¿Quién defiende a los abogados?

De entre las obligaciones que acompañan al cargo de decano la más triste es, sin duda, la de asistir a los funerales de los abogados y abogadas que nos dejan. Son muchos años de ejercicio y nos conocemos todos, muy a menudo también sus familiares son amigos o conocidos y esto hace mucho más duras aún este tipo de despedidas.

Sin embargo, nada me produce tanta ira ni tanta frustración como cuando pienso que alguno de estos abogados y abogadas, tras toda una vida dedicada honradamente al ejercicio de la abogacía, pudiera no estar al corriente de pago en la Mutualidad. Quizá a ustedes les parezca un simple detalle, a mí no.

Cuando un abogado no puede pagar sus cuotas de la Mutualidad, esas que aseguran su jubilación o la tranquilidad económica de su familia, es que algo muy grave está pasando en su despacho, la crisis, la falta de clientes que pagan o la sobra de clientes que no pagan… quién sabe; en todo caso, cuando un abogado no puede atender al pago de la mutualidad, es que atraviesa una situación difícil.

Sé de lo que les hablo, conozco los embargos de las miserables retribuciones del turno de oficio y conozco los agobios por los que pasan muchos de nuestros compañeros, pero si algo me produce ira y frustración es que compañeros con muchísimos años de ejercicio a cuestas puedan experimentar dificultades para pagar la Mutualidad.

He tratado de investigar cuántos abogados de España podrían encontrarse en esta situación -no encuentro cifras oficiales- y me llega noticia de que la cifra podría estar en torno a los 26.000 (salieron 40.000 cartas recientemente). Una cifra de 26.000 abogados en problemas con la Mutualidad, de confirmarse, nos hablaría bien a las claras de que el 20% de los abogados (uno de cada cinco) estaría al borde de ir a la lona y acabar para siempre con su ejercicio profesional. 

Y mientras pienso esto me acuerdo de cómo nuestra profesión ha ido perdiendo espacios por efecto de la acción de lobbys particularmente activos sin que la abogacía haya opuesto, aparentemente, ninguna medida efectiva. Los accidentes de tráfico, por ejemplo, que en los años 90 suponían un importante sector económico para los abogados, ahora están prácticamente acabados merced a unas leyes que sólo favorecen a las aseguradoras y no a los asegurados. Para que se hagan una idea: en 1994, en Madrid, un ciudadano percibía 10.000 pesetas (60€) por día de baja derivado de accidente de tráfico, mientras que en 2016 percibió unos 52€ (algo más de 8.000 pesetas) por el mismo concepto; es decir, en materia de indemnizaciones estamos a niveles de hace más de veinte años, como suena.

Y me acuerdo también de cómo el legislador, sistemáticamente, ha percibido la presencia del abogado como perturbadora (no necesito recordarles las abyectas manifestaciones de Margarita Robles hace unos pocos días desde la tribuna del Congreso) y ha tratado de apartarlo de cuantos espacios ha podido, particularmente de aquellos en que medraban sus amigos los bancos.

Y me acuerdo de cómo la abogacía parece no haber sido capaz de hacer nada frente a toda esta labor realizada de adverso y, por venírseme a la cabeza, se me vienen a la memoria hasta saraos en el Ritz a costa de los de siempre que, automáticamente, multiplican mi ira.

He pasado demasiados años viendo como esta profesión, la profesión que amo, se encoge a impulsos de intereses mucho menos nobles que los que ella encarna y siento que es tiempo ya de hacer algo; que con uno de cada cinco compañeros al borde del abismo, que con una profesión insultada desde la tribuna del Congreso, que con una justicia gratuita puesta en jaque por el fisco (Hacienda contra Justicia ¿imaginan el resultado?) es tiempo de hacer algo… y algo distinto de lo hecho hasta ahora. Vamos.

