¿Huelga decís?

Oigo las reacciones a las últimas noticias de LexNet y de control fiscal a través de los datos de Minerva y oigo llamamientos a la huelga.

¿Huelga decís?

Tenemos mil razones para una huelga: el turno de oficio pagado tarde y de forma miserable, han quitado el control judicial inmediato de los accidentes de tráfico lo que suponía un 20% de la actividad de los abogados, nos han instalado una pésima y obligatoria herramienta informática con el único interés de controlarnos fiscalmente y no de ayudarnos, han aprobado leyes para favorecer a bancos frente a las previsibles acciones de los consumidores, han atascado los juzgados hipotecarios… cuarenta mil abogados no pueden pagar sus cuotas a la Mutualidad de la Abogacía y nadie ha pronunciado en serio la palabra huelga. Es más nuestro Consejo ovaciona e invita sistemáticamente al ministro a todo tipo de eventos.

¿Huelga decís?

O nos organizamos nosotros en serio o nos van a seguir dando como hasta ahora. Nunca lo hemos tenido tan fácil y nunca hemos tenido tantas razones como ahora. No es cuestión de quejarse, es cuestión de asociarse, organizarse y pelear.

Te espero.

muelascerezuela@gmail.com

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No te lamentes y bate tus alas

Los sistemas sociales, la sociedad, son sistemas complejos y en buena medida caóticos. No existen ecuaciones lineales capaces de predecir cómo será el futuro de una sociedad humana; al igual que ocurre con la meteorología y otros sistemas caóticos un pequeño suceso puede amplificarse y de pronto dar lugar a cambios absolutamente inesperados de la situación global.

Una de las personas que estudiaron este tipo de sistemas fue el meteorólogo y matemático estadounidense Edward Lorenz. Lorenz construyó un modelo matemático muy simplificado, que intentaba capturar el comportamiento de la convección en la atmósfera. Lorenz estudió las soluciones de su modelo y se dio cuenta que alteraciones mínimas en los valores de las variables iniciales resultaban en soluciones ampliamente divergentes.

Consecuencia de sus estudios fue la figura que ven en la imagen, el llamado «Atractor Extraño de Lorenz», los atractores son partes del espacio de fases del sistema dinámico y el «Atractor Extraño» es… algo de lo que hablaremos otro día; lo que yo quería que viesen ustedes es este que ven en la imagen y cuya forma recuerda, vagamente, a una mariposa.

Sistemas dinámicos donde una pequeña variación puede dar lugar a grandes cambios del sistema. Seguro que en meteorología has oído hablar del llamado «efecto mariposa» y de la posibilidad de que el aleteo de una mariposa en África acabe generando un tornado en el Caribe… El concepto es aplicable a la sociedad humana, pequeñas variaciones pueden amplificarse hasta dar lugar a resultados inesperados.

A quienes mandan les gustaría que nuestras vidas estuviesen regidas por ecuaciones lineales donde el presente, el pasado y el futuro pudiesen programarse de forma determinista; afortunadamente no es así y nuestro sistema dinámico y caótico siempre deja margen al cambio inesperado.

Por eso todos cuentan en sociedad y todos son importantes, porque todos podemos ser causa y origen de un cambio de proporciones inimaginables. Sí, el aleteo de una mariposa puede provocar tornados y tus acciones cambiar el mundo. Lo que ni la mariposa ni tú podéis olvidar es que para que algo cambie habéis de batir las alas.

Que no te preocupen los gobiernos inicuos ni los ministros réprobos, que no te asusten los radicales, no temas a la sociedad, está en su naturaleza cambiar y tú, no importa cuán irrelevante te creas, puedes hacerlo: las matemáticas y la épica están de tu parte. Así pues no te lamentes y actúa, porque, recuerda, de lo único que no puedes olvidarte es de batir tus alas.

Madera de héroes

Todo ciudadano de España debería saber que, cuando sea acusado de las más horribles acciones, cuando todos le abandonen, cuando ni siquiera sus familiares más cercanos le crean, siempre habrá alguien a su lado: su abogado.

No es fácil ser abogado de un hombre cuando toda la sociedad le ha condenado de antemano, cuando la sentencia ya ha sido dictada por la opinión pública en un juicio previo —prejuicio— que parece convertir al abogado en cómplice o encubridor de los delitos por los que ya se ha condenado a su cliente en juicio mediático. No es fácil, se lo aseguro, mucho menos cuando el delito del que se acusa a esa persona condenada de antemano es uno de esos que estigmatiza al acusado sin posibilidad real de reparación posterior. Nada salvará al acusado de una precondena pública por un delito de terrorismo o contra la libertad sexual y no digamos si hay menores de por medio.

