esta bandera? ¿Cree que eran menos españoles que usted quienes combatieron, trabajaron o simplemente vivieron bajo ella?. Espero que no. Si algún día aparece en alguna zamarra deportiva espero que no le provoque a usted ansiedades o iras innecesarias la aparición de esta bandera que ha representado oficialmente a España durante tres siglos y medio (la actual apenas lleva siglo y medio) y aún la sigue representando oficiosamente en muchos lugares de América.

2. La «rojigualda»

El actual diseño de la bandera de España es producto de un concurso organizado por Carlos III para dotar de una nueva enseña a la Armada Real. Dado que el blanco era el color de los borbones muchas naciones enarbolaban banderas blancas en el mar y no eran infrecuentes los equívocos que daban lugar a trágicas consecuencias.

Harto de esta situación Carlos III decidió encargar diseños de banderas que en la mar se distinguiesen perfectamente en la lejanía y los que resultaron finalistas fueron los que ven en la siguiente imagen: cualquiera de ellos podría ser la actual bandera de España.

Finalmente Carlos III eligió el primer diseño para la marina de guerra (aunque amplió al doble la franja central para compensar) y el tercer diseño para los barcos de la marina mercante. Las franjas horizontales eran visibles incluso en el caso de que la bandera flamease y los colores rojo y amarillo destacaban perfectamente sobre el azul del mar. El origen de la bandera actual de España, pues, nada tiene que ver con la bandera de la Corona de Aragón, aunque, ciertamente, sus colores son virtualmente idénticos.

Esta bandera ondeó primeramente en los barcos de la Armada, posteriormente en sus acuartelamientos e instalaciones de tierra, durante la Guerra de la Independencia fue muy popular entre los liberales y era la preferida por las unidades de la Milicia Nacional… en suma, esta bandera se asimiló a lo «liberal y progresista» mientras que la de la Cruz de Borgoña se asimiló a los valores conservadores y absolutistas propios del carlismo. Enfrentadas ambas concepciones en aquellas lamentables guerras civiles entre los partidarios del tío o de la sobrina finalmente se impuso la sobrina y la rojigualda frente a su tío y la Cruz de Borgoña. Cosas del destino.

Supongo que nadie me discutirá que el liberalote de Granátula Don Baldomero Espartero era tan español como el carlistón de Ormáiztegui Don Tomás de Zumalacárregui. Ellos mismos, si se definían como algo, era como españoles auténticos. No creo que nadie pueda afirmar que quienes combatieron, trabajaron o simplemente vivieron bajo la rojigualda sean o hayan sido menos españoles que quienes combatieron, trabajaron o simplemente vivieron bajo la de la Cruz de Borgoña.

El diseño para la Armada de Carlos III, con Isabel II, pasaría a ser bandera de España y, salvo durante la II República, ya no cambiaría jamás pues incluso la Primera República —y hasta los cantonales— usaron la rojigualda. Tan sólo el escudo ha variado, pero eso lo veremos otro día.

3. La bandera de la II República Española.

Los constituyentes de la II República Española estimaron que el diseño de la bandera de Carlos III olvidaba a una región «nervio de España» según sus propias palabras: Castilla. Es por eso que decidieron añadir a los dos colores «aragoneses» (ya sabemos que no es así en realidad) el morado «representativo» de Castilla, dando lugar a la bandera tricolor republicana. Bajo ella combatieron, trabajaron y vivieron hombres y mujeres tan españoles y españolas como usted y en muchos casos probablemente más que usted. No sé por qué produce irritación esta bandera de España ni por qué unos la exhiben para provocar el enfado de otros que tampoco entiendo bien por qué se enfadan. Permítanme que —obviando la guerra civil que enfrentó a españoles independientemente de la bandera bajo la que peleasen— les cuente una historia.

Agosto de 1944. Hitler había ordenado destruir París (¿Arde París?) a Von Choltitz, el jefe de la guarnición alemana, a la vista de que las tropas aliadas se aproximaban. Lo que no sabía es que Eisenhower, jefe supremo aliado, no quería tomar París: alimentar a ocho millones de habitantes era un problema que quería dejar en manos alemanas. Sin embargo, para De Gaulle, jefe de las fuerzas francesas, era cuestión de honor hacerlo y por eso ordenó al General Leclerc liberar a todo trance París quien, a su vez, ordenó a una de sus mejores unidades que lo hiciera. Y lo hicieron.

Los hombres de la 9ª compañía blindada del Regimiento de Marcha del Tchad, tras batirse el cobre con numerosas unidades alemanas en días anteriores, el 24 de agosto de 1944 irrumpieron en París a bordo de sus «half-tracks».

No sin sufrir bajas los blindados «Madrid», «Jarama», «Ebro», «Teruel», «Guernica», «Belchite», «Guadalajara», «Brunete» y «Don Quijote» alcanzaron el ayuntamiento de París. El primer blindado que llegó a la plaza del ayuntamiento de París fue el “Guadalajara”, con tripulación exclusivamente extremeña. Los primeros disparos que las fuerzas aliadas efectuaron se hicieron, efectivamente, desde el blindado “Ebro”, mandado por el capitán canario Campos y conducido por el catalán Bullosa. En las cercanías del Arco del Triunfo patrullaban Alfredo Piñero y Francisco Izquierdo, que se quedó mudo cuando una muchacha, tras los besos de rigor exclamó: «¡Eres el primer soldado francés al que beso!», a lo que éste contestó «somos rojos españoles, mademoiselle» y, en efecto, así era: ellos eran lo que quedaba del ejército republicano que había perdido la guerra cinco años antes.

La epopeya de estos hombres perseguidos en España por el régimen de Franco y perseguidos en toda Europa por el régimen nazi, pero que acabaron siendo quienes liberaron París, aún espera que alguien la narre como merece. Eran republicanos, peleaban bajo la bandera republicana y fue con esa bandera con la que entraron en París. Y eran españoles, tan españoles o más que usted y que yo.

Más de 70 años después de aquellos hechos el «Regimiento de Marcha del Tchad» sigue formando cada mes de agosto frente al ayuntamiento de París enarbolando la bandera de aquella 9ª Compañía Blindada de republicanos españoles. Puede verlo en la foto.

Sí, la bandera de la República Española aún ondea en actos oficiales y a mí me enorgullece tanto como ver la Cruz de Borgoña ondeando en los fuertes de Puerto Rico o la rojigualda en las Cortes de España.

Y ahora si a usted le sigue pareciendo que quienes combatieron, trabajaron o simplemente vivieron bajo la bandera tricolor republicana eran peores españoles que usted y siente urticaria al ver esa bandera en una camiseta quizá tenga usted que revisar sus convicciones. O quizá es que yo carezca de sensibilidad para estas cosas.

Miren, con la Cruz de Borgoña, con la rojigualda, con la tricolor, este país se llama España y son españoles y españolas quienes viven en él independientemente de la bandera o etiqueta que luzca el país en cada momento. Dejemos de usar las banderas para formar banderías y asumamos nuestra historia y que, los responsables de la misma, somos los españoles. Cualquiera que sea la bandera.

Y dejen de dar el coñazo con la camiseta de la selección.