Me irrita

Releo las sentencias sobre las hipotecas que ha dictado el TJUE y me irrito leyendo como la posición procesal del Gobierno de España ha sido sistemáticamente de ayuda a los bancos y contraria a los intereses de los ciudadanos. Me irrita que hayan perdido y que no hayan tenido la decencia mínima exigible: felicitar al contrario por su victoria y pedir perdón por haber defendido las tesis erróneas, por haber defendido a quienes les financian en lugar de a quienes les votan, por haber defendido a los fuertes frente a los débiles y por haber permitido que durante mucho tiempo unos pocos abusaran de casi todos en su beneficio. Si quienes nos gobiernan defienden a los bancos… ¿quién nos defiende a nosotros?
Si lo piensas quizá comiences a mirar de otro modo a los abogados.

Limón escurrido

El arroz es comida, ya lo conté en otro post, que provoca discusiones casi teológicas; discusiones que, debidamente mezcladas con el gusto personal de alguien o con la ultima ocurrencia político-local del momento, pueden dar lugar a auténticas leyendas urbanas. En estos días he tenido que lidiar con una.

Tengo por seguro que, si usted hace memoria de cuantas paellas haya comido o simplemente visto en fotografía, en ellas figurará como elemento casi inevitable el limón. He hecho la prueba, he buscado en google la palabra “paella” y en el apartado de imágenes puedo asegurarles que en la mitad de ellas figuraba el limón. En unas aparecían carnes, en otras verduras, en otras mariscos, en otras pescado… que fuesen “paellas” todos los platos de las imágenes no puedo afirmarlo pero que el limón era el ingrediente visible más repetido a excepción del propio arroz eso sí puedo decirlo.

En tiempos recientes se ha puesto de moda una curiosa leyenda urbana en relación a esos limones que ven ustedes en las fotos y es una peregrina tesis que sostiene que los limones que aparecen en las paellas no se consumen sino que están de adorno, porque al arroz -según esta leyenda urbana- jamás se le debe añadir limón, acción esta que, según estos novísimos teólogos de los arroces, es poco menos que herética.

Vayamos por partes (como los limones en las paellas): sostener que los antiguos andaban sobrados de limones y que los colocaban en las paellas por puro gusto estético no parece ni sensato, ni cierto, ni respetuoso.

No es sensato porque a uno se le ocurre que, puestos a desperdiciar limones, para estos antiguos que no tenían refrescos carbonatados de limón, mejor les resultaba el hacerlos en ensalada (deliciosa la ensalada manchega de limón) o en “aigua-llimó”.

No es cierto porque, como veremos, los limones son la auténtica “navaja suiza” de cualquier paella.

No es respetuoso porque, teniendo en cuenta que nuestra generación no ha inventado la paella, debiéramos mirar con cierto respeto lo que nos legaron aquellos que también nos legaron la propia receta de la paella y de los demás arroces que en el levante español se hacen. Así que, si estos antiguos tenían la manía de “decorar” sus arroces con limón y “escurrir” alguno que otro sobre el arroz, antes de criticar la costumbre haríamos bien en tentarnos la ropa con cuidado.

Hago un inciso aquí; observarán que he dicho “escurrir” un limón y no “exprimir” y lo he hecho a conciencia, porque han de saber ustedes que en el sur valenciano, el este de Albacete y en los territorios de la sacratísima Diócesis de Cartagena los limones no se “exprimen” (eso son cosas que hacen madrileños, barceloneses y otros finústicos habitantes del norte) sino que se “escurren”. También en valenciano el limón se “escurre” (escorregut) y no se “exprime” (expremut) pues esta región del arroz bien hecho se da el lujo de disponer de un verbo específico para la acción de aliñar una comida con limón, extremo este que, de inicio, debiera hacer reflexionar a la muy errada y novísima cofradía del “limón exprimido/llimó expremut”.