Esta precondena previo prejuicio a la que tan acostumbrados estamos en España no es fácil de conllevar por los abogados y así suelo decírselo a los que juran: sepan que en muchos momentos van a estar ustedes solos, desoladoramente solos, y que habrán de soportar incluso en su casa las miradas y las preguntas de quienes ustedes más quieren y de quienes más confían en ustedes: «hija, ¿de verdad tenías que defender a ese hombre? ¿No puedes dejarlo y que lo haga otro?…».

Pero ese es el trabajo de los abogados y quizá son esas situaciones las que dan la medida exacta de la grandeza de esta profesión, esas situaciones en que estás desoladoramente solo defendiendo a quien todos ya han condenado.

No hay entrenamiento posible para enfrentarse a ese tipo de situaciones ni en ninguna facultad se enseña cómo tener madera de héroe o cómo cumplir con tu deber cuando toda la sociedad truena en tu contra, pero has de saber que a veces, sólo algunas veces, en realidad muy pocas veces, tu verdad y la verdad de tu cliente al que todos condenaron se impone y entonces sabes de verdad por qué eres abogado.

Todo necio confunde valor y precio

Se atribuye comúnmente esta cita a Antonio Machado y he tenido ocasión de recordarla este principio de verano cuando, por razones largas de explicar, he vuelto a leer los capítulos iniciales de «El Capital», obra fundamental de Karl Marx y base de la ideología comunista. En ellos Marx habla de las mercancías y, muy machadianamente, distingue lo que él llama «valor de uso» del «valor de cambio». El valor de uso de una mercancía no precisa mayor explicación, las cosas sirven naturalmente para algo pues, si no sirven para nada, carecen de valor de uso; el valor de cambio, por el contrario, nos habla del intercambio de las mercancías y de las cantidades de cada una que habríamos de trocar para obtener una cantidad de la otra… es decir, cuantos pollos vale una vaca o cuántos litros de leche vale un martillo, proceso de cambio para el cual resulta muy útil el dinero, entidad que, fuera de esto, carece del más mínimo valor de uso como puso de manifiesto la archicitada frase que, entiendo yo que de forma apócrifa, se atribuye a los indios Cree.

Sólo después que el último árbol sea cortado, sólo después que el último río haya sido envenenado, sólo después que el último pez haya sido atrapado, sólo entonces nos daremos cuenta que no nos podemos comer el dinero.

Marx, en su análisis, prescinde de conceptos básicos para la formación de los precios y que son objeto fundamental de estudio para la economía clásica, como son los de demanda y oferta, y por ello ha sido criticado; sin embargo, a pesar de que comparto plenamente esa crítica negativa a la visión de Marx, su intento de tratar de comprender el «valor» de las cosas me parece loable aunque, ya que estamos en el siglo XXI y en la sociedad de la información, su visión se me antoja absolutamente obsoleta a pesar de que es, ciertamente, inspiradora en algunos momentos.

Para Marx la base del valor estaba en la cantidad de trabajo que había sido necesaria para obtener una determinada mercancía, desde la materia prima hasta el producto acabado. Así, el valor de una sartén de hierro se determinaría por la cantidad de trabajo empleado en extraer el mineral de hierro, fundirlo y dejarlo apto para ser trabajado por los herreros y, finalmente, por el trabajo del herrero que transforma el hierro en sartén. Toda la suma de este trabajo sería para Marx el valor de la sartén.

No voy a discutir el punto de vista de Marx ni su caracterización del trabajo como elemento generador de valor, sólo voy a tratar de dar un salto de la Sociedad Industrial del siglo XIX a la Sociedad de la Información del siglo XXI, salto en el que, quizá, alguna de las ideas expresadas pudieran ser de utilidad. Veámoslo.

Si pensamos la realidad con un enfoque informacional no nos costará entender que el universo está compuesto esencialmente de tres cosas: materia, energía e información, si bien, es esta última la que verdaderamente hace interesante al universo. Quizá en este punto convenga aclarar a qué me refiero cuando hablo de información y esto puedo hacerlo de dos formas: o bien remitiéndome a la teoría de la información de Claude Shannon y a los postulados de la termodinámica y demás teorías científicas o bien vulgarizando de un modo más sencillo para ahorrarles el trabajo científico que lleva aparejada la primera opción. Voy a tratar de hacerlo.

Créanme, en el universo se desarrolla una guerra eterna entre el orden y el caos, entre la información y la entropía, una guerra que sabemos de antemano que ganará el caos pues, como sin duda sabrá usted aunque no haya estudiado física, la entropía es la única magnitud que siempre crece en el universo junto con el tiempo.

Sin embargo, el que la entropía (si quiere llámele caos) crezca siempre en el universo no significa que, localmente, no haya lugares en el cosmos en los cuales el orden (la información) se manifiesta en todo su esplendor y revierte este fatal sino universal. Mire a su alrededor, las plantas y árboles engendran plantas y árboles, los animales y microbios campan por doquier y esas son realidades que contradicen el inexorable camino al caos del universo: un maravilloso orden rige aparentemente la biosfera de la Tierra. Sin embargo, créame también, este efímero triunfo del orden sobre el caos no es gratis, pues sólo puede producirse a costa de un generoso aporte de energía.

Si usted mira a su alrededor verá las mismas materias y energías que pudieron ver los dinosaurios en el Jurásico y el Cretácico… sí, mire bien, lo que usted está contemplando es el mismo hierro, el mismo granito o sílice que ya estaba en la Tierra en los períodos en que los dinosaurios imperaban en nuestro planeta. No hay ninguna materia ahora en la Tierra que no estuviese ya en ella en el Jurásico y, sin embargo, usted sabe también cuán diferente resulta nuestro mundo de aquel: aviones, rascacielos, naves espaciales, microprocesadores… La realidad es que, siendo el mismo mundo y la materia la misma, hemos logrado «informarlo» de forma muy distinta y reordenar la materia de manera que adquiera nuevas formas y propiedades. Un vaso de vidrio, en realidad, no es más que un puñado de silicio informado de una manera muy particular. Calentando el silicio se consiguió vidrio al que luego se le dio la forma precisa para que fuese un óptimo recipiente para líquidos. La metáfora es bastante exacta: el ser humano, a costa de un generoso aporte de energía, ha informado el silicio con una forma nueva aumentando el orden de manera local en este rincón del universo. Si bien lo examinamos toda la obra de la humanidad no es más que el producto de tres factores: materia, energía e información, hecho este que supone una tentación casi irresistible para tratar de elaborar sobre él una nueva teoría de la economía o incluso de la justicia. Sin embargo, mil palabras ya son suficientes por hoy, máxime si tenemos en cuenta que este post no va a interesar a nadie o casi nadie, de forma que dejaremos esas tentaciones para otras tardes de este mes de agosto.

Crisis LexNet: el núcleo de la cuestión

Ayer un lector, viendo el espectáculo de lo que estaba pasando en LexNet, me preguntaba… «pero ¿en manos de quién estamos?» y mientras pensaba qué responderle pensaba también en que esa es la pregunta clave de todo este drama: ¿en manos de quién está LexNet?

Porque la realidad es que LexNet está en manos de un ministro que ha sido reprobado por el parlamento por entorpecer investigaciones en casos de corrupción, que pertenece a un partido ahora mismo enredado en causas como Gürtel o Púnica y que pertenece a un gobierno cuyo presidente acaba de declarar como testigo en una de esas causas. ¿A alguno de ustedes le parece sensato que sea esta persona la última responsable de custodiar las comunicaciones (y los expedientes electrónicos también) de los juzgados?.

Cuando el expediente era en papel no había problema, estaba en el juzgado y de ahí no salía; pero ahora que es electrónico el expediente ya no está en el juzgado, está en servidores cuyo último responsable es el ministro de quien les hablo.

Si hubiésemos de ilustrar la situación actual con una imagen la situación sería la que se vio esta semana mientras declaraba Rajoy, salvo que la imagen habría que completarla con Catalá en Sala con los expedientes bajo el brazo.

Y lo que digo de Catalá y de su partido no es exclusivo de ellos sólos (aquí todos tienen por qué no engallarse) pues puedo decirlo del resto, no tiene sentido que allá donde las competencias en justicia están transferidas no sean los jueces quienes controlan los expedientes sino los correspondientes consejeros de justicia… piensen ustedes en Andalucía, en Cataluña o en cualquier otro lugar y se darán cuenta de que, con frecuencia, quienes controlan los expedientes son precisamente las personas de quienes deberíamos defender esos expedientes.

Esta realidad repugna al sentido común. Entiéndaseme: no digo que esta práctica sea ilegal (tampoco es ilegal poner a la zorra a proteger a las gallinas) lo que digo es que repugna al sentido común y que a cualquiera se le ocurre que los autos, los expedientes, deben estar bajo el control de los jueces, del Poder Judicial y que esto es lo más concorde con la deseable división de poderes. Así lo hemos venido sosteniendo con desigual éxito durante bastantes años un grupo cada vez más amplio de personas.