Y ahora vamos a lo que importa: ¿por qué el limón está omnipresente en casi todos los arroces levantinos hasta formar parte casi consustancial con ellos? Si me lo permiten lo resumiré en tres razones (hay muchas más):

La primera por una pura cuestión higiénica. Los jabones con “limones salvajes del Caribe” los inventamos en estas tierras antes que existiese la TV y como quiera que la paella se coloca al fuego sobre leña que deja hollín una de las más eficaces formas de eliminarlo es el limón; ni que decir tiene que usar las manos para comer marisco es indispensable y ahí nuevamente el limón tiene amplio uso superando eficazmente a esas modernústicas toallitas. No necesito explicarles lo que les ocurrirá si hacen un arroz con alcaciles y presciden del limón: aunque sea usted prioste de la finústica cofradia dels expremuts le auguro un futuro negro a su arroz. Así pues, el limón, la navaja suiza de la gastronomía de esta zona, tan sólo por estas finalidades higiénicas tendría mucho sentido.

La segunda razón es de salud. Como cualquier médico especialista le dirá, para una cómoda digestión de comidas grasas no hay mejor específico que unas gotas de limón. Por eso, con sabiduría infinita, los viejos añadían limón principalmente a los arroces de carne o a cualquier otro que, por un motivo u otro, pudiese resultar pesado. De ahí que la presencia del limón en las presentaciones varíe en función de los ingredientes del arroz que vamos a comer (los de la cofradía dels expremuts nunca han dado una buena explicación a este fenómeno). Por cierto, esta sabia costumbre de añadir limón a los alimentos para hacerlos más fácilmente digeribles, alcanza sus mayores cotas de difusión en esa ciudad de la Diócesis de Cartagena que llamamos Murcia. Allí podrán ustedes ver que a las patatas fritas de bolsa, hijas de aceites poco fiables, se les añade limón, aliño que, además de darles sapidez, las hace mucho más digeribles. El murciano, para horror de los habitantes del resto de España, le “escurrirá” limón incluso al queso pero, si se fijan, no al queso fresco -pobre en grasa- sino al curado. Un murciano no comerá costillas “de vareta” o de cerdo sin limón (y hará bien) y sin embargo raramente le verán hacer lo mismo con la ternera, costumbres todas estas que nos indican que no hay tanta irracionalidad en las costumbres cuanto en las críticas.

La tercera de las razones para escurrirle un limón al arroz es puramente organoléptica: es un aliño maravilloso. Los de la cofradía dels expremuts sospecho que prohibirían el vinagre en las ensaladas (no se puede “estropear” el sabor de las hortalizas) con el mismo fundamento con el que prohiben el limón en el arroz. Allá ellos: conforme a dicho razonamiento no existiría guiso ni preparación alguna, especias y condimentos estarían prohibidos y deberíamos ingerir los alimentos crudos. Miren: el limón da sabor y a poco que el arroz tenga su poquita de grasa lo mejora sustancialmente.

Los aliños tradicionales de los arroces no son casuales: el “all i oli” que acompaña a los arroces de pescado y el limón del que hoy les hablo son el producto de la experiencia de muchas generaciones; cuando escurro un limón al arroz no soy el primero en hacerlo sino el último de una larga lista de generaciones, de forma que si eres de los de los de la cofradía dels expremuts deberías repensar la crítica fácil.

Creo que lo dicho es suficiente y, por si no lo fuera, les daré un último argumento inapelable: “A MI ME GUSTA”. Y, además de a mí, añadiré, a centenares de miles de personas habitantes, como, yo de estos reinos del “llimo escorregut/limón escurrido” que van desde Valencia a Almería y de Cartagena a Albacete.

¡Ah! Y si no le pones limón al arroz porque te parece que es “poco cartagenero”, entonces ya mejor no te digo nada.

¿A quién defiende el gobierno -y la oposición- en el tema de las hipotecas?

Cuando en los años 90 muchas compañías de seguros se dedicaban a especular con la lentitud de los juzgados para retrasar el pago de las indemnizaciones el legislador reformó el artículo 20 de la LCS y les impuso un recargo del 20% de interés cuando se demorasen dos años en el pago de la indemnización. Fue una norma saludable y aunque luego la jurisprudencia la ha matizado, sirvió al fin para que se dictó en aquella, para el mundo del seguro, convulsa década de los 90.

Ahora los bancos pretenden jugar al mismo juego con el tema de las cláusulas suelo, amenazan con colapsar los juzgados no pagando ninguna de las cantidades que adeudan y judicializándolo todo y el gobierno (¡ay el gobierno!) en lugar de imponerles un recargo por no cumplir con sus obligaciones voluntariamente, lo que pretende es beneficiarlos este viernes con un decreto que, mareando más la perdiz, introduzca un nuevo trámite para los consumidores que, como siempre, se camuflará con palabras que escondan la verdadera naturaleza del amaño.

Estos bancos -que son quienes han usado la administración de justicia como su oficina de ejecuciones- son los principales usuarios del sistema judicial que pagamos entre todos para que ellos lo usen más que nadie. Ellos hacen trabajar a los jueces para que ejecuten sus préstamos e hipotecas, ellos son los que inmisericordemente reclaman las costas judiciales a ciudadanos a los que dejan sin casa con demandas de copy-paste, son ellos también quienes a coste cero reciben el auxilio de policías y guardias civiles que pagamos todos para arrojar a la calle a familias que no pueden pagar, ellos son, en fin, quienes gozan de procedimientos especiales para reclamar sus créditos, procedimientos de los que no gozan otros ciudadanos cuando de reclamar contra ellos se trata.
Pues bien, a estos bancos, por su contumacia, por su mala fe, el gobierno no prevé sancionarlos sino tratarlos mejor.

No es sorprendente; el gobierno, en el tema de las hipotecas, siempre ha estado del lado de los bancos y en contra de los ciudadanos. Ha defendido que sólo se devolviese lo abusivamente cobrado por ellos desde 2013, no ha modificado la legislación mas que a golpe de sentencia europea y no ha mostrado sensibilidad alguna a las demandas de la población. De un gobierno que sistemáticamente se ha puesto del lado de la banca ¿cabe esperar algo distinto ahora?

Pero lo que más sorprende es que los partidos de la oposición puedan siquiera soñar con apoyarle en este viaje. Un PSOE en régimen de gestora ¿va a apoyar al gobierno? ¿Ciudadanos lo hará? ¿Podemos y confluyentes lo harán? ¿Es que en las Cámaras nadie representa al pueblo frente al lobby de los bancos eficacísimamente representado?

A las entidades bancarias que abusan del sistema judicial o con la amenaza de acudir a él sólo cabe mostrarles el camino de la ley haciéndoles saber que esta es, para los rebeldes, inflexible: que si abusan del sistema judicial y no pagan voluntariamente no sólo se les impondrán las costas, sino que un gobierno que defiende la justicia aprobará normas que permitirán, una vez declarada su temeridad, repercutirles el coste medio de cada proceso judicial (pues estrían dañando la administración de justicia de todos con su uso abusivo); que ese mismo gobierno aprobará normas para que, si de forma inmediata no ponen a disposición de los consumidores de los que abusaron las cantidades que crean deberles, comenzarán a correr para ellos intereses disuasorios del 20% o los que se estimen pertinentes, y, sobre todo, les transmitirá el mensaje firme y decidido de que no van a obtener beneficio económico alguno de su deliberado incumplimiento de la ley y la jurisprudencia que la interpreta.

Eso es lo que haría un gobierno que defendiese la justicia y no a los bancos. Pero hoy ya hemos visto por dónde van los tiros, ha comenzado la ceremonia de la confusión y la ha abierto el ministro que mejor ilustra la naturaleza de las medidas que piensan adoptar. No el ministro de Justicia (para el gobierno este no es un asunto de justicia a lo que se ve) sino Luís de Guindos, el hombre de Lehmann Brothers… sí, el de las hipotecas.