Sin embargo, mis lectores, que son listos, me dirán inmediatamente: ¿y qué ganaremos entregando el control de los expedientes al CGPJ si al final este también es un órgano controlado políticamente? Y efectivamente, al menos en el juego corto, tendrán razón y resultará que tan sólo habremos salido de Guatepeor para caer en Guatemala.

Por eso el primer paso serio para arreglar nuestra justicia es dotarla de independencia. Nuestra Constitución nos dice cómo, las recomendaciones europeas nos dicen también cómo y las asociaciones de jueces y fiscales nos dicen cómo. Si lo comprueban verán que todos nos dicen lo mismo ¿no es ya el momento de hacerlo?

Si la crisis de LexNet demuestra algo es que, en este tipo de materias, cuando se abusa del interés político propio el sistema entero puede acabar quebrando. Es tiempo de que acabe esta forma de hacer política con la justicia y es tiempo de que todos (pero todos) comencemos a hacer este trabajo juntos. Al menos tenemos claros los primeros pasos.

Vale.

Tecnologías nuevas, ideas viejas.


Los cambios tecnológicos suelen ir por delante de los cambios culturales. Los cambios tecnológicos abren posibilidades que no son descubiertas ni aprovechadas por el ser humano hasta bastante después. A menudo el cambio tecnológico coexiste con una forma de pensar periclitada y entonces los resultados pueden ser especialmente dramáticos. Los ejemplos son particularmente atroces en el caso de la guerra.

En la imagen que ven (tomada en 1917) unos soldados franceses que parecen sacados de 1870 (kepis rojo en la cabeza, vistosos unifomes azul marino) prueban una ametralladora St. Etienne. En el inicio de la 1ª Guerra Mundial la ametralladora era un arma nueva y los ejércitos nunca se habían enfrentado seriamente a su poder. Hasta la guerra de secesión norteamericana los soldados combatían casi igual que en la época de Napoleón… el ánima rayada de los fusiles mejoró muchísimo su eficacia pero las ideas ancladas en la mente de los generales norteamericanos que les mandaban hicieron que siguieran combatiendo de una forma que ya no servía más que para que los soldados muriesen a racimos. Con la ametralladora pasó otro tanto, hasta que los generales se convencieron de que este arma había cambiado la forma de hacer la guerra ellos siguieron aferrados a sus antiguas ideas y la mortandad provocada por las ametralladoras alcanzó cotas desconocidas. Soldados del XIX con armas del siglo XX, la foto ilustra bien la paradoja de cómo el ser humano no alcanza a comprender las consecuencias de los cambios tecnológicos hasta que la realidad le sacude en el rostro con toda su crudeza. En los últimos 30-40 años hemos venido viviendo una revolución tecnológica de dimensiones nunca vistas hasta ahora y, mientras pienso en ella, miro a estos soldados de kepis rojo y a los oficiales que les mandan y me pregunto si no estaremos reproduciendo el patrón de conducta que tantas desgracias ha causado. El coste esta vez, probablemente, no se pagará en vidas humanas pero sí, seguramente, en derechos y libertades. Otro día hablaremos de eso.

Y para finalizar una nota: la foto que ven arriba es una auténtica foto en color, no está pintada. Los hermanos Lumiere no sólo inventaron el cinematógrafo sino que además diseñaron un procedimiento más que decente para hacer fotos en color aprovechando (entre otras cosas) el almidón de la patata; llamaron al proceso «autochrome» y gracias a él tenemos fotografías en color de 1900 a 1930.

Boleros insensatos

“La otra tarde vi llover,
vi gente correr,
y no estabas tú…”

Las letras de los boleros resultan a menudo sorprendentes y, por qué no decirlo, a un oyente sensato suelen producirle cierta perplejidad. Por ejemplo, en este primer fragmento que he transcrito de un conocido bolero, la verdad es que no alcanzo a comprender qué nos quiere decir exactamente el autor, pues, dado el panorama meteorológico que nos pinta, (llueve, la gente sale por piernas…) lo verdaderamente raro sería que ella estuviese aguantando a pié firme bajo la lluvia y en medio de gente que corre de un lado a otro. Las posibilidades de encontrarte con tu amor cuando está jarreando y caen chuzos de punta son -sin duda alguna- bastante escasas, por lo que uno no alcanza a comprender con exactitud por qué se sorprende o de qué se queja el autor.

Si el ejemplo anterior parece carecer de lógica, otros resultan un tanto, digamos, desconcertantes. Así, el autor del archiconocido bolero “Nosotros”, da un paso más en el campo del sinsentido poético y nos deja una antológica muestra de protoinsensatez y archiincoherencia. Ojo a la letra.

“Nosotros, que nos queremos tanto, debemos separarnos…”

Con un par, sí señor, nos queremos, pero “debemos separarnos”, que me aspeen si lo entiendo… En este punto, el oyente sensato imagina al afectado/a por el plante críptico preguntando al amante que se va a najar: pero… ¡si nos queremos! ¿por qué narices debemos separarnos?

El autor del bolero, hombre astuto y que sin duda debió prever la perplejidad del oyente, al parecer no acabó de encontrar una buena respuesta para tan inmotivada huída amatoria y decidió que lo mejor era zanjar el asunto sin mayores explicaciones; al loro:

“Nosotros, que nos queremos tanto, debemos separarnos… ¡¡No me preguntes más!!”

Y aquí es cuando el oyente (y no digamos el amante despechado) se huele que hay tomate: porque, si el najante dice que le quiere pero que tiene que irse y que no le jorobe con preguntas, decididamente es porque aquí tiene que haber gato encerrado.

El autor, que no puede dejar de notar que su credibilidad hace aguas, decide que, puestos a decir insensateces, lo mejor es decirlas bien gordas de forma que, con un poco de suerte, quizá resulten poéticas y, con eso, gane un tiempo precioso para poder tomar el portante. Es por eso que, llegados a este punto, el autor del bolero se lanza a tumba abierta y le viene a decir a la plantada/o: te dejo, sí, y no te voy a dar explicaciones, porque la verdad es que, como te quiero tanto, sólo responderé a las preguntas de mi abogado. Véase lo que le larga el autor:

"No es falta de cariño, te quiero con el alma, te juro que te adoro y, en nombre de este amor y por tu bien, te digo adiós”

Uno imagina que, a estas alturas, el amante abandonado/a ha debido quedar en estado de catatonia debido a la estupefacción y que, tras oír lo “ut supra” transcrito, se debate en la duda de si arrimarle un par de bofetadas al/la caradura o, por el contrario, de arrimárselas a sí mismo/a por haber cometido la majadería de estar liado/a con un/a botarate/botaratesa de semejante calibre.
El caso es que he pasado la vida escuchando boleros con letras como esas y aún peores y, tanto tiempo disfrutando de ese amor, ha hecho que, cuando llueve y la gente corre como posesa a guarecerse en los portales, yo aún siga preguntándome por qué narices alguien tendría que estar, ahí en medio, esperando a que un chalado se pusiese a escribir un bolero sobre gente que espera el amor bajo la lluvia. Hoy es 20 de diciembre, lleva cuatro días lloviendo en Cartagena y, como es lógico, tú no estabas.


PD: ya publicado el post una amable lectora me ha hecho llegar sus quejas por el, según su criterio, injusto olvido en este post del bolero “somos novios”. Veamos lo que nos dice nuestra amable corresponsal:

Se ha olvidado usted del celebérrimo “Somos novios” , bolero en el que un par de tolais se procuran el momento más oscuro para recordar de que color son los cerezos. Siempre me he preguntado si eso era alguna extraña práctica sexual, o es que los novios de marras son tontos de baba.

Ciertamente la razón asiste a la lectora: ha sido un olvido imperdonable de mi parte. Evidente resulta que para saber de qué color son los cerezos lo procedente es consultar una enciclopedia ilustrada o, más recientemente, escribir en el buscador google las palabras “cerezos” y “color” lo que, sin ningún género de dudas, aclararía el dilema a los amantes sin necesidad de correr el riesgo de perderse en la oscuridad.
Finalmente debo añadir, en abono de las tesis de mi interlocutora, que este bolero “somos novios” roza la perfección cuando, tras relatar el oscuro episodio cromático de los cerezos, añade: «sin hacer más comentarios: somos novios». No puede sino agradecerse al autor que, tras lo de la búsqueda de la oscuridad y la investigación del color de los cerezos, nos aclare que los protagonistas son novios pues, de efectuar un comentario más como los anteriores, hubiésemos acabado sospechando que en realidad los protagonistas del bolero son espeleólogos, botánicos o ingenieros agrónomos. Creo haber satisfecho con estos comentarios la deuda contraída con esta amable lectora.