El resto de los grupos pueden dejarles cometer la tropelía o no. Si les dejan tengan la seguridad de que lo pagarán muy caro en las cada vez más próximas elecciones. 

Guindos, Catalá & The Dejudicializers

Son lo último, la caña de España, lo más trendy y molón que hay en el mercado, los apóstoles de la nueva religión de la paz y el amor financiero: la desjudicialización, uséase.

Ellos han descubierto que eso de acudir a los tribunales a pedir justicia es una antigualla propia de palurdos pasados de moda. Lo guay es buscar soluciones extraprocesales que el gobierno amantísimo preparará “ad hoc” para cada caso. La administración de justicia (esa vieja estantigua) quedará arrumbada sólo para casos sin glamour financiero alguno.

Por ejemplo: si usted, pedazo de sinvergüenza, no paga la hipoteca porque no tiene dinero no nos venga con tonterías, lo suyo es un caso de tiñalpas y piojosos; usted, en caso tan evidente y odioso, sí irá al juzgado a que le quiten su casa, a que le arrojen de ella y a que además no le cancelen la deuda sino que quede usted endeudado de por vida. La ley ha de ser inflexible con sujetos de su ralea. ¿No lo entiende?

Claro que si es el banco el que ha abusado de usted, le ha cobrado lo que no debe, incluso ha manipulado el euribor, entonces… hombre de dios ¿no se da usted cuenta de que acudir al juzgado a pedir justicia es algo malísimo y muy poco moderno? ¿No entiende usted que es mejor acudir al chiringuito administrativobancariogubernamental que le hemos preparado aquí los bancos amigos y nosotros? Sea usted moderno, viaje con nosotros…

Yo, que me dedico a este trabajo antiguo -y a lo que se ve pasado de moda- de pedir justicia, cuando he oído hablar de “desjudicialización”, he observado que quien habla de ella suele ser siempre aquel genares que teme a la justicia, que sabe que la tiene hecha, que no le cabe duda de que un juez justo le va a dar la del pulpo en su sentencia y que aún conserva la cara dura precisa para aconsejarnos que no acudamos a él.

Otra cosa que me llama la atención es que solo he oído hablar de “desjudicialización” a los políticos respecto de los asuntos que a ellos les son propios sin que pidan idéntico trato para quienes no son de su clase. Hay que desjudicializar los asuntos políticos -dicen los acusados de corrupción- mientras que la sociedad asiste atónita al espectáculo.

Se me ocurre, ingenuamente, que no sólo los políticos podrían beneficiarse de tan moderna doctrina desjudicializadora pues tengo para mí que estafadores, ladrones, falsificadores y trileros se contarían, sin duda, entre los principales partidarios de la “desjudicialización” y quienes recibirían con mayor alborozo que fuesen ellos los destinatarios de tan moderna innovación; pero no, a lo que parece las cosas “moelnas” como la desjudicialización no están hechas para tiñalpas, hay que tener clase para ello, y si la clase es político/financiera mejor que mejor.

Ahora que, con el asunto de las cláusulas suelo, el ministro de economía quiere hacerle un traje a medida a los bancos y que el ministro de justicia nos pide que no pidamos justicia (la cosa tiene bemoles) quizá sea bueno recordar que quienes ahora no quieren ir al juzgado son los mismos que antes nos llevaron implacablemente a él; que quienes ahora hablan de desjudicialización antes judicializaron sin misericordia a millones de españoles; que, en fin, son esos mismos quienes ahora tratan de convencerle a usted para que no haga con ellos lo que ellos hicieron con usted.

Por eso, cuando Guindos, Catalá o cualquiera de los del grupo de “The Dejudicializers” le cante a usted las bondades de no ir a los tribunales, tiéntese usted la ropa bien no sea que vayan a engañarle por partida doble: antes para abusar de usted y sacarle el dinero con las cláusulas de su hipoteca y ahora para no devolvérselas por completo. Avisados quedan.

“En facha”


Hay palabras y expresiones que forman parte de mi entorno pero que, fuera de él, no me atrevo usar. Me pasa eso con la expresión “en facha” pues temo, con fundamento, que no sea bien entendida por quienes no conozcan un poquito el argot de los marineros.

“Ponerse en facha”, “estar en facha” o “fachear” es detener el barco y mantenerlo quieto, cosa nada fácil cuando se navega a vela pues las velas han de disponerse de forma que unas contrarresten la acción de las otras y el resultado final sea la quietud de la nave. En barcos de varios mástiles la tarea es compleja y no exenta de arte.

En Cartagena la expresión “ponte en facha” no suele augurar nada bueno a los niños: yo la oía idefectiblemente cuando el médico o practicante iban a administrarme una inyección y mi padre o mi madre me exigían quietud y que me dejase arponear.

Hoy se me ha escapado la expresión (“en facha”) y me he alarmado un tanto por si mi interlocutor tomaba mi expresión por la errónea vertiente política… pero me he tranquilizado inmediatamente cuando me ha respondido: “a proa de la amura de babor…” que es justo la leyenda que exhibe este conocido grabado.

Ya me quedo más tranquilo.

Yo no me fiaría de ellos

Va a comenzar 2017 y muchos españoles andan calculando lo que el banco habrá de devolverles a causa de aquel abuso industrializado que se dio en llamar “cláusulas suelo”.

Es tiempo de que se diga: si aquel abuso tiene hoy remedio no fue gracias al gobierno (que defendió la no devolución completa), ni al Banco de España (que miró para otro lado), ni a las Cortes de la Nación (que prefirieron legislar sobre otras cosas), ni al Tribunal Supremo de España (que prefirió causar daño a los ciudadanos para no causarlo a la banca)…

Si este abuso tiene remedio es porque hubo ciudadanos que, a pesar de la jurisprudencia de nuestro Tribunal Supremo, reclamaron. Y porque hubo abogados que confiaron en que el sistema debería funcionar y tramitaron esas demandas. Y porque hubo jueces de a pié (la sagrada infantería) que llevaron la injusticia al Tribunal de Justicia de la Unión Europea y allí, lejos de nuestras fronteras, se decidió algo que en España parecía imposible decidir: que nadie puede aprovecharse de los abusos que comete.

En este asunto quien ha vencido es la tropa, la infantería y quien ha perdido es el gobierno, el Tribunal Supremo, el Banco de España y la patronal bancaria. Sin embargo, no parece que ninguno de quienes estuvieron con la banca y contra los intereses de la ciudadanía vaya a dimitir. Ni siquiera se han sonrojado y, por supuesto, nadie ha pedido disculpas. Por eso, cuando ahora les oigo decir que van a intervenir para solucionar el asunto, sujeto fuertemente mi cartera. Quienes no impidieron que esto pasase, quienes toleraron que pasara, quienes no lo remediaron cuando ocurrió ¿van a encargarse ahora de solucionarlo?… ¡Quiá!. Yo que usted no me fiaría de ellos.

Pues bien; 2017 va a ser un año más feliz que 2016 aunque sólo sea por este episodio doméstico de las hipotecas. Y no va a ser más feliz por el gobierno, ni por los ministros ni por el Tribunal Supremo. Va a ser más feliz porque la gente común, una vez más, ha sabido arreglar sus problemas en contra de las inicuas maneras de los que mandan.

Va a empezar un nuevo año, esperemos que el viento nos sople de espaldas y que, como en el episodio de las cláusulas suelo, los comunes sigamos siendo capaces de solucionar los problemas a pesar de quienes nos gobiernan. Feliz 2